El atentado

martes, 14 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 14 de septiembre (Proceso).- La novela de Álvaro Uribe (México, 1953), Expediente del atentado (Tusquets), se inspira de un pequeño comentario que el escritor encontró en los diarios de Federico Gamboa (F.G.), un atentado fallido contra Porfirio Díaz durante el desfile del 16 de septiembre de 1897. Verdadero concierto a más de 15 voces narrativas apoyado en varios tipos de documentos, nota roja, cartas de amor, documentos oficiales, testamentos, notas suicidas, donde sobresalen tres figuras: la del frustrado asesino Arnulfo Arroyo, el escritor y diplomático de la época, F.G., y el propio presidente Díaz.

Jorge Fons asumió el reto de llevar al cine la historia de este episodio tan poco mentado en los libros de historia, El atentado (México, 2010); con estupendo diseño de producción, reconstrucción y detallada ambientación de época que de entrada justifica los 78 millones de pesos de inversión, el director recrea visualmente el ambiente del México de finales del siglo XIX; Arnulfo Arroyo (José María Yazpik), universitario, decidor y teporocho, funciona como puente entre los extremos de la sociedad porfiriana, se codea con el escritor de moda, toma pulque y se embriaga en las cantinas rodeado de conspiradores. Aun en trabajos donde predomina la sangre como en Rojo amanecer, el cine de Fons seduce sensualmente.

Por su lado, Uribe se muestra, ante todo, auténtico novelista fascinado por la maquinaria de un atentado: la insensatez del magnicida, la súbita desaparición de éste y de todos los involucrados junto con el expediente mismo del caso.

En la adaptación al cine de Jorge Fons, sin embargo, el contenido político adquiere más peso, en detrimento de los personajes y de la universalidad del tema; resulta loable la sinceridad con la que Fons responde a Columba Vértiz en la entrevista de Proceso (1764) cuando ésta le pregunta qué aporta su cinta “a lo que México padece”, a lo cual el director responde con un “Nada” rotundo; pero la proximidad del Bicentenario hacía imposible resistir el juego de paralelismos y coincidencias, las más forzadas que reales. La tristemente célebre frase “haiga sido como haiga sido” incorporada a la historia en un colorido contexto de carpa, inunda a la cinta con un ambiente de carpa total.

Donde la figura de Díaz se abre a la complejidad en la novela de Uribe, en la cinta el dictador acaba en un vampiro de Bela Lugosi, quizá por mucho querer dotarlo de humor macabro; claro ejemplo de cómo las características atribuidas a un personaje histórico (en este caso, solemnidad, sagacidad y tiranía), adheridas sin dimensión humana, lo convierten en caricatura. El escritor F.G., testigo e intérprete intelectual de la época, termina por verse tieso y poco natural, intelectual orgánico del lado culero, muy poco pudo hacer Daniel Giménez Cacho con este personaje; la mejor propuesta es la de Yazpik, quien aprovecha los extremos de la personalidad de Arroyo para explorar una gama emocional rica, con un tonito asociado a la época que da color local sin aplanarlo.

A pesar de las grietas, vale la pena ver este mural histórico de Jorge Fons, todo un espectáculo.

 

 

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