Convierte José Emilio Pacheco en tertulia entrega del Premio Alfonso Reyes

viernes, 14 de octubre de 2011
MÉXICO, D.F. (apro).- Casi dos horas duró el encuentro entre José Emilio Pacheco y el público diverso (aunque ligado todo a instituciones académicas) al que hubo de reubicar en el vestíbulo del auditorio “Alfonso Reyes” de El Colegio de México (Colmex) para que participara en la entrega del Premio Alfonso Reyes en pantallas que dio el historiador Javier Garciadiego al narrador y poeta. Estuvo tan a gusto Pacheco, que el acto en principio muy solemne se fue volviendo una tertulia donde su sencillez y buen humor relajaron a todos (en la sala, unas 250 personas, no cabían más), como cuando preguntó: “¿No estoy alargando demasiado esto, no es mucho ya?”, y al recibir respuesta negativa, reviró: “Lo que pasa es que yo estoy aquí hablando y en cambio ustedes allá sentados dirán ‘a qué hora acaba este imbécil’.” La mesa estuvo integrada por Garciadiego, presidente de El Colegio de México; al lado derecho de JEP (siglas con las que firma su columna semanal “Inventario” en la revista Proceso, de la cual es fundador), y a su izquierda Jaime Serra Puche, presidente del Patronato de la institución. En los extremos, la maestra Alicia Reyes, hija de don Alfonso, y Luz Elena Gutiérrez de Velasco, directora del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colmex, quien leyó un texto sobre la obra literaria del autor de Las batallas en el desierto, que cumple 30 años y cuya edición conmemorativa acaba de ponerse en circulación con fotografías de Nacho López sobre la ciudad. La académica y presidenta del jurado que otorgó por unanimidad el premio, calificó a Pacheco como uno de los escritores “inabarcables e imprescindibles” de nuestro tiempo. Dos profesores del Colmex, Aurelio González y Rafael Olea Franco, leyeron el texto “Diálogo de los muertos”, que Pacheco publicó como un inventario. El primero interpretó a Alfonso Reyes y el segundo, a José Vasconcelos. Pacheco inició su intervención con una ironía: “Voy a hacer una cita de un clásico que no pasó por estas aulas, pero que siempre estará presente: ‘¿Y yo por que?’” La referencia al expresidente Vicente Fox despertó las carcajadas de los asistentes y relajó el ambiente. Básicamente la intervención de José Emilio estuvo referida a su formación literaria como lector. Contó una anécdota de un profesor de la Universidad de Stanford, Estados Unidos, “buen profesor pero mal poeta”, al que una vez un alumno le hizo la misma pregunta que un joven del IPN a Pacheco: “Usted empezó escribiendo a los 17 años, y aunque yo tengo 23, estoy seguro que puedo llegar a escribir, no un libro tan bueno como el suyo, pero sí a escribirlo. ¿Cómo puedo ser escritor?” Y narró Pacheco que el profesor le dijo: “¿Quieres escribir? Dime qué has leído”. Para concluir: “No te preocupes –respondió además Pacheco al estudiante–. Lee todo lo que puedas en tu idioma, pero sólo lo que te guste. La lectura no debe ser obligatoria, sino por placer.” En ese momento final de preguntas y respuestas con el poeta la emoción y la participación colectiva dio un giro al acto y lo volvió una fiesta. Sobre todo cuando una jovencita, quien dijo tener 16 años, entre palabras entrecortadas por el nerviosismo y la alegría de estar “frente al escritor que más admiro” contó: “Yo empecé a leer hace 5 años Las batallas en el desierto y es el mejor libro que he leído. Lo he leído 30 veces. Por eso tenía que venir. No me salen las palabras… Quería conocerlo, es lo mejor que me ha pasado.” –Pacheco relajó el ambiente al provocar la carcajada general: –Eres la lectora ideal… --Y le agradeció sus palabras porque, dijo, “una cosa es la obra y otros los escritores”. La joven estaba al borde del llanto. En otro instante, cuando recordaba el origen de Las batallas en el desierto, habló de que en su infancia vivió en la calle de Guanajuato, en la colonia Roma, y que en la misma manzana, como luego se enteraría, vivieron dos niñas que ahora son escritoras: Aline Petersen y Josefina Vicens. “Vivíamos en la misma manzana, pero no en la misma cuadra. Y por eso aquella frase en la novela de que el amor de la infancia es el más triste…” Y desde el público una mujer menudita levantó la mano: “José Emilio, soy yo, Aline Petersen.” Risas y ovación del público. La escritora fue invitada inmediatamente por Pacheco al podium. Un señor que dijo ser seguidor de JEP desde siempre, le dijo que conservaba el ejemplar del diario Uno más uno, donde Fernando Benítez había publicado la primera parte de Las batallas en el desierto, y preguntó por qué había suprimido en ediciones posteriores una frase, que leyó. Pacheco confesó que no se había dado cuenta y ello dio pie a una intervención larga sobre los problemas de la reescritura. Y finalmente otro señor le inquirió sobre la identidad de un personaje de la novela, a lo que respondió en medio del delirio de la asistencia: –No lo sé… Temo que voy a decepcionarlos. Pero es que antes había tocado el tema de la ignorancia y el conocimiento: “Sigo aprendiendo. Y no hago profecías. El destino de un escritor a veces es impredecible y a veces triste. Antes todo mundo leía a Romain Rolland y la gente le ponía de nombre Juan Cristóbal a sus hijos en todo el mundo, y hoy nadie lo lee, lo cual le pasa a Anatole France y le empieza a pasar a (Jean Paul) Sartré. Imagínense si no le va a pasar a un escritor, no ya del tercer mundo, sino del octavo, como hemos llegado a ser. La única profecía posible es la de que lo siguiente que va a pasar es lo que menos esperábamos.” Dos horas de delicia que acabaron como empezaron: Con un aplauso eterno y jubiloso, contrastante con la lluvia que esperaba a la gente fuera del Colegio.

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