Se retira Jacqueline López, el cisne negro mexicano

lunes, 14 de marzo de 2011

MÉXICO, D.F., 14 de marzo (Proceso).- Jaqueline Jackie López es diferente al estereotipo de las bailarinas de ballet tan de moda en la actualidad por el éxito de la película El cisne negro que le valiera un premio Oscar a la actriz Natalie Portman:

Jackie se salvó de tener una mamá posesiva, está fuera de la anorexia y la cleptomanía, y si se retira de la Compañía Nacional de Danza (CND) del INBA después de 18 años, no es porque desprecie ya el ballet, al contrario, se encuentra en su mejor momento. Y quiere experimentar con formas nuevas: la danza contemporánea y formas interdisciplinarias. 

Jacqueline López se despide del ballet convencional en el papel de la tenebrosa y sensual Odile dentro de la temporada de El Lago de los Cisnes que se encuentra en plena marcha en la isleta del Bosque de Chapultepec (hasta finales de este mes) y que año tras año logra reunir a miles de personas alrededor de la mágica historia de los cisnes embrujados bajo el poder del terrible hechicero Rothbart.

 

Al revés

 

En pleno ensayo para el estreno que tendrá en una obra del coreógrafo Ángel Rosas, miembro del Sistema Nacional de Creadores y considerado uno de los valores más importantes en la investigación del ballet como una forma contemporánea de expresión, Jackie interrumpe algunos momentos su trabajo para explicar su perspectiva sobre Odile, el cisne negro que le roba a Odette el amor del príncipe Sigfrido.

“Fue el primer pas de deux que estrené con la CND hace 15 años, es un tour de force, la variación es muy técnica y con el paso del tiempo lo empecé a cambiar. Generé todo un dialogo con el partner... Insisto en que es muy difícil, técnico, y requiere que estés muy bien entrenada. Desde que estaba en la escuela quería hacerlo porque es una variación muy ‘animalosa’, y cuando me enfrenté por primera vez a ella y vi que tienes que hacer doble pirouette y doble tour a la segunda, me preguntaba: ‘¿Y aquí dónde y cuándo estás enamorando a nadie?’. Aquí hay que salir a mostrar la técnica, y creo que fue Cuauhtémoc Nájera quien me dijo: ‘Lo estás enamorando con eso, con tus giros y tu perfección, él se enamora de ti porque tú eres la mujer que puede hacer 32 fouettes y eres la mejor en cuanto a técnica en tu danza’.”

Y pensando en la película de El cisne negro, “donde la pobre mujer debe enfrentar a sus instintos para conseguir poder hacer el personaje, pues a mí me pasó al revés: cuando tuve que hacer el cisne blanco me dijeron ‘por favor cálmate un poquito’... y no es que fuera una desgraciada o loca, sino que mi temperamento, mi forma de ser en la vida es más cercana a la pasión. Para hacer el cisne blanco hay que hacer todo más lento, más suave, frágil y retardar las respuestas. Yo soy pura fibra”.

Para ella, los estereotipos de la película caben como posibilidad, pero “a la pobre de Nina le tocaron todos, vamos, una barbaridad. Lo que nos pasa a los bailarines es que trabajamos con nuestro cuerpo y lo modificamos en base a nuestras necesidades, la escena es nuestra razón de ser. Y sí, hay quienes meten los pies debajo del piano para bajar empeines, pero es normal... Lo del sacrificio no lo veo, uno en lo que piensa es en la ensoñación del escenario. Yo trabajé mucho mis piernas de adolescente porque eran grandes, así que busqué clases muy rápidas para alargarlas. Hay hombres que tienen el tórax muy amplio y logran hacerse de una musculatura que no lo muestra. Se trabaja como en cualquier arte perfeccionando tu instrumento, y en este caso es el cuerpo. Así que yo a eso no le veo problema.

“En la película Nina va a que le enderecen un pie, es algo normal. Vas, te lo enderezan, sales bien y das las gracias feliz.” 

Ofrece un parangón con el caso de los deportistas, quienes en ocasiones requieren de un quiropráctico o un masajista. Las grandes compañías de danza tienen siempre sus masajistas que reacomodan o relajan el cuerpo de los bailarines.

 

La felicidad

 

Egresada de la Escuela Nacional de Danza del INBA a la que entró por gusto y donde cursó sus ocho años de carrera, hizo su servicio social en la CND, donde posteriormente la contrataron, y su vida ha sido bastante feliz desde entonces.

“Cada periodo de vacaciones viajaba a Nueva York para entrenarme con los grandes maestros, incluso tomé clases con el American Ballet Theater, donde se me abrió un panorama de la vida muy amplio, hasta tomé clases de técnica Horton de contemporáneo. Así que modifiqué mi forma de moverme, aprendí a hacer un trabajo de brocado en los pies, por así decirlo.

“Así que cuando bailo el cisne negro no pienso ya en la técnica, sino que simplemente me tiro a matar, voy con la música y con mi propia pasión; en clase pongo la cabeza, cuido los detalles, reviso todo lo que hay que hacer y en el foro dejo que mi cuerpo responda con la confianza de saber que estoy entrenada, y que mi cuerpo por lo mismo sabe lo que tiene que hacer y cuándo. Es algo muy interesante y muy vivificante si bailar es lo que te gusta hacer. Las células hacen su trabajo.”

A pregunta expresa sobre su edad, bromea:

“Si quieres te digo mi peso, pero mi edad jamás. Bueno, la verdad es que tengo 36 años –se ve 10 años más joven, cuando menos–, y no suelo pesarme seguido porque me pone nerviosa, pero debo de estar en unos 48, y me siento en plena forma.”

En dos semanas, Jacqueline López bailará con Ángel Rosas en tacones, sin un tutú y posiblemente con una peluca. Sus 18 años en la CND son para ella la mejor forma de abrir una nueva puerta como bailarina y fotógrafa.

“No soy cleptómana, sí soy una obsesiva, sé que el cisne negro debe terminar en una cuarta, y tengo claro que los arabesques son a 90 grados. No me parece un sacrificio, insisto, es como si no te gusta ser periodista, serlo puede ser una pesadilla.”

Bailar en el Lago de Chapultepec se le antoja a Jackie como una experiencia inolvidable:

“Los noches que he bailado ya han sido muy agradables, el foro es un tanto oscuro, pero eso se sabe y adelante. Lo peor que me ha pasado es quedarme parada sin saber qué hacer y ahí lo único que atiné fue subirme a una quinta en puntas, y ya está. Alguna ocasión estaba enojada y bailé así, y no me gustó.”

Ríe:

“No me caí al lago… Pues hay algunos que se han caído, sobre todo cuando se suben a la lancha del final, muchas veces Sigfrido y Odette han acabado la función nadando.

“¿Y sabes? Algunas veces me sentí tan bien haciendo tanto cisne blanco como cisne negro, que recuerdo una ocasión en que bailando con Raúl Fernández cisne blanco me dio la mano de una forma tan segura, tan artística, que alcancé a pensar: ‘Y yo para qué me hago la remolona con este príncipe, sería mejor decirle bailando, bueno sí, sí me voy contigo, ya está, seamos felices… pero sostuve mi personaje y no cedí.”