Falta un libro serio sobre Elizabeth Taylor: investigador

lunes, 28 de marzo de 2011

GUADALAJARA, Jal., 28 de marzo (apro).- El  investigador de cine, Eduardo de la Vega Alfaro, define a Elizabeth Taylor como el emblema de un modelo cinematográfico que se impuso en el mundo occidental a fuerza de un esquema de distribución y exhibición “totalmente imperialistas”.

Autor de los libros Arcady Boytler (1893-1965), y Bye bye Lumiere: investigación entre cine en México, entre otros, De la Vega dice que la actriz inglesa, quien falleció el pasado miércoles 23, es un distintivo del cine estadunidense.

 “Creo que los historiadores del cine del futuro y de la cultura a futuro podrán entender muy bien el proceso que hemos vivido en las últimas décadas, por ejemplo, entre otras muchas fuentes, con las películas de Taylor, porque además su trabajo no deja de tener su ámbito de seducción, y lo que Hollywood hizo fue una seducción a través de su star system”, apuntó el investigador C del departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara.

Uno de los puntos culminantes de ese modelo, aclara, está sintetizado “en la mirada, la sonrisa, la belleza y capacidad actoral de esa diva”.

Y no duda en señalar que Taylor “fue una parte integral, al mismo tiempo, de lo que sería para mí la última etapa del gran star system estadunidense, aunque actualmente hay otro star system, muy diferente a esa etapa de Taylor en la que todavía no había televisión.”

El cine de ese gran star system, explica, “no tenía competencia en cuanto a capacidad de penetración en las masas a través de la imagen y el sonido. Allí se puede ubicar muy bien este figurón que sin duda fue no muy excepcional, pero sí buena actriz, que conjugaba justamente eso que Hollywood buscaba: la mezcla del atractivo sexual de belleza femenina muy particular y una cierta capacidad histriónica, lo cual le permitía manejarse en diversos géneros, diversos temas e incluso diversos estilos”.

--Entonces, ¿Taylor se pudo adaptar a ese estilo?

--Sí. Trabajó un cine de autor a lo Hollywood con cineastas más bien dedicados a producir filmes sin ningún compromiso de estilo, sin ningún compromiso temático, sin ningún punto de vista más o menos personal, y allí entre ellos osciló muy bien ese carácter un tanto cuanto ambiguo, ambivalente, que sí poseyó sin duda Taylor, aparte de su divismo, que siempre tuvo. No se lo quitó ni en el último segundo de su vida.

--¿No fue más diva que actriz?

--Creo que sí, pero de todas maneras su capacidad histriónica le permitía eso. Algunos cineastas se permitieron jugar con ese esteriotipo para darle una vuelta de tuerca a sus personajes. Para mí hay dos casos que me parecen muy notables en ese sentido: ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966), de Mike Nichols, y Reflejo en tus ojos dorados (1967), de John Huston. Serían dos ejemplos de un cine en el que el drama pretende volverse más profundo, sobre todo en el caso de Huston, quien de plano utiliza la figura y el rostro de Taylor, primero, para atraer espectadores, por un lado, pero también para plantear, digamos, propuestas muy personales. Su visión muy personal también del arte fílmico.

“Bueno, hasta ese tipo de trabajos pudo desempeñar bien Taylor, y en esos casos no tanto como símbolo sexual, sino simplemente en nombre de ese símbolo sexo sexual que se usaba para plantear otras cuestiones sin duda más profundas, al menos para la época, en las que estos dos filmes fueron realizados”, señaló el crítico de cine.

También enumera el largometraje Gigante (1956), de George Stevens: “A mi juicio es una obra maestra, en la que ella está bastante equilibrada como símbolo y como actriz.”

--Después de que Hollywood tuvo esas actrices como Taylor, ¿qué  le pasó a esa industria?

--Llega un momento en el que también la competencia de la televisión la hace intentar innovarse, muy a su pesar. Porque como que ya había encontrado en los cuarenta, cincuenta y parte de los sesenta el cartabón para mantenerse como el emporio cinematográfico mundial, y ya era como una fórmula que me imagino que en algún momento los productores pensaron que se podría prolongar mucho más tiempo. Luego influyó la nueva tecnología, como el video, que se está innovando día con día. Eso dio al traste con esta fórmula, con ese esquema, y se tuvieron que abrir a otras opciones.

“Hubo este cambio, por eso mismo al cine estadunidense en general ya le resulta muy difícil proponer ese modelo de star. Ahora tiene que haber otros elementos, porque hay esta competencia y, bueno, ya muchas películas de todas las divas actuales se ven a veces antes en televisión que en cine, tienen otro tipo de salidas, recorridos diferentes. Incluso se tuvo que adaptar para la piratería.”

--Su fama mundial llegó con Cleopatra (1963), de Joseph Mankiewicz. ¿Qué dice de este filme?

--Es una de sus películas ya a color. El cine a color le ayudó a magnificar esa mirada violeta que resultaba sorprendente en primera instancia. Cleopatra es una película muy discutible en muchos sentidos, pero creo que la puesta de cámara, la puesta en escena, y sobre todo el trabajo en color son muy brillantes. Ahí está el primer duelo de divos, con Richard Burton, su esposo, como Marco Antonio, y ella. Fue la cinta que más la lanzó a la fama internacional, sobre todo por lo que hubo en torno a la filmación, fue muy conflictiva, todo eso preparó el éxito descomunal de esta cinta. Y es consagratoria en el sentido de que finalmente esa belleza de la mirada de Taylor le daba un misterio en pantalla.

--La carrera de la actriz tuvo muchos altibajos, ¿verdad?

--No fue hecha como todas las carreras en constante ascenso, sino que fue una especia de zigzag. Encuentra, a mi juicio, sus mejores momentos en las películas que mencioné, también De repente el último verano (1959), de Richard Brooks, me parece que es otra rama que se presta muy bien en el papel de Taylor para mostrar también su imagen de buena actriz. Por lo menos no nadas más era un mito y símbolo sexual.

“La mujer marcada (1960), de Daniel Mann, es otra cinta que me gustó mucho por el impacto no sólo de la mirada de Taylor, sino también de su cuerpo, la ondulación perfecta de su línea estaba plasmada en la pantalla y era un elemento muy seductor, sobre todo para los públicos de esa época.

“Era novedoso que el cine mostrara estas cosas, digamos, abiertamente. Ahora ya puede ser como lugar común, pero hay que ponernos en la mentalidad del público de esas épocas, al que le fueron dosificando lo sexual y lo sensual, así como a cuentagotas, gracias a las brillantes ideas de las respectivas censuras y todo lo que las apuntalaba.”

Taylor se contactó con México sólo a través de Puerto Vallarta:

“Allí tuvo su casa con Richard Burton. No creo que haya sido su preocupación la cultura clásica mexicana. Puerto Vallarta fue parte de la cultura turística en los sesenta en la que ella se enganchó junto con otros cineastas”, añadió el autor de El cine de Marga López, La industria cinematográfica mexicana: perfil histórico-social, Juan Orol, Raúl de Anda y Conversaciones con Jorge Fons.

 Y tras comentar que en México se han escrito apenas unos tres libros sobre la diva de ojos violeta, De la Vega Alfaro refiere que haría falta “hacer un libro serio sobre el caso Elizabeth Taylor, donde se profundice en ese significado sociocultural que una figura como ella tuvo de los cuarenta a los sesenta, en su etapa más conocida y brillante.”

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