Gotas de agua caliente sobre piedras calientes

lunes, 26 de septiembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Una mirada feroz sobre el juego del poder en las relaciones humanas, nos hacer reír al ser tratadas éstas de manera fársica por el cineasta Rainer Werner Fassbinder en su primera obra de teatro, Gotas de agua sobre piedras calientes (1965), que nunca llevó a la escena ni a la pantalla. En 1999 la dirigió el cineasta François Ozon y varios han sido ya los montajes. En México se estrenó por primera vez en el teatro El Galeón bajo la dirección de Martín Acosta y las actuaciones de Laura Almela, Tomás Rojas, Ricardo Polanco e Inés de Tavira, y actualmente está en temporada en el Foro Shakespeare lunes y martes. En Gotas de agua sobre piedras calientes las relaciones de pareja son callejones sin salida. Rutas equívocas para encontrar el amor. Fassbinder desarrolla la indiferencia por los sentimientos del otro, el sometimiento, el egoísmo y la confusión de identidad como los ingredientes principales de esta imposibilidad. Su forma es cruda, descarnada, pero el tono es de comedia, deslizándose intempestivamente hacia la farsa y con una gran influencia del expresionismo alemán de la época. En un primer momento Leopold lleva a su casa a un joven de veinte años con intenciones de seducirlo. Hablan y beben desenfadadamente. Leopold parece un lobo de mar en el tema, y Franz, sin dejar de fumar, apenas le cuenta del compromiso que tiene con su novia Ana. Después de seis meses nos encontramos con una relación sadomasoquista entre Leopold y Franz, donde éste ha llegado a un nivel altísimo de sumisión y aquel se ha convertido en un dictador tal, que invita a la risa. El último momento es ya la ridiculización de las relaciones, en donde Leopold domina a Franz, a Ana y a su exesposa que ha traído de vuelta a su casa. El realismo está roto, y la explosión de momentos expresionistas, llenos de absurdos y ridiculizaciones. Es llamativa esta forma en que Gotas de agua sobre piedras calientes trata las situaciones y cómo se complementan con la propuesta de dirección de Martín Acosta, que incluye imágenes oníricas –como el torso desnudo de una joven en el baño, el de una mujer saliendo de una consola o aspirando la casa–; o la estética retro de los sesenta en el vestuario de Mario Marín del Río; o la escenografía de Jorge Ballina –ubicada en los sesenta– que modifica la perspectiva, la proporción y el equilibrio que da la horizontalidad. Las interpretaciones del espacio son múltiples al igual que el aderezo onírico. El problema radica en la forma en que el director lo resuelve, pues tanto la imagen como el trazo escénico se sienten sumamente forzados. Se descubre al director colocando los momentos, las imágenes, buscando la mejor pose, tal o cual movimiento o tal o cual figura. Se ve el marcaje de las circunstancias donde los personajes han de reír o sentarse con los botas sobre el sillón o emerger de un cuarto a medio hundirse. Una bici está ahí porque simplemente es una bella imagen y sale porque sí. Tomás Rojas, como Leopold, y Laura Almela como su exmujer, sobresalen en su trabajo actoral. Difícil el personaje de Leopold, pero el actor logra la verosimilitud en sus cambios anímicos, su furor neurótico y la relajación y contención del movimiento. Ricardo Polanco e Inés de Tavira consiguen la naturalidad, aunque requieren de mayor organicidad en su abordaje.

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