La Estela de la oscuridad

lunes, 16 de enero de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- A sólo una semana de su parcial inauguración –7 de enero de 2012–, La Estela de Luz, monumento conmemorativo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución mexicanas que se celebraron en septiembre de 2010, ya es un símbolo de la oscuridad que ha caracterizado a la gestión cultural durante el gobierno del presidente Felipe Calderón. Un oscuro hito e ícono urbano que en su elección, producción y configuración formal sintetiza el dispendio, la ineficiencia, la arbitrariedad y la dependencia creativa de la administración gubernamental de las artes visuales bajo la presidencia de Consuelo Sáizar como cabeza del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). Seleccionada de un conjunto de 35 proyectos realizados por arquitectos invitados al margen de licitaciones públicas o concursos democráticos, a través del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) –instancia dependiente de Conaculta– en enero de 2009, la Estela le costó a los ciudadanos más de los 1 mil 35 millones que se gastaron en su construcción. Una exagerada cantidad –con base en un dictamen del Colegio Mexicano de Ingenieros, su costo debió ser de 497 millones de pesos (Reforma, 10 enero 2012)– a la que deben sumarse los 150 mil pesos que se otorgaron a cada proyectista (5 millones 250 mil pesos), los 16 millones 373 mil 706 pesos que recibió el arquitecto César Pérez Becerril por el diseño del monumento, el millón 567 mil 440 pesos que costó la ceremonia de colocación de la primera piedra, y los 3 millones 850 mil pesos que destinó Conaculta para la ceremonia de inauguración. En total, un excedente de 27 millones 41 mil 146 pesos que se incrementa con el gasto correspondiente al festejo con fuegos artificiales que acompañaron la presentación de la convocatoria. Además de la explicación de los costos que deben rendir los funcionarios involucrados ante los ciudadanos, un aspecto indispensable que debe justificarse es la selección del proyecto de Pérez Becerril. Carente de una propuesta innovadora y significativa tanto desde la perspectiva urbana como artística, la Estela de Luz se reduce a una simplona interpretación del atractivo arte lumínico emplazado en espacios públicos que se realiza en países como Alemania, Holanda e Inglaterra. Desarrollado desde los últimos años del siglo XX y fortalecido notoriamente a partir del siglo XXI, el arte lumínico se impone como una propuesta creativa que integra perspectivas tecnológicas, sociales, económicas, arquitectónicas, urbanas y escultóricas. Dividido en distintos géneros que abarcan instalaciones, ambientaciones, esculturas, expresiones falsamente pictóricas y espectáculos urbanos, el arte lumínico ha encontrado una extraordinaria posibilidad de desarrollo en las intervenciones de carácter público. Diseñado con un concepto que involucra la reconfiguración de los espacios públicos con base en su interacción con la emotividad visual de los espectadores, el arte lumínico contempla aspectos relacionados con la función de lo iluminado, la comunicación y el diseño de imagen-ciudad. Fascinante en localidades que se han autodefinido como “ciudades de luz” –entre las alemanas se encuentran Hamburgo, Leipzig y, sobre todo, Lüdenscheid–, el arte lumínico no se concentra en la iluminación de un muro, edificio, monumento o calle, sino en la transformación del espacio urbano a través de la etérea pictoricidad y tridimensión que genera la luz. Ajena a la necesidad de atender, facilitar y asegurar el peligroso tránsito peatonal que continúa de la zona museística hacia Paseo de la Reforma, la propuesta de Pérez Becerril no logra diluir el elitismo y fragmentación social que caracteriza a la difusión artística en Chapultepec. Diseñada para ser admirada e incapaz de generar interacciones o sorpresas artísticas con los espectadores, la Estela se impone por la oscuridad de una propuesta que, tres días después de la inauguración presidencial, todavía no puede servir a los ciudadanos que la financiaron. Mediocre, aburrida, cara y absurda, la Estela, para mantenerse encendida, tendrá un costo permanente que todavía no se ha dado a conocer.

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