Peligro a la vista

martes, 4 de diciembre de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- ¡Atención!, congéneres vivientes, pues un gran peligro los amenaza en esa su hora en que tanto hablan de la importancia de la lectura en sus vidas; evitar que el mismo se consume, es el motivo de la presente a este buzón. Escéptico de la creencia de tantos de que el Escenario de la Historia únicamente existe para que en él actúen como protagonistas o bien los Grandes Hombres, o las Grandes Naciones y sus Grandes Líderes, o las Grandes Clases o las Grandes Ideas, dejando a la gente del común en el papel de peones de las mismas; convencido de que había que romper con la deferencia hacia los grandes hombres creados por el hábito, la costumbre y hasta por la educación recibida y convencido igualmente de que los grandes hombres pueden cometer--¡y cometen!—grandes errores y de que su influencia continúa impulsando por una senda equivocada a aquellos de quienes depende la defensa de la civilización, suscitando así en su seno divisiones que en el pasado han costado --¡y cuestan en el presente de ustedes!—muy caras a todos si se muestra blandura en criticarlos y, por último, persuadido de que es evidente que es necesario conocer bien los puntos fuertes así como los puntos débiles del enemigo para poder enfrentarlo con posibilidades de éxito, es por lo que me atrevo a decirles: ¡ojo, mucho ojo con lo que leen!, pues así como hay grandes hombres… que siempre fallan en algo y hasta en mucho… hay grandes libros que han llevado --¡y siguen llevando en esa su globalidad!—a clímax de miedo, frustración, resignación, resentimiento, odio e incluso de violencia y sangre que han hecho --¡y siguen haciéndolo!—mas miserable por veces y otras más siniestra y hasta trágica la vida del humano en la Tierra. Por supuesto, me refiero a los libros, a los escritos que tienen la pretensión de ser representantes de la buena, peligrosa y permanente intención de los humanos de construir un mundo mejor y más libre para todos, buena intención que no pocas veces, en su totalidad o en gran parte, queda en error, cuando no en horror. Me refiero sobe todo a aquellas ideas originarias de libros engendrados en sociedades tribales, en las que la vida estaba dominada y determinada por las fuerzas mágicas, creadoras de tabúes y dogmas imperantes en lo religioso y en lo social, de verdad absoluta y definitiva, de un pensamiento único, por así decirlo, cerrado a la crítica. Ejemplo de lo expuesto, en su forma más simple y antigua, es el de las doctrinas míticas del destino y la del pueblo elegido, que tratan con las mismas de hacer entendible la historia mediante el reconocimiento de Dios como autor de la comedia representada sobre el Escenario Histórico. La teoría del pueblo elegido supone, en particular, que Dios ha escogido a un pueblo para que se desempeñe como instrumento directo de su voluntad, y también que ese pueblo habrá de heredar la tierra. Esta teoría providencialista, propia de las tres religiones más importantes del mundo por su presencia y protagonismo en la historia humana, las conocidas como religiones del libro: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, las tres adoradoras de un Dios único y común, Dios de justicia, amor y misericordioso, según lo invoquen los seguidores del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento o del Corán, cuentan con sus etapas de errores y horrores, como lo demuestran sus críticas y acosos continuos, las guerras pretendidamente santas que han sostenido los partidarios de una contra los partidarios de las otras en el pasado, y que actualmente tienen al mundo en un grave y continuo conflicto que bien puede acabar en una guerra mundial en nombre de la justicia, el amor y la misericordia… como tantas veces ha ocurrido en el pasado para justificar los horrores inherentes a toda guerra. Y lo más alarmante, lo más inquietante es que el tribalismo (generador de las llamadas religiones del libro), que da una importancia suprema a la tribu, sin la cual el individuo no significa nada en absoluto, es un elemento con influencia. Hasta ayer, sus principales características fueron y sirvieron de caldo de cultivo al racismo y, por consecuencia, al nazismo, así como a la lucha de clases de los doctrinarios de izquierda. Y en ese su hoy en que viven, su tufo se respira en el neoliberalismo, con su pensamiento único del libre mercado competitivo, al que defiende y justifica por la lucha de la democracia, a la que hay que imponer en el mundo… hasta con la horrenda guerra si es preciso. Si el estimado lector de la presente se le despertara el deseo de tener más datos sobre las ideas y libros peligrosos si no se les lee bien, le recomiendo mi obra: “LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS”. Es una recomendación desinteresada, pues ya no cobro derechos de autor. Deseándoles lo mejor. KARL R. POPPER

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