A Marco Antonio Silva el "Premio José Limón"

lunes, 30 de abril de 2012
MÉXICO, D.F. (apro).- Marco Antonio Silva (1954) cuenta que la danza lo salvó de la cárcel o de la tumba. Por ahora vuelve a la pasarela de los triunfos al ganarse una presea más, que se agrega a la larga lista que ya posee con el Premio José Limón que otorga el gobierno de Sinaloa a los artistas de gran trayectoria dentro de la danza contemporánea. Nacido en la Ciudad de México, Silva fue hijo único y fue educado con gran afecto por sus padres que veían en él a un ser inteligente y sensible. Titiritero, su padre le enseñó a manejar lo las maderas con hilos de seres que animaban fiestas o funciones para los niños de la calle en la que vivía. Lo alentaba en la música y lo llevaba al cine muy a menudo. Pero la verdadera pasión de Silva surgió de las artes escénicas, en particular de la danza. Fue alumno de Gloria Contreras donde con grandes esfuerzos aprendió no sólo a bailar sino a interpretar. Bailó con el Taller Coreográfico de la UNAM y posteriormente buscó nuevas formas de movimiento en la danza contemporánea. Participó en el Ballet Teatro del Espacio de Gladiola Orozco y Michel Descombey como bailarín y coreógrafo. De carácter recio, pero amable y afectuoso, ingresó al Centro Universitario de Teatro y se sometió al ritmo de trabajo de Ludwik Margules; posteriormente se convirtió en el coreógrafo favorito del círculo teatral. Su trabajo coreográfico al lado de Julio Castillo en De la calle es memorable como también lo fueron sus trabajos de movimiento escénico en Nadie sabe nada de Luis de Tavira. Su trabajo al lado de Paul Leduc y Dana Rothberg en el cine también fueron más que significativos en su carrera. Sin dudarlo, Silva vivió durante muchos años en los cuernos de la luna, lo que le incluyó una beca en Alemania, dos premios nacionales de coreografía, intercambios artísticos con universidades de Los Estados Unidos, funciones en Europa y Centroamérica y el reconocimiento absoluto a Utopía Danza Contemporánea como uno de los proyectos dancísticos independientes más importantes de los años ochenta y noventa. No obstante nadie es perfecto, y a pesar de su talento --su capacidad para generar imágenes es única en México--, decidió incursionar en la burocracia cultural como coordinador nacional de danza del INBA donde su gestión fue más bien gris y controversial. Cambio su imagen relajada por el traje y la corbata y se volvió hermético. Por suerte, regresó desde hace unos años a lo suyo y picando piedra como se inició, ha ido recuperando el terreno que las nuevas generaciones le ganaron. Ahora con el mismo oficio de siempre trabaja como coreógrafo independiente, hace clase, está en forma y su nombre ha empezado a sonar reiteradamente de nuevo. Silva se merecía El Premio José Limón desde hace tiempo, pero le llegó en un momento en el cual, ha alcanzado una madurez prometedora como artista y llena de nueva fuerza para regresar a la primera línea de la danza nacional de la que nunca debió salir.

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