Arte: "Naturaleza habitada"

lunes, 28 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Los diálogos museológicos entre el arte contemporáneo y prácticas artísticas de otras épocas o con imaginarios provenientes de distintos ámbitos del conocimiento pueden dividirse en dos criterios curatoriales: la selección de obras que contienen una identidad artística propia, la cual se vincula con los intereses de la narrativa curatorial, y la producción de propuestas que se adhieren, instalan o enciman en el concepto, soporte, objetualidad y/o espacialidad de creaciones y emplazamientos de reconocido valor simbólico. Si bien estas últimas son abundantes en los museos pertenecientes al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), las primeras caracterizan los proyectos vinculantes entre el arte y la ciencia que, bajo la dirección de Eduardo Vázquez Martín, ha exhibido el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México. Fascinantes por la presentación simultánea de un mismo tema interpretado desde dos territorios creativos, las exposiciones artísticas de este museo logran generar atmósferas estéticas que, al transitar entre lo conocido y lo sorpresivo, se perciben como carentes de temporalidad. Interesada desde la pasada década de los noventa en la exploración del origen de la vida y la recreación de su interpretación científico-visual, Georgina Quintana (1956, México) presenta actualmente, en este museo, un sugerente proyecto de expansión dibujística que, bajo el título de Naturaleza habitada, recorre la evolución de los entes vivientes, desde su existencia como microorganismos hasta su transformación en seres humanos. Realizadas a partir de la interpretación de dibujos publicados en libros antiguos de historia natural, las obras de Quintana fusionan la reflexión filosófica con una poética dibujística-gestual que sobresale por su sensualidad, sutileza y fusión entre lo real y lo ficticio. Concebida para exponerse entre las vitrinas de las salas dedicadas al origen, evolución y adaptación de los entes vivientes, la muestra-instalación se integra con dibujos en tela, pinturas y esculturas recortadas y articuladas que, en su conjunto, recrean organismos unicelulares y pluricelulares, crustáceos, insectos, peces, moluscos, animales y humanos. En el contexto de los dibujos, sobresalen especialmente las tintas sobre peyón. Realizadas en actos gestuales que no disimulan el control y maestría de la artista, las hibridaciones entre dibujo y pintura sintetizan formas orgánicas que evidencian la unidad de la vida. Ya sea como fósiles, microorganismos, estructuras vegetales o espacialidades paisajísticas, la vida se expande y contrae en una totalidad que se materializa y disimula a través de la absorción arbitraria y poética de las fibras del soporte. Atractivas por la interacción que generan con los espectadores, las esculturas de formas recortadas decretan la coexistencia de los entes vivientes. Sorpresivas, lúdicas e ingenuas, las piezas esconden espejos que, al ser descubiertos y reflejar el rostro de los espectadores, manifiestan la coexistencia o fusión de los seres humanos en una naturaleza habitada que, muchas veces, es ignorada. Acertados en su concepción y resolución curatorial, los proyectos de vinculación entre el arte y la ciencia deben continuarse bajo la nueva dirección de Guadalupe Fragoso al frente del Museo de Historia Natural.

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