El 'jaloneo' por la presea Belisario Domínguez

martes, 15 de octubre de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- El pasado 7 de octubre se cumplieron cien años del asesinato del médico, político y senador Belisario Domínguez Palencia, quien se enfrentó al dictador Victoriano Huerta y, sin tapujos, lo llamó “traidor y asesino”, y exigió se creara una Representación Nacional para deponerlo del cargo de presidente de la República que usurpó luego de derrocar mediante un cuartelazo al presidente Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez. El aniversario luctuoso del senador, quien se ha convertido en un símbolo de valentía, honestidad, amor por la patria y lucha por la verdad, se conmemora año con año con la entrega el mismo día 7 de la medalla “Belisario Domínguez”, instituida por decreto presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, el 3 de enero de 1953, con el propósito de “premiar a los hombres y mujeres mexicanos que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra Patria o de la humanidad”. Lo cierto es que el reconocimiento, que consta de un diploma alusivo y un tejo de oro pendiente de una cinta de seda tricolor (verde, blanco y rojo), en el cual está la efigie del “Héroe Civil Belisario Domínguez en medio de la inscripción: Ennobleció la Patria, 7 de octubre de 1913”, no ha estado exento de los devaneos políticos y no siempre se otorga a quien realmente haya hecho una labor parecida a la del senador nacido en Comitán, Chiapas, el 25 de abril de 1863 y asesinado en la Ciudad de México el 7 de octubre de 1913. Pues si bien la han recibido personajes como el pintor Gerardo Murillo, Dr. Atl, Antonio Díaz Soto y Gama, Isidro Fabela, María Cámara Vales viuda de Pino Suárez (como un reconocimiento póstumo a su esposo), Jaime Torres Bodet y más recientemente Gonzalo Aguirre Beltrán, Heberto Castillo o Miguel Ángel Granados Chapa, también la recibieron gente como el líder obrero Fidel Velázquez, los políticos Salomón González Blanco, José Ángel Conchello y Luis H. Álvarez. La primera persona en recibirla fue la educadora de preescolar María Rosaura Zapata Cano, en 1954, y el año pasado, 2012, el escritor, lingüista, polígrafo y erudito Ernesto de la Peña, de manera póstuma. Este año, la entrega de la medalla se postergó para el próximo 4 de noviembre, pues aún no hay un acuerdo sobre quién recibirá la presea, según público La Jornada el pasado 4 de octubre. Y es que este año le corresponde proponer candidato al Partido Acción Nacional, que se empeñó en impulsar al fallecido senador y exsecretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, pero no hubo consenso con los otros partidos políticos. Los senadores Emilio Gamboa, del PRI, y Luis Miguel Barbosa, del PRD, dijeron al panista Jorge Luis Preciado que la medalla no debe ser ya para cuadros políticos. Hasta el pasado lunes 7 el acuerdo no llegaba. En agosto pasado la senadora priista Verónica Martínez Espinoza propuso la candidatura del recién fallecido arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, constructor del Museo Nacional de Antropología, el Palacio Legislativo de San Lázaro, la Basílica de Guadalupe y el Estadio Azteca, entre otras obras. En abril se mencionó también el nombre de Jacobo Zabludovsky Kravesky, quien recibió por parte de la Cámara de Diputados la Medalla “Eduardo Neri y Legisladores 1913”, aunque no con el consenso de todos los legisladores, pues hubo quienes recordaron que por décadas fue el conductor del noticiero estelar de Televisa, “24 Horas” y no fue imparcial al dar información sobre asuntos como la matanza del 2 de octubre de 1968 o la del 10 de junio de 1971. El medio ADN Político consigna que Rosa Elba Pérez del Partido Verde Ecologista de México, increpó: “Yo pensé en mi generación y dije: ¿Cómo voy a estar de acuerdo en darle una medalla al mérito cívico a un periodista que fue responsable de que yo no supiera qué pasaba en el país durante 20 años?” Y justo el día del aniversario luctuoso de Domínguez Palencia, el reportero Arturo Rodríguez García de la agencia Apro, informó que una comisión integrada por Martha Elena Ramírez, Jesús González Schmal, Luis Javier Solana, Guillermo Fabela, Radio Bilingüe y la Asociación Cívica “General Francisco L. Urquizo”, respaldada por periodistas, asociaciones civiles e instituciones de educación superior, entregó al Senado, la propuesta para que el reconocimiento sea entregado de manera póstuma al periodista Francisco Paco Huerta, quien condujo durante décadas el programa Opinión Pública, con micrófonos abiertos al público, en vivo y sin censura. Relató como Huerta fue censurado por el entonces presidente José López Portillo y salió del aire. De ahí comenzó un deambular por varias estaciones radiofónicas de las cuales también fue cesado, e incluso se impidió que fuese contratado por alguna radiodifusora mediante la llamada “cláusula de exclusión”. La última vez que tuvo un programa fue en Radio Fórmula, pero de Los Pinos llegó la orden del gobierno de Vicente Fox para que se acabaran las transmisiones. El periodista murió semana después. El prócer La investigadora del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), Elsa Aguilar Casas, cuenta en su ensayo “Belisario Domínguez, una voz apagada con balas”, que la última vez que se vio con vida al entonces senador por Chiapas fue ese 7 de octubre de hace un siglo. “Ese día 7, todo transcurrió de forma normal. Su hijo Ricardo estudiante de preparatoria, lo visitó por la noche en su lugar de residencia en la Ciudad de México, el Hotel Jardín, ubicado en la calle San Juan de Letrán. Pasaron juntos un rato y el muchacho salió del hotel después de las 10 de la noche. Nunca más volvería a hablar con su padre.” El texto ha sido publicado con motivo del centenario luctuoso por el instituto que dirige la historiadora Patricia Galeana, en su sección “Expedientes digitales del INEHRM” de su página web, en donde incluye también un par de discursos de Domínguez, que le impidieron leer en el Congreso pero que igual indignaron a Victoriano Huerta, quien ordenó su asesinato. Se incluyen además de algunas fotografías sobre la vida del legislador. Aguilar Casas explica por qué Huerta consideró a Belisario Domínguez peligroso para su gobierno. Era de profesión un médico cirujano y partero que en 1889 se estableció en Comitán donde conoció la realidad del pueblo chiapaneco y creó un vínculo con la gente. Se adhirió al movimiento de Francisco I. Madero y como partidario llegó a ser presidente municipal de Comitán y luego senador de la República por Chiapas. Se sumó junto con otros legisladores a Plan de Guadalupe promulgado por Venustiano Carranza, y le anunciaron que viajarían al norte. Pero éste les sugirió quedarse en su curul pues desde ahí podrían atacar en el momento adecuado. Y así lo hizo, pues relata la investigadora que Domínguez destacó “por su férrea oposición al régimen impuesto y por su actitud abiertamente crítica y contestataria”. En varias ocasiones se opuso a sus proyectos, pero son memorables los discursos que escribió en septiembre de ese mismo año. Uno de ellos con motivo del informe presentado el día 16 por Huerta, en el que aseguró que si Estados Unidos no lo reconocía, consideraría a su representante como “no grato” y presumió de grandes avances en la pacificación del territorio nacional. Con verdadera indignación escribió Domínguez en el discurso (publicado en la misma sección por el INEHRM) que los senadores evitaron leyera, sobre dicho informe: “Indudablemente, señores senadores, que lo mismo que a mí os ha llenado de indignación el cúmulo de falsedades que encierra ese documento. ¿A quién se pretende engañar, señores? ¿Al Congreso de la Unión? No, señores; todos sus miembros son hombres ilustrados que se ocupan de política, que están al corriente de los sucesos del país y que no pueden ser engañados sobre el particular. Se pretende engañar a la Nación Mexicana, a esta noble patria que, confiando en vuestra honradez y en vuestro valor, ha puesto en vuestras manos sus más caros intereses.” Y abogó por que se dijera a la ciudadanía la verdad y estableció: “La verdad es esta: durante el gobierno de don Victoriano Huerta, no solamente no se ha hecho nada en bien de la pacificación del país, sino que la situación actual de la República es infinitamente peor que antes; la revolución se ha extendido en casi todos los Estados, muchas naciones antes buenas amigas de México, rehúsanse a reconocer su gobierno por ilegal; nuestra moneda encuéntrase depreciada en el extranjero; nuestro crédito en agonía; la prensa entera de la República amordazada o cobardemente vendida al gobierno y ocultando sistemáticamente la verdad, nuestros campos abandonados, muchos pueblos arrasados, y por último el hambre y la miseria en todas sus formas amenaza extenderse rápidamente en toda la superficie de nuestra infortunada patria.” La historiadora Aguilar indica que nadie en el Congreso tuvo el atrevimiento ni la decisión del senador Domínguez para responder a Huerta lo que realmente pensaba y relata que incluso increpó al entonces secretario de Relaciones Exteriores, Francisco León de la Barra, diciéndole: “… ¿cómo podrían Estados Unidos reconocer al gobierno (…) manchado con la sangre del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez?” En ambos discursos acusó a Huerta de ser “un soldado sanguinario y feroz”, asesino “sin escrúpulo” y desequilibrado. Y pidió a los senadores firmar una solicitud de renuncia y se ofreció a llevarla él mismo a Huerta. El senador, sigue la historiadora, era consciente de que su vida corría peligro. Se le sugirió que se ocultara pero no aceptó hacerlo y siguió su vida normal, “hasta aquella noche del 7 de octubre”. Una comisión integrada por Manuel Novelo Argüello, César Castellanos, Eduardo Neri, Jesús Martínez Rojas y Adolfo E. Grajales, acudió con el secretario de Gobernación, Manuel Garza Aldape, sin éxito. Hasta la tarde del 9 de octubre se encontró el cadáver de Domínguez enterrado en una orilla del cementerio de Xoco, al sur de la Ciudad de México. La investigadora cuenta que los legisladores indignados exigieron a Garza una investigación, la tensión llegó a su clímax cuando él y Aureliano Blanquet, secretario de Guerra, sugirieron la disolución del Congreso. Como varios diputados fueron detenidos, no tuvieron más que votar su propia disolución. Consigna también cómo a la muerte de Belisario Domínguez se corrieron los rumores de que lo habían torturado y le habían mutilado la lengua “por andar hablando mal del gobierno” (A circulado la versión de que fue el médico Aureliano Urrutia Sandoval, quien le cortó personalmente la lengua con un filoso bisturí y de un solo tajo, pero todo parece ser un mito). En los documentos oficiales lo que aparece es la declaración de sus raptores y asesinos Alberto Quiroz, Gilberto Márquez, Ismael Gómez y José Hernández, alias “El Matarratas”, quienes confiesan que el inspector de policía Francisco Chávez le encargo vigilar al senador. Luego que Huerta les ordenó sacarlo de su hotel y asesinarlo por la zona de Coyoacán. Le dieron tres balazos uno de ellos se le incrustó en la cabeza y fue enterrado en una fosa improvisada. La autopsia coincidió en que murió por la destrucción de cráneo y del cerebro. Concluye la especialista: “Belisario Domínguez se había convertido en la voz más elocuente de la revolución constitucionalista en la capital del país. Su actitud temeraria le costó la vida, pero su sacrificio no fue en vano, pues envolvió al gobierno huertista en una crisis política que abonó el terreno de la inestabilidad del gobierno ilegítimo.” Los portadores de la medalla que lleva su nombre deberían honrar al prócer teniendo al menos parte de sus cualidades, también los senadores que eligen a los candidatos.

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