"Sobre el mal" (2 de 3)

martes, 3 de junio de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- Pues sí, respetables lectores de la presente; sabido es que desde el punto de vista del cristianismo, el mal, más que un problema, es un misterio: el de la permisión de ese mal por un Dios eterno, sapientísimo, justo, omnipotente, bueno y misericordioso; un misterio que racionalmente no se lo puede explicar la humana criatura y que la Iglesia únicamente lo integra al acto de la fe, virtud teologal… o lo que es lo mismo, a una luz y conocimiento sobrenatural que lleva, sin ver o no entender, a creer lo que Dios dice y la Iglesia propone. Tal misterio religioso resulta para la razón de la humana criatura un dilema… o sea, una propuesta que presenta alternativas que la dejan en la confusión, en el tormento de la duda cualquiera que sea la alternativa que se escoja… como es natural, ese hecho, casi desde el principio del cristianismo llevó a la Iglesia a infinitos conflictos, pues no pocos de sus seguidores dieron en creencias paralelas a las de las primitivas religiones o propias del politeísmo reinantes en la Grecia clásica y la Roma imperial, creencias que daban por cierto que había dos principios en la naturaleza, el del bien y el del mal, de esencias opuestas. Esta idea era contraria a lo que enseñaba el cristianismo, que en sus inicios expuso y explicó que la materia, como creada por Dios, infinitamente bueno y amoroso de lo que creaba, no puede contener en sí la suprema contradicción: al mal. Tal misterio, dilema para la razón humana, de la incomprensión por la misma de un mundo creado por un Dios todo bondad y el de la existencia de tanto mal en él, llevó desde sus inicios a no pocos de los seguidores del cristianismo al error en materia de fe, o sea, a la herejía. Esas equivocadas explicaciones del sentido de los Evangelios y los mandamientos de Dios se difundía con celeridad, dando lugar a grandes y graves discordias dentro de la misma Iglesia, que minaban seriamente la unidad y el prestigio de la misma a los poderes ya establecidos en su organización. Puede decirse que los errores de interpretación, de equivocadas explicaciones doctrinales, las herejías, brotaron casi inmediatamente después de la muerte de Cristo en la cruz. Los judaizantes, los judíos conversos al cristianismo, o sea los ebionitas, aunque enaltecían la figura de Jesús, negaban que fuera hijo de Dios, lo consideraban como un profeta más, tan excelso como Moisés, por lo que se circundaban e igualmente se bautizaban. También surgió la secta de los ofitas,  los que adoraron a la serpiente pues pretendían que la serpiente que tentó a Eva era el mismo Cristo, que había encarnado en dicho animal para traer la sabiduría al mundo, esos eran los buenos, ya que había ofitas que llegaron a ser anticristianos, que pensaban que Cristo fue enviado al mundo para quebrar la cabeza de la serpiente y así sumergir a los humanos en el caos de los primeros tiempos. Otros hubo que discutieron sobre si la naturaleza de Jesús era más humana que divina, o más divina que humana y otros más sostuvieron que era un eon, esto es, una emanación de la divinidad, y por ello inferior en todo al Dios único y verdadero. No faltaron los que sembraron la inquietud al decir y sostener que Cristo era posterior a Dios padre e incluso al Espíritu Santo, pues todo lo engendrado es posterior de quien lo engendra. Hubo también los que dijeron que la Virgen María había dejado de serlo después de dar a luz a Jesús, a lo que hay que añadir que herejes hubo que de plano negaron el misterio de la Santísima Trinidad y predicaron la existencia única de un solo Dios único y verdadero, tachando a su vez de herejes a los que no creían y menos seguían lo que enseñaban. Todos esos errores de interpretación de doctrina, de esas herejías y de otras parecidas, llevaron a la Iglesia a varios siglos de apasionadas discusiones y a enconadas disputas, a convocar Concilios Ecuménicos, que más que para conciliar, le sirvieron para poder ir definiendo sus dogmas, es decir, los puntos fundamentales de su doctrina y rituales, pero servidor de ustedes, respetados lectores de la presente, no va a ocuparse ni a discurrir sobre ellos, se va a limitar, en próxima carta a este buzón, a escribir sobre el más general, pero no menos importante, del porqué quien puso al mal en el mundo, que también tiene sus puntos de discusión, sus contradicciones, como ya lo hemos visto en la primera de mis cartas. Agradeciéndoles la atención concedida a la presente, el seguro servidor de ustedes. JUAN D´UDAKIS Lee la primera parte de la carta aquí.

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