Ponce y "los peregrinos del arte" en Cuba

martes, 27 de enero de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- Van a cumplirse cien años de la visita artística que realizara a Cuba el compositor y pianista zacatecano Manuel María Ponce (Fresnillo, 8 de diciembre 1882-Ciudad de México, 24 de abril 1948) con el poeta Luis G. Urbina, y el violinista Pedro Valdés Fraga, según narra la pareja musical Dolly R. de Díaz y Emilio Díaz Cervantes en su biografía Ponce, Genio de México. Vida y Época (Universidad Juárez Estado de Durango, 2003): “Los tres artistas mexicanos llegan a La Habana el 15 de marzo de 1915… Luego del desembarco, Ponce y sus amigos sienten el ambiente de paz y libertad que viven los países preocupados sólo por su desarrollo social, y aunque su capital ascendía únicamente a 20 dólares, confiaban en el futuro y en su capacidad… sabían que para conseguir dinero rápidamente requerían presentarse en una sala de conciertos… En Cuba, la moneda oficial era el peso que estaba a la par del dólar… “Veinte años atrás había muerto José Martí, apóstol de la Independencia Cubana, que en 1885 iniciara la lucha de emancipación para liberar a su patria del yugo español que ya duraba cuatro siglos, empresa en la que perdió la vida… Cuba vivía al fin en libertad, y desde la caída de Porfirio Díaz se había convertido en refugio seguro para aquellos que huían de la vorágine revolucionaria que asolaba la nación mexicana… “Una vez instalado en La Habana, Ponce comienza a percibir el sortilegio irresistible de una nueva música, ritmo y cantos desconocidos para él… el riquísimo folclore cubano nacido del alba prodigiosa de su pueblo: Son, Guajira, Rumba, Guaracha. Danzón, Clave y Bolero… Ponce enfoca su interés hacia esa clase de música autóctona, suaves y cadenciosas melodías que semejan las palmeras tropicales mecidas por el viento; talles ondulantes, ritmo de caderas de mozas galantes que pasean por la playa, malecón y calles de la Vieja Habana (música deliciosa, pero igual que en México porfirista, ignorada y despreciada por la “gente bien” de la isla). “La música sensual cubana se encuentra en todas partes de la isla; Ponce abre bien los ojos, observa y escucha ya que todo es nuevo para él. Sabe que para sobrevivir tendrá que multiplicarse como concertista… Nace así su 1ª Rapsodia Cubana, que será una de sus composiciones mejor logradas, siendo la primera de sus nuevas creaciones realizadas en la isla, que vendrán a enriquecer más su repertorio ahora con obras en ritmo sincopado característico de la música vernácula cubana.” El diario habanero El Heraldo llamó al trío Los peregrinos del arte. Ofrecieron recitales privados y en alguno, Ponce (quien por entonces contaba con 32 años de edad) presentó la primicia de su Rapsodia Cubana. Cuentan los esposos Díaz que Luis G. Urbina recomendó la obra a un periodista local, así: “Ponce ha escrito una Rapsodia Cubana; si digo que es hermosa, es poco. Escúchela usted.” Y el periodista cubano redactó: “Me resigné a escucharla, y puedo decir (yo, que en estas mismas páginas he abominado del sonsoniche o soniqueo o consonete o soniquete de nuestras guajiras y guarachas) que esa es la pieza más estupenda de emotividad y colorido que se ha escrito sobre motivos de música criolla.” El zacatecano estrenó allá en Cuba su Elegía a la Patria (a la que más tarde denominó Elegía de la ausencia, dedicada a su novia Clema Maurel); “de dicha obra, la prensa señalaba que al terminar el último acorde mucha gente no pudo evitar derramar unas lágrimas por los tres ilustres desterrados.” Luego de aquellos recitales en La Habana, la situación económica de Los Peregrinos del Arte se estabilizó: “Cuando Ponce llegó a Cuba iba huyendo del caos político-militar-social que se vivía en México; y fue en la Perla de las Antillas donde encontró la estabilidad social… Reciben numerosas invitaciones para enseñar, dirigir, escribir, etc., las cuales de momento no pueden atender pues eran exiliados políticos… En México, la situación estaba grave e indefinida, villistas y obregonistas se enfrentaban en Celaya, Guanajuato, en la batalla más grande que se haya producido en la historia del Continente Americano… De perder Obregón, Carranza y los suyos serían lanzados al mar, no habría mañana para ellos… “Por otro lado, Valdés Fraga pensaba buscar nuevos horizontes, lo mismo Urbina que deseaba ir a España, desde donde Amado Nervo, encargado de los negocios de México, los llamaba. Ponce sólo quería recuperar ‘los horizontes perdidos’ sin alejarse mucho de su país. Así las cosas, y mientras se clarificaba su futuro, Los Peregrinos del Arte aceptaron ofertas para escribir en la prensa local (El Heraldo de Cuba, La Lucha, La Prensa, El Mundo, El Diario de la Marina, Bohemia, La Semana, Arte; Música, del cual Ponce fue nombrado redactor en jefe; la Ilustración, etc.), como críticos de arte y cultura, actividad que no los comprometía demasiado y les permitía atender presentaciones personales, conferencias y conciertos privados… “Lejos de su patria, Ponce no deja de pensar en ella: armoniza ocho canciones mexicanas más, entre otras: ‘A la orilla de un palmar’, que rápidamente alcanzó extraordinaria popularidad) y ‘Rayando el sol’. Termina la Rapsodia Mexicana 3 y Rapsodia Yucateca…” Manuel M. Ponce escribiría una segunda Rapsodia Cubana y una tercera, pues retornaría a Cuba en 1917. “Ponce regresaba a Cuba luego de terminar sus gestiones directas ante las autoridades de Educación y Bellas Artes en México, quienes quedaron formalmente de enviarle su nombramiento de catedrático del Conservatorio Nacional y de la Escuela Nacional de Música, así como la designación correspondiente como director de la Orquesta Sinfónica Nacional. “El compositor mexicano necesitaba la seguridad de tales nombramientos oficiales de su país, con objeto de poder hacer planes para el futuro y cancelar aquellos compromisos que le daban para vivir en Cuba; de otro modo, no regresaría. Por ese motivo en seguida de su arribo publicó: “Manuel M. Ponce tiene el honor de ofrecer a ud. Su nuevo domicilio en San Rafael 27 (altos). Telef. A-9516. Habana, Feb. 11 de 1917. Clases de piano, armonía y composición. “Pocos días después de su regreso a Cuba, Ponce recibió una carta de Clema cuya lectura le causó enorme inquietud, pues su amada le informaba que antes de casarse debía confesarle un secreto largamente guardado, pero sentía que si iban a dar ese gran paso (matrimonial) que los uniría para toda la vida, debería ser sincera y honrada con ella misma, no obstante las consecuencias que pudiera acarrear; de otro modo, no podría vivir tranquila… le informa que no es digna de él, ya que le ha mentido desde el principio porque él y su familia son gente muy católica, tenía temor de confesarle que ella es hija natural de su papá, ‘aunque gracias a Dios, reconocida legalmente por él’, pues desde que era muy pequeña la llevó a vivir con su familia.” Y él escribiría a su amada: “Aunque en Cuba siempre estoy rodeado de gente, me haces falta. Vivir sin ti no es vida. ¡Créemelo! En ocasiones deseaba abandonarlo todo y tomar el primer barco que me trajese a México.”

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