Cine: Los Muertos, el drama de los jóvenes adinerados

viernes, 6 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso) Un grupo de jóvenes tan adinerados como ociosos se reúne en una casa en Tepoztlán a pasar el tiempo; durante un corto paseo se topan con un coche estacionado con cuerpos de hombres asesinados, probablemente víctimas de narcos. Poco después ocurre un accidente. Con una historia muy simple, Los muertos (México, 2014), dirigida y escrita por Santiago Mohar Volkow, muestra la actitud de una juventud privilegiada que sólo sabe reaccionar a la violencia cotidiana del país negándola, pitorreándose de ella. Pero todos estos chavales llevan la muerte en el alma. El grupo de amigos llena la lista de atributos de hijos de ricos: chocantes, libertinos, adictos a alguna droga, condescendientes con las clases populares, insensibles a la realidad en la que viven. En palabras de Mohar Volkow, que dirigió esta cinta a los 24 años, el reto era mostrar sujetos desagradables que mantuvieran la atención del público. La exploración a fondo de los personajes por parte de los actores, desde Santiago Corcuera a Aldo Escalante, aún poco conocidos en el cine, logra dimensionarlos a pesar de muchos lugares comunes en la propuesta. Los muertos se salva de su propia premisa por varias razones. La primera es que a pesar de sus excesos y falta de empatía, todos esos muchachos parecen niños abandonados a su suerte, los padres brillan por su ausencia. Fuera del grupo o de los cuidadores, son incapaces de defenderse, como ese que sale desnudo ensabanado y es presa fácil del asaltante. Frases odiosas como la de que “me caga México, todos los morenos te quieren secuestrar”, resuenan por la estupidez de su racismo pero más por la vulnerabilidad de esos muchachos y por la incapacidad de tomar el control de sus vidas. En el lodazal de su vagancia inventan juegos propios de niños perversos, caprichosos y sin creatividad; quizá ya desencantados por la falta de límites y de sentido, el alcohol, las relaciones, el sexo, todo lo que los adultos hacen, aburren más que otra cosa. Sus rituales se sienten vacíos, como ese de caminar con máscaras en la alberca, o jugar al arco. Algo muy primitivo en el fondo de la psique quisiera tomar el control, un tanto como ocurre en El señor de las moscas, donde lo más oscuro de la vida instintiva impone sus formas. Este grupo de chicos muertos de tedio, encerrados en sus prejuicios, fabrica anécdotas chuscas de situaciones espantosas aunque cotidianas como la del asalto en el consultorio del psiquiatra. En el roce con la clase que desprecian, la más vital y creativa, y de la que imitan el lenguaje, los Juniors han compuesto un habla para dirigirse al chofer o al guarura. El diálogo entre uno de ellos y una mujer taxista, propone un cotorreo con ecos dignos de Tarantino; lo mejor, el director contrasta la condescendencia hacia el pueblo y la dignidad de la conductora. Después de todo, el escapismo y la negación ante la realidad social y política del país no es exclusiva de los niños ricos, gran parte de la clase media comparte esa actitud. Los muertos serían todos aquellos que intentan vivir en medio del abuso y la violencia como si nada ocurriera.

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