'Fuego en el mar”: drama en el Mediterráneo

viernes, 13 de enero de 2017
MONTERREY, NL (apro).- El drama de los migrantes africanos y asiáticos que buscan encontrar una nueva vida en Europa es contemplado, en América, como una noticia más del drama que se vive en el mundo globalizado, cruel e injusto. Pero no pasa de ser una reseña en páginas de los diarios, de la sección internacional, que muestra acontecimientos que, por lejanos, importan poco en este hemisferio. El documental “Fuego en el mar” (Fuocoammare) le da rostro al sufrimiento que viven miles y miles de seres humanos que cruzan el peligroso mar Mediterráneo para escapar de la guerra, el hambre y la miseria, e incorporarse a una nueva realidad civilizada que les promete esperanza y paz. Las penalidades que pasan estas personas son tan extremas que la mejor forma de describirlas es a través de imágenes. La cinta italiana, escrita y dirigida por Gianfranco Rosi, muestra una faceta de las mil que tiene el rostro de la migración en la Tierra. La narración, con una poderosa carga de denuncia, es como una torreta encendida, una sirena que se escucha en todos los cielos para que el Primer Mundo se compadezca de los refugiados. Describe cómo se vive en la pequeña isla siciliana de Lampedusa, el enclave más al sur de Italia. Este pequeño punto en el Mediterráneo es como una estación de servicio de las oleadas de viajeros que se aventuran todos los días desde el puerto de Túnez, el punto más cercano de África, a unos 100 kilómetros de distancia, para que los rescate la guardia europea y los coloque en algún asilo del Viejo continente. Rosi reivindica el subestimado género del documental, el cine de la realidad, despreciado por el gran público y tildado de aburrido. Con todo el atractivo audiovisual del cine realizado con excelencia, y con una vigorosa pasión periodística, toma la cámara y se sube a los botes salvavidas de la intrépida Guardia Costera italiana que está obligada a involucrarse en un problema que solventa con profesionalismo por razones humanitarias. La vida en Lampedusa es apacible y lenta. En sus 20 kilómetros de superficie viven unas 5 mil personas. Prácticamente todos se conocen. Las imágenes muestran un pueblo que languidece en medio de la nada. El contraste con los extranjeros que llegan, en la travesía náutica, es brutal. La cinta inicia con una angustiosa llamada de radio a la guardia costera. Una pequeña embarcación naufraga. En cubierta, describe la voz aterrada, hay 250 migrantes, muchos de ellos mujeres y niños. El oficial a cargo pide coordenadas para enviar ayuda. Evidentemente quien envía el mensaje desconoce terminología marina. La comunicación se corta inesperadamente. Al día siguiente las noticias dan cuenta de la tragedia. Pero es sólo un incidente más de los que ya se conocen en la isla. Eso pasa todos los días. Y quienes mueren son personas, que agonizaron terriblemente en la soledad ultramarina. Se establecen de manera constante paralelos entre la vida de los lugareños y los esfuerzos por los guardacostas por rescatarlos. Hay una presentación muy precisa de imágenes de los protocolos, procedimientos, acciones que se siguen desde el momento en que las barcazas son interceptadas y su confinamiento en las estaciones migratorias. Un veterano médico de la localidad es el encargado de hacer el trabajo forense en las constantes tragedias colectivas. A lo largo de los años ya lo ha visto todo. Pero, según atestigua, apesadumbrado ante la cámara que desnuda sus sentimientos, no puede acostumbrarse al horror. Los africanos de piel negra respiran aliviados porque ya no morirán entre las olas. Pero, en realidad, al sobrevivir enfrentan un futuro terriblemente incierto en países que establecen cercos y leyes que los repelen. “Fuego en el mar” es una estrujante pieza de cine político, con un pesado contenido humanitario. El cine llama la atención sobre el camino de lágrimas trazado en el Mediterráneo. La comunidad internacional debe compadecerse del sufrimiento de miles y, a la par, entrar en acción.