Entre Mel Gibson y La La Land

viernes, 3 de febrero de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Enquistada en la cartelera, la última proclama de credo religioso y político del furibundo Mel Gibson, Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge; E.U.-Australia, 2016) representa un extremo del panorama de Hollywood en esta difícil transición de la historia americana; en el otro extremo de la línea de horizonte, La La Land (E.U., 2016), la hazaña cinematográfica de Damien Chazelle que recién acaparó los Globos de Oro, resucita la comedia musical y saluda lo mejor de la tradición del cine estadunidense. Vistas desde fuera, pompa de la campaña publicitaria, celebridades en los roles protagónicos, inversión multimillonaria donde intervienen intereses de productores que se rigen por estrategias de mercadotecnia, las dos películas no harían más que agregarse al cine de consumo rápido. Pero ocurre que este par de superproducciones traen un claro sello autoral: Gibson imprime su marca con un héroe, cristiano pacifista que se las arregla para combatir en la guerra del lado de los buenos (lo cortés no quita lo valiente); por su parte, Damien Chazelle concibe, escribe y dirige un drama romántico que desarticula la idea del superhéroe a la vez que proclama el derecho a soñar a lo Hollywood. Con la historia real en la que se basa Hasta el último hombre, Mel Gibson no hace ningún esfuerzo por dimensionar a su héroe: Desmond (Andrew Garfield) es un santo plano que camina en el infierno de ráfagas de balas, explosiones de granadas, sangre y vísceras, rescatando soldados americanos; un nuevo Cristo cuya única tentación es salvar algunos soldados japoneses que le pagan muy mal, lo cual justifica que el enemigo aparezca como mera máquina de matar, bestia fanática de un solo rostro contra la cual el único recurso seguro es exterminarla. Parecía que el cine americano de la Segunda Guerra Mundial tendía a dejar atrás el racismo y la caricatura después de La delgada línea roja; para Terry Malick el enemigo tiene rostro y es digno de compasión, lo cual no hace que la guerra se presente menos cruel o violenta; pero Gibson representa la marcha atrás que encarna el nuevo presidente, y que aún defiende un cierto Lobby de Hollywood, contra las conquistas sociales de las últimas décadas. La La Land abre con un espléndido número musical en una carretera de Los Ángeles durante un embotellamiento; en la secuencia, toda una reelaboración de Las señoritas de Rochefort de Jaques Demy, incluye bailarines de todas las razas, apenas unos cuantos blancos. No es demagogia, Demien Chazelle, realizador inteligente y de buena formación académica que batalló por años para financiar su guión, sabía que la mejor manera de renovar un género es la sinceridad, la puesta en contacto con la realidad del momento. La escritura de Chazelle, la música de La La Land, no proponen la venta de un sueño, sino de la incapacidad de acceder a él; la pareja que forman Ryan Gosling y Emma Stone aspira a parecer Ginger Rogers y Fred Astair, sin alcanzarlos ni remotamente, pero de esa falla proviene la poética del filme. En la conciencia de esta incapacidad a perpetuar el modelo está el futuro artístico de los jóvenes realizadores de Hollywood, el resto es chatarra.