"El árbol" de Elena Garro en la Gruta

lunes, 10 de diciembre de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El corte transversal de clase y género se encuentran en la obra de Elena Garro, El árbol, donde se presentan dos concepciones del mundo distintas y opuestas sin que la posibilidad de género las una. Una mujer burguesa recibe en su casa a una indígena que conoció en el pasado y que no había sabido de ella. Distanciada de la realidad de Luisa, Marta la califica de loca y la responsabiliza de los golpes y la situación que vive con su esposo y de la cual salió huyendo. Es sobresaliente la ambigüedad que maneja Elena Garro en El árbol, protagonizada por Mahalat Sánchez y Ángeles Cruz, ya que nunca sabemos bien a bien qué es lo que mueve a los personajes, ni el vínculo que existió entre ellas, ni los antecedentes de cada una. Escrita a principios de los sesenta, contiene un rigor sobre la situación escénica que rompe con las convenciones del momento, donde había que explicar todo y que quedara bien claro lo que estaba pasando. En El árbol, los personajes se muestran a partir del momento que están viviendo y desde ahí vamos sabiendo de ellas, aunque el misterio nunca desaparezca. ¿Quiénes son?, ¿por qué llegó Luisa a esa casa?, ¿qué buscaba realmente?, ¿su última intención era premeditada o surgió en ese momento? El realismo mágico de la obra –aunque Elena Garro estaba en contra de ese concepto– está presente en la historia de Luisa, la cual nos va develando su universo y llenando de interrogantes. Pareciera una mujer loca, pero no lo es, porque es otra realidad la que se está expresando y que vamos aceptando como tal: sus visiones del malo, de la oscuridad y de la metáfora misma del árbol. El árbol como el sostén, el interlocutor, el receptor de las culpas… el liberador del mal. El árbol –al que Luisa recurre para abrazarlo y contarle sus pecados como le recomiendan las mujeres cuando estuvo en la cárcel– se resignifica en la figura de Marta, que es también la que recibe todo lo que Luisa le cuenta. El final cristaliza los deseos profundos de Luisa y la autora no necesita hacerlo evidente. El espectador lo entiende de manera indirecta, aunque en la puesta en escena queda un poco confuso ya que, por la dificultad en la resolución escénica, se suprimieron algunos textos o no se escuchó, por ejemplo, la condena final de Luisa ante la pregunta: ¿Sólo por eso, a mí, a su amiga?: “Por eso, Martita, por eso”. En El árbol, dirigida con acierto por Miguel Romero, los personajes están definidos previamente por su condición social: una burguesa y una indígena, y se manifiestan en el transcurrir de la obra sin maniqueísmos, ni una caricaturización que lleve a un juicio. Son los juicios que Marta emite sobre Luisa los que nos sorprenden, y gracias a la buena interpretación de Mahalat Sánchez nos involucramos con el personaje aunque rechacemos absolutamente su postura ideológica y el modo en que se relaciona con Luisa. La actriz maneja los silencios, los gestos minúsculos y el pensamiento interno del personaje con gran habilidad, y Ángeles Cruz también, desde su personaje, no recurre a muletillas o estereotipos para interpretar a Luisa –que no está loca ni es una india mañosa– y nos la muestra como un ser múltiple y misterioso. Tras 20 años de ausencia, El árbol se presenta los lunes en el Foro la Gruta del Centro Cultural Helénico.

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