'El cielo es azul, la tierra blanca”, de la japonesa Kawakami

miércoles, 21 de febrero de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Novela ganadora del Premio Tanizaki, El cielo es azul, la tierra blanca, de la narradora japonesa Hiromi Kawakami, es una historia de amor que ha conquistado a más de un millón de lectores y ahora aparece en castellano a través de Editorial Alfaguara. Kawakami (?? ??) nació en Tokio en 1958 y se ha consagrado como una de las escritoras más leídas y galardonadas en el país del lejano oriente. Estudió Ciencias Naturales en la Universidad de Ochanomizu y fue profesora de Biología hasta publicar su primer libro de relatos, Kamisana, por el que obtuvo el Premio Pascal. En 1996 ganó el Akutagawa por Hebi o Fumu, y en 2000 el Premio Ito Sei, así como el de escritoras mujeres Woman Writer’s por Abandonarse a la pasión. Un año después se llevó justamente el prestigioso Tanizaki por El cielo es azul, la tierra blanca; posteriormente logró el Man Asian Literary Prize que, tras ser adaptada al cine con gran éxito, fue continuado por las narraciones Algo que brilla como el mar, El señor Nakano y las mujeres, Manazuru, Vidas frágiles, noches oscuras y Los amores de Nishino (misma que Alfaguara publicó el año pasado). Eugenio Fuentes, de La Opinión, ha expresado sobre ella: “Una autora de culto, reina en el difícil arte de golpear al lector sin hacer ruido.” Y Leah Bonnín, escritora catalana, ha dicho: “Más que una lectura compulsiva, exige la serenidad de quien se inicia en un manjar distinto y exquisito.” Antonio Lozano, de La Vanguardia de Barcelona, España: “Con la delicadeza con la que florecen los cerezos y la hermosa naturalidad de un haikú, los protagonistas van trenzando una relación amorosa que desafía convenciones.” “El cielo es azul, la tierra es blanca es una de las historias de amor más bellas que he leído en mi vida”, manifestó a su vez Ángeles Caso, también de La Vanguardia. “Y no me refiero a uno de esos amores cursis o pretenciosos que proliferan tanto en cierto tipo de libros –continuó--, sino en algo mucho más profundo y real, la lenta y sólida relación de dos seres solitarios, necesitados el uno del otro, capaces de encontrar la ternura y de compartirla con el amado en medio de los más pequeños gestos cotidianos, como beber, dar un paseo, sentarse junto a una ventana en la oscuridad… Y narrado de una manera tan delicada, tan justa, que parece un pedazo de vida real, quizá lo sea, pintado en un lienzo y ofrecido a nuestros ojos para ayudarnos a ser más sabios. Léanlo y disfruten.” Fragmento Las aguas termales me ablandaron la piel. Me lavé el pelo, entré y salí unas cuantas veces de la piscina de agua caliente y, al final, me sequé el pelo a conciencia con el secador del vestuario. Había estado una hora en el balneario, pero me había parecido mucho menos. Cuando volví a la habitación, abrí la ventana para dejar entrar la brisa nocturna. El murmullo de las olas se oía más cerca. Estuve un rato apoyada en el alféizar. Intenté recordar cuándo el maestro y yo empezamos a hacernos amigos. Al principio era solo un conocido, un anciano que había sido mi profesor en el instituto. Aparte de las escasas palabras que intercambiábamos, apenas me fijaba en él. Era una vaga presencia que bebía en silencio en la barra, sentado a mi lado. Lo único que me llamó la atención desde el primer momento fue su voz. No era muy grave, pero tenía un matiz profundo y vibrante. Al oír aquella voz, me fijé en el hombre del que procedía. En algún momento, más adelante, al sentarme a su lado empecé a notar la calidez que desprendía. Su presencia dulce y afectuosa se filtraba a través de la tela de su camisa almidonada. Era caballeroso y tierno a la vez. Nunca he sido capaz de describir la presencia que irradiaba el maestro. Cuando intentaba capturarla, se esfumaba para aparecer de nuevo en otra ocasión. Me preguntaba si aquella presencia se convertiría en algo palpable en el caso de que el maestro y yo nos acostáramos juntos. Pero su misteriosa presencia siempre se me acababa escurriendo de las manos. Una polilla entró atraída por la luz y dio una vuelta alrededor de la habitación. Tiré de la cadenita de la pequeña lámpara naranja y la apagué. La polilla se quedó revoloteando desorientada, hasta que salió por la ventana. Aguardé unos instantes, pero no volvió. Cerré la ventana y me apreté el cinturón del kimono. Me pinté con un pintalabios discreto y cogí un pañuelo. Intentando no hacer ruido, abrí la puerta de mi habitación y salí. Las lámparas del pasillo estaban cubiertas de polillas. Antes de llamar a la puerta del maestro, hice una profunda inspiración. Me froté el labio superior con el inferior, me alisé el pelo con la palma de la mano y cogí aire de nuevo. --Maestro --llamé. --Está abierto --me respondió desde dentro. Hice girar suavemente el pomo de la puerta.

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