'El Insulto”: heridas nacionalistas que no sanan

viernes, 31 de agosto de 2018
MONTERREY, NL (apro).- El Insulto (L’insulte, 2017) presenta al mundo el conflicto ardiente entre rivales que comparten territorio, tomando como referente un incidente doméstico. Metáfora de la futilidad de la guerra, en un pequeño barrio de Líbano se muestra cómo la intolerancia y los prejuicios han provocado exterminios, genocidios, guerras. Pareciera que el director y guionista libanés Ziad Doueiri siente vergüenza por la añeja confrontación entre su país y el pueblo de Palestina, pues hace un drama político a partir de una anécdota ridícula, una nadería que, por testarudez de los dos involucrados, escala hasta convertirse en un incidente que atrae atención y encono, a nivel nacional. Sin embargo, el inteligente planteamiento de la historia hace suponer que detrás de la actitud obcecada de estos tipos existen razones de fondo, históricas cuentas pendientes que demandan atención y remedio inmediato. Sin embargo, según se ve, no es sencillo perdonar agravios relacionados con la familia, la identidad y el nacionalismo. Tony es un vecino libanés que un día cualquiera, regando las plantas del segundo piso, salpica en la calle a Yasser, un refugiado palestino que trabaja como ingeniero en una obra. Esa fruslería, que tiene mil formas de ser remediada, empezando por una sencilla disculpa, se transforma en una monstruosa rivalidad, que trasciende cualquier intento por atajarla. Es exasperante ver cómo el orgulloso Tony se niega a aceptar algún tipo de compensación, luego de la respuesta del habitualmente sigiloso Yasser quien, a su vez, también se niega a ceder para apagar una pequeña llama que se transforma, paulatinamente, en un incendio generalizado. La mirada íntima de Doueiri indica que, más allá de cualquier conflicto interracial, étnico y religioso entre países, está la gente común, con sus propias vidas y problemas, como estos dos enemigos. Son ellos, los ciudadanos, los que viven y sufren las decisiones que son tomadas por otros, principalmente los poderosos, y que terminan por involucrarlos. Las fuerzas que se desatan entre estos dos escapan a su control. Orgullosos y dignos, se mantienen firmes en sus posturas repelentes, hasta que son rebasados rápidamente por abogados poderosos que los representan y cortes que deciden por ellos, que no saben nada de leyes y que sienten que el otro es el que debe hincarse para demandar graciosa clemencia. A fin de cuentas, los dos hombres que se rechazan terminan juntos en una misma sala, dejando que otros decidan su destino. A través de la ventana que se abre con este lío legal, el mundo puede echar un vistazo a la compleja e incómoda situación que se vive en Medio Oriente, con enconos entre palestinos libaneses, israelíes, jordanos, guerras que duran días y años, y que provocan muertos y lisiados. Es fácil entender que cualquier lección de geopolítica es muy diferente a la experiencia in situ de la vida cotidiana en esos rincones emproblemados del mundo. La reflexión es sobre la tolerancia, indispensable para superar las diferencias entre las personas, independientemente de su color y su idioma. El insulto es cine mundial de temática elevada. Su apunte final es de esperanza, pues deja que los razonamientos fluyan y que el diálogo se imponga, aunque cueste muchísimo escuchar dolorosas explicaciones.

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