'La Luz del Fin del Mundo”: vagabundos en un planeta agonizante

viernes, 25 de octubre de 2019
MONTERREY, N.L., (apro).- En este universo una extraña enfermedad ha acabado con la mitad de la población del planeta. Las mujeres han sido borradas de la faz de la tierra. O casi todas. La Luz del fin del Mundo (Light of my Life, 2019) relata las penalidades de un padre (Casey Affleck) recorriendo zonas rurales inhóspitas para evitar las ciudades, acompañado de su hija Rag (Anna Pniowsky), una de las escasas féminas que han sobrevivido al apocalipsis y que debe pasar por la vida vestida y adoptando personalidad de muchacho. Por su género, se ha convertido en un botín, que muchos codician con múltiples propósitos, nada buenos. Escrita, dirigida y protagonizada por Casey Affleck, la historia es ya conocida, pero es presentada con pasmosa brillantez y llena de ternura. Lenta, en progresión dramática, aunque con un ritmo imparable, la cinta transcurre lánguidamente con pasajes de largos pasajes de diálogos en los que se denota la indeclibale determinación del papá para mantenerla a salvo de los lobos humanos que permanentemente se encuentran al acecho. Más allá del inevitable vistazo social que echa sobre una Tierra deshumanizada y consumida en la competencia despiadada por la supervivencia, la película habla sobre los lazos afectivos de acero que hay en esta estrecha relación familiar, en la que un hombre no encuentra sentido mayor a la vida más que el de mantener a salvo a su pequeña hija. La distopía cubre todo con un manto de tristeza y desolación. Los paisajes nevados de lo que se supone es el norte de la Unión Americana, muestran un entorno hostil y sin esperanza. Dentro de los grandes bosques, la pareja debe emplear toda su astucia para salir indemne. La tensión constante hace que el mundo parezca un sitio violento dentro de su quietud. La gente es indiferente, pero, en su pasividad, está siempre al acecho. https://youtu.be/YH8a7yKe6rc Así como John Hillcoat puso en un planeta desolado a Viggo Mortensen y a su hijo buscando el mar en El Último Camino (The Road, 2009), Affleck se coloca en el centro de un universo que no tiene remedio, pero con una carencia total de destino. El papá y su hija no tienen un propósito. Son vagabundos en espera del día final, en el que una partida de gamberros lo aniquilarán para llevarse a la niña. La lección que da este padre es de amor. Permanentemente exhausto, por el estado de alerta en el que vive, se da tiempo para aleccionar a su hija e instruirla sobre las formas que debe observar para mantenerse segura. Pero, sobre todo, se da tiempo para quererla. Aunque todo alrededor se esté derrumbando, consigue espacio para contar historias antes de dormir. Lo justo es que la arrullara en una confortable habitación, de una casa en la gran ciudad aunque tristemente tiene que hacerlo en una tienda de campaña en medio del monte. De ritmo pausado, la cinta tiene buenos momentos de acción, con emocionantes coreografías de encuentros agresivos. El menor de los Affleck demuestra que la dirección cinematográfica y la actuación están en la genética de la familia. La Luz del Fin del Mundo es una película llena que debe ser observada con paciencia. Al final proporciona recompensa.