Olivia Revueltas: 'Vivimos en el 68”

sábado, 26 de octubre de 2019
CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- En Ellas. Las mujeres del 68 (Ediciones Proceso), la escritora, dramaturga y pintora Susana Cato entrevista a la pianista de jazz Olivia Revueltas Peralta (D.F., 1951), hija del escritor José Revueltas, acerca del movimiento estudiantil que tuvo su punto álgido con la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968. En el apartado con una veintena de páginas dedicadas a ella, Olivia Revueltas: vivimos en la prehistoria, la artista evoca algunos pasajes de su vida en la música, que reproducimos a continuación. La música, la compositora Desde que Olivia tuvo memoria, su respiro fue su arte. “Hasta que le digo a mi mamá: ‘Quiero la música, quiero la música”. En ese tiempo su madre trabajaba en diez planteles al día y en la tarde era directora de la Escuela 14 de Abril. “Yo casi no la veía porque se iba a las seis de la mañana y regresaba a las diez de la noche. Yo tenía mi llave para abrir la casa. Ella preparaba una olla grande de arroz y la metía en el refrigerador, eso comíamos diario… “Entonces le digo: quiero el piano. Y mi mamá, pobrecita… siete mil pesos le costó. Me compró el mejor piano del mundo, con un cuarto de cola, pero vertical. Era de caoba, Marshall & Wendell, de Nueva York, y adentro, en el alma de acero donde van todas las cuerdas, decía en inglés: ‘Este piano ha sido construido sólo para los amantes verdaderos de la música’. “Todos los sábados, cuando mi mamá estaba en casa, me ponía a estudiar lo que me daban en el Conservatorio, piececitas pequeñas para niños. Ah, pero la rebelde dice: ‘Yo tengo que aprender Claro de luna, de Beethoven. ‘Pero si no te toca, niña, eso es hasta el año que viene’. Entonces tuve un maestro que sí me entendió y me dijo: ‘Ándale, pues, Claro de luna, de Beethoven, tócala bien’. Ahí hice por primera vez, a mis 13 años, unas composicioncitas. Pero “mi mamá llamó a mi papá. Y vino mi padre, tan hermoso, sin barba. Trabajaba en los periódicos de traje, con su corbata, papacito. ‘Hola, compañera, ¿cómo estás? –dijo, y de repente: A ver, toca’. ¡Híjole!, sentí el miedo. Sabía lo estricto que era mi padre y mi familia en general, de que si vas a ser artista vas a serlo, pero de veras. Temblé pensando: ‘Me va a leer la cartilla’, mientras tocaba mis piececitas. Cuando termino de teclear y volteo, mi padre estaba llorando. Me toma la cabeza entre sus dos manos y me dice: ‘No, no, no, Chita (porque a veces me decía Chita), no, no, no, Chita, tú no. ¿Por qué tú, por qué tú?’ “En ese tiempo no entendí, ahora sí. --¿Y qué entiendes ahora? --Que cómo vas a meterte tú, hijita, al camino terrible del arte. “Tú no, tú no…” “Todas sus dedicatorias que tengo en sus libros son música. Y todavía no componía yo lo que compongo ahora. No me vio realizada ni mucho menos.” […] --¿Tienes alguna canción o poema sobre el 68? --No, no he podido asimilar tanta infamia. Tengo música para dedicar a las madres y mujeres de tanto chingado desaparecido, se llama “Mujer herida”. Hay un silencio. Después escuchamos, en jazz, un lamento único que brota de los dedos de Olivia sobre las teclas. Parece que las notas repitieran un rezo que se extiende por todo México, con tragedias infinitas: “Mujer herida”. “Tengo mucha música sobre las balaceras. Y es a través de un pajarito que vuela maravillosamente a los árboles, bajo las hojas. Es un pajarito inocente que de pronto atraviesa una balacera y se pone borracho de tristeza y trastabilla. No puede volar, pero de repente se acuerda que la vida es más fuerte que la muerte, alza sus alas y se vuelve a ir. Ya nada más quedó un recuerdo. Pero qué vergüenza con los animales, de que existan entre los humanos estas bestias…” --Con pistola. ¿Qué pensaría José Revueltas del voto irrefrenable por Morena? --Estaría muy, muy inmerso en escribir teorías y en estudiar por dónde se debe ir. […] El piano de Olivia se estremece. Inicia una melodía.