Patrimonio/Más que piedras

Carlos González Lobo: En defensa de la buena vivienda social

Su idea de que la arquitectura no es un arte para las clases altas, sino un bien para los sectores marginados, llevó al arquitecto Carlos González Lobo a participar en proyectos como el Grupo de Apoyo Técnico Solidario: “Espacio Máximo y Costo Mínimo”.
viernes, 30 de abril de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Al arquitecto Carlos González Lobo (1939-2021) se le recuerda como un defensor de la vivienda popular, pero no del “viviendismo semioficial” y la “rapiña urbana”, decía, que algunas empresas constructoras hacían en vastas superficies para meter casas tras casas y casas, donde no dejaban un lugar para una tiendita donde “comprar los chipotles”, ni “una catedral, el lugar de la reunión de la feligresía” o espacios públicos para la convivencia.

Su idea de que la arquitectura no es un arte para las clases altas, sino un bien para los sectores marginados, lo llevó a participar en proyectos como el Grupo de Apoyo Técnico Solidario: “Espacio Máximo y Costo Mínimo”, y en los Talleres de Arquitectura Popular de Extensión Universitaria, de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Fue también especialista en arquitectura y patrimonio modernos, pero con los pies bien plantados en la tierra, consciente de las limitaciones legales que ha tenido su defensa y preservación. Cuando en diciembre de 2014 participó en Guadalajara, Jalisco, en el Primer Coloquio Internacional de Patrimonio Moderno en Iberoamérica, Protección y Coordinación Internacional --organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), entre otras instituciones--, señaló con franqueza en su presentación:

“Las leyes que defienden el patrimonio son una entelequia contra una realidad, deberían ser puestas sobre la mesa. ‘Patrimonio versus patrimonio’. Patrimonio con mayúscula, el mío, patrimonio con minúscula, el de ustedes. Si no admitimos esto hay que superarlo, pero superarlo es entenderlo. Esconderlo o ignorarlo es solamente una manera de evitar que la realidad se nos haga contundentemente propia”.

Antes de este señalamiento, González Lobo expuso en su ponencia puntos “apodícticos” (incontrovertibles) relacionados con lo patrimonial, entre ellos el agua. Recordó que, no obstante, como resultado de la Revolución mexicana, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles pusieron al alcance de la población (el agua potable) a través de la construcción de hidrantes, unas pirámides de piedra en todas las esquinas, ese bien que “nunca formará parte de lo patrimonial”.

En torno a los hidrantes, se instauró el “uso específico, educativo y civilizatorio del agua”, las mujeres iban ahí a lavar y tanto ellas como los hombres tenían baños. Así, se bañaban y tenían ropa limpia, además se extendió la vacuna contra el tifus. Ello fue parte de una modernidad. Otra, los famosos libros verdes que José Vasconcelos repartió por el país. Hasta en los poblados más lejanos se instauraba una biblioteca en algún lugar que bien podía ser la sacristía de un templo o algún otro edificio antiguo.

“Y ustedes me dirán: ‘esto no es arquitectura moderna’. Tienen toda la razón, no lo es; porque por primera vez veo una obra de arte moderno en el rigor de la arquitectura. Cuatro mil bibliotecas en tres meses ocupando el territorio de la patria. La palabra viene de José de San Martín, en la batalla de Chacabuco, Argentina, para los que lo recuerden, viene de la patria, de la nación convertida en propiedad, por lo tanto, patrimonio”.

En sus reflexiones de entonces, el arquitecto --quien fue miembro de número de la Academia Nacional de Arquitectura e integrante de la Comisión Nacional de Monumentos Artísticos del INBA-- estableció que el patrimonio arquitectónico tiene dos componentes, el suelo y “la materia, transformada, costosa, con trabajo acumulado contenido”.

El suelo tiene propietarios, está escriturado, y la Constitución mexicana, subrayó, consagra “el derecho absoluto a la propiedad privada”. Así, sin necesidad de machacarlo o poner demasiado énfasis en el punto, González Lobo hizo ver desde entonces uno de los problemas de la conservación del patrimonio moderno:

“…el dueño del suelo puede hacer uso, abuso del usufructo de cualquier operación que sobre ese bien se realiza”.

Precisó entonces cómo la “arquitectura” es todo, no sólo el diseño “de autor” de un afamado arquitecto por el cual paga altos costos quien así puede. Y que allá por las “polvaredas”, los barrios y colonias populares donde le gustaba trabajar, hay también una demanda para crear y construir patrimonio.

Hay que recordar, en este sentido, no sólo los proyectos de casas de interés social que diseñó y construyó, y cómo se preocupaba de que, aunque fuese en viviendas pequeñas (como las de los fraccionamientos populares) había necesidad de que los integrantes de una familia tuvieran su propio espacio: la recamara de los padres, la de los hijos, la de las hijas y en fin…

La ponencia completa del doctor en arquitectura, quien tras los sismos de 1985 participó en la reconstrucción de las áreas centrales de la Ciudad de México, entre ellas en la populosa colonia Guerrero, se publicó en la memoria del encuentro internacional antes citado, editada por el desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y la Unesco.

Profesor invitado al Curso de Habitación Básica, dirigido por Julián Salas Serrano, en la Universidad Politécnica de Madrid, desde 2001 se le reconocen sus sistemas constructivos de cubiertas y bóvedas, diseños para el uso y reciclamiento de agua y proyectos autoconstructivos abovedados de ladrillo armado, fue también investigador de la historia de la arquitectura y autor de numerosos libros, entre ellos Vivienda y ciudad posibles, de la colección “Tecnologías para la Vivienda de Interés Social (1988), y en coautoría con Eladio Dieste, Architettura, Pertecipazione Sociale e Tecnologie Appropriate (1996).

Egresado en 1963 de la entonces Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM, en la cual obtuvo los grados de maestría y doctorado en Arquitectura, González Lobo falleció este lunes 12 de abril.

Fue reconocido con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Rhode Island en 1994 y por en la UNAM en 2007.

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