De Manning a Brees *

lunes, 8 de febrero de 2010

MÉXICO, D.F., 8 de febrero (Proceso).- Más allá del resultado de la final de la NFL que se jugó el domingo, el atractivo del duelo se centró en sus dos lanzadores: Peyton Manning y Drew Brees, ambos, los mejores quarterbacks de la segunda mitad de la década. Manning es el único en su posición elegido cuatro veces el jugador más valioso. Brees, casi en el semiretiro, resurgió para llevar a Santos a su primer Super Tazón y se volvió símbolo en Nueva Orleans, ciudad hambrienta de buenas noticias, a la que ayudó en labores de reconstrucción. Pero Manning no es ajeno a los latidos de esa región cuna del jazz. No sólo nació ahí, colaboró con alimentos para los damnificados del huracán Katrina, y, para rematar, trampas del juego, su padre defendió 11 temporadas la casaca de los Santos. 

Por primera vez en sus 43 años de historia –y a más de cuatro de que el huracán Katrina devastó Nueva Orleáns– Los Santos llegaron al Super Bowl guiados por Drew Brees, jugador idolatrado por sus esfuerzos dentro y fuera del campo.

Su rival, los Potros de Indianápolis y el mejor quarterback de la NFL, Peyton Manning, nativo precisamente de Nueva Orleáns. Peyton enfrentó ayer a la franquicia en la que su padre jugó 11 temporadas.

El Super Bowl XLIV enfrentó a los dos equipos mejor sembrados de la liga –algo que no había pasado desde 1993– y a los quarterbacks más destacados de los últimos cuatro años: Manning (16 mil 939 yardas y 122 touchdowns) y Brees (18 mil 298 yardas y 122 touchdowns).

Si hace 33 años Peyton Manning nació en Nueva Orleáns, hace tres que Drew Brees tuvo su resurrección deportiva con los Santos. En 2006, mientras el primero llevó a los Potros al Super Bowl XLI (en el que vencieron a los Osos de Chicago 29-17), el segundo condujo a los Santos a la primera final de Conferencia en la historia de la franquicia (que perdieron con los Osos 14-39) y se quedó a centímetros de llegar al juego que simbolizaría El Paraíso si el futbol americano fuera una religión.

La reconstrucción de la ciudad que Katrina dejó en los huesos en agosto de 2005, ha sido paralela a la de los Santos de Nueva Orleáns, un equipo que desde que llegó a la NFL en 1967 ha padecido un viacrucis: pasaron dos décadas antes de tener una temporada con más triunfos que derrotas, sólo ha tenido nueve campañas ganadoras –cinco de ellas entre 1987 y 1992–, tardó 24 años en conseguir su primer título divisional (1991) y sólo ha ganado cuatro juegos de playoffs.

El viento y la lluvia provocados por Katrina ocasionaron daños que dejaron al Superdomo de Lousiana en condiciones no aptas para jugar, sin embargo se habilitó como albergue para atender a los miles de damnificados. Sin estadio, aquel año los Santos cumplieron con su calendario fuera de casa en distintas sedes alternas. La temporada fue un desastre: 3-13. El equipo y la ciudad estaban en ruinas.

Paralelamente, en el último partido de la temporada Drew Brees –quien jugaba con los Cargadores de San Diego– fue lesionado por el tackle defensivo de los Broncos de Denver, Gerald Warren, quien le dislocó el hombro derecho. Por la gravedad de la lesión, San Diego dejó ir a Brees. A pesar de que los pronósticos médicos lo pusieron al borde del retiro, el quarterback estuvo listo para la campaña 2006.

Dos equipos se interesaron en contratarlo, los Delfines de Miami, que venían de una temporada de 9-7, y los Santos de Nueva Orleáns, que el 17 de enero de ese año contrataron como head coach a Sean Payton, quien quedó fascinado con la inteligencia, el liderazgo, la precisión y la movilidad de  Brees.

“Cuando visité Nueva Orleáns vi lo bueno y lo malo. La ciudad estaba devastada. Los carros estaban sobre los techos de las casas, las lanchas entraban y salían por las ventanas. Sentí como si estuviera viendo un documental de la Segunda Guerra Mundial, pero pensé que tendría la oportunidad de ser parte de algo increíble: la reconstrucción de una ciudad de Estados Unidos. Sentí como si me llamaran. Como si mi destino fuera estar aquí”, dijo Brees a la revista Sports Illustrated en enero pasado.

La resurrección de los Santos

En los tiempos del coach Bill Parcells con los Vaqueros de Dallas, Sean Payton fungió como coordinador ofensivo y coach de quarterbacks. Tuvo con Parcells la mejor escuela para pulir sus conocimientos que ha puesto en práctica con Drew Brees.

El quarterback, de 31 años, ha aprendido a explotar lo mismo a sus corredores, receptores y alas cerradas, para ubicar a los Santos de Nueva Orleáns en 2009 como la ofensiva número uno de la NFL.

Además, ha desarrollado la habilidad de leer las defensivas gracias a que su coordinador en este departamento, Gregg Williams, practica sus formaciones con él.

En su esquema defensivo, Williams utiliza muchas cargas para presionar a los quarterbacks. En los partidos, generalmente Brees enfrenta menos presión que en los entrenamientos, a lo que habría que añadir que es un jugador con mucha movilidad y difícil de capturar.

Después de haber ganado 13 juegos al hilo, los Santos perdieron sus últimos tres partidos de la temporada 2009. En la postemporada, vencieron 45-14 a los Cardenales de Arizona y a los Vikingos de Minnesota 31-28 en tiempo extra y en la final a los Ptros de Indianápolis 31-17.

Fuera del terreno de juego, junto con los siete empresarios más ricos de Nueva Orleáns, Brees ha hecho esfuerzos económicos para la reconstrucción de la ciudad que aún tiene muchos dolores por aliviar. Su proyecto favorito fue ayudar a restaurar un plantel escolar con 76 años de existencia en el que se instaló un nuevo campo de futbol y un gimnasio.

Los Santos –cuyo nombre fue tomado de la canción que identifica a la ciudad de Nueva Orleáns When the Saints Go Marching In (Cuando los Santos van marchando) que al ritmo del jazz Louis Armstrong inmortalizó con su voz y los acordes de su trompeta– son el alma y el corazón de este lugar en el que los fanáticos aman a los buenos jugadores tanto como a los malos.

La percepción de los habitantes es que lo que ha hecho Brees por el equipo, y la ciudad, es incalculable. Drew Brees ha logrado que esta franquicia sea ganadora.

En cuatro temporadas ha metido al equipo dos veces a la final de la Conferencia Nacional, algo que no logró Archie Manning, el quarterback que llegó en 1971 como el héroe que rescataría a los Santos. Su mejor marca fue de 8-8. Su peor momento fue en 1980, cuando terminaron 1-15.

El comentarista local Buddy Diliberto animó entonces a los aficionados a llamar al equipo ‘Aints (Los Negados) en lugar de Saints, y a cubrirse la cabeza con bolsas de papel para esconder la vergüenza, una práctica que luego se generalizó a todos los deportes.

“No me molestaba si había 10 mil personas con bolsas en la cabeza o sólo 10. Lo que realmente me dolió fue que mi hijo mayor, Cooper, le pidió permiso a su mamá para abuchear al equipo”, cuenta Archie Manning.

Para que los Santos lograran ganar su primer Super Bowl, su defensiva tuvo que burlar a Peyton Manning, el hombre que ha lanzado más de 4 mil yardas en 10 de las 12 temporadas que ha jugado con los Potros de Indianápolis.

Potros, a prueba de desplomes

Peyton Manning es el mejor en su posición. Es el único quarterback que ha sido elegido cuatro veces MVP (jugador más valioso) en 2003, 2004, 2008 y 2009. La NFL acaba de elegirlo –junto con Tom Brady, de Nueva Inglaterra, como el mejor quarterback de la década. Manning es el coordinador ofensivo dentro del terreno de juego. Es inteligente, se deshace rápido del balón y juega al más alto nivel, sin importar la calidad de sus corredores y receptores.

La grandeza de Manning le permitió salir adelante en 2009 sin sus dos receptores clave: Marvin Harrison –se retiró este año– y Anthony Gonzalez –quedó fuera toda la temporada por lesión en la rodilla derecha–. Echó mano de los novatos Austin Collie y Pierre Garçon (de padres haitianos y quien aún tiene familiares extraviados en la isla a consecuencia del sismo).

Nadie puede diseñar y ejecutar mejor un esquema de juego que Peyton Manning. Ningún equipo ha sumado más triunfos en temporada regular (115) en la presente década que los Potros de Indianápolis. Tampoco nadie ha ganado 120 juegos –casi ocho temporadas completas– sin ligar tres derrotas.

Lo que ha construido Manning en Indianápolis es un equipo a prueba de desplomes. La cohesión que ha adquirido este equipo gracias a la continuidad, no se vio lesionada ni siquiera con la salida del coach Tony Dungy, quien en enero pasado anunció su retiro del futbol americano, pero durante años preparó a su asistente, Jim Caldwell. Dungy –otro cerebro en este deporte– le cedió su lugar a un desconocido que en su temporada de novato estará en el Super Bowl.

Manning puede estructurar en cualquier momento un regreso espectacular –al estilo Joe Montana– si los Potros están abajo. Los Jets de Nueva York fueron testigos de eso. Su defensiva, la mejor de la NFL, que encabeza el coach Rex Ryan, maniató a Indianápolis desde el principio del partido, lo que obligó al coordinador ofensivo de los Potros, Tom Moore, a mandar jugadas por tierra… sin éxito.

Entonces, Peyton Manning se apoderó del juego. Perdiendo 17-6 hasta antes de finalizar la primera mitad del juego, cuatro jugadas le bastaron para recorrer 80 yardas y conseguir una anotación con Austin Collie. Comenzó la fiesta de puntos sin regreso para que los Potros se impusieran a los Jets 30-17.

Pero ayer no pudo derrotar a Nueva Orleáns.

* Texto publicado en la edición 1736 de la revista Proceso que empezó a circular el sábado 6 de febrero y que aquí se reproduce actualizado luego de que Santos ganara el Super Tazón 44.

 

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