Furor capitalino ante los modernos gladiadores

jueves, 8 de septiembre de 2011
MEXICO, D.F. (apro).- “Yo sí le rompería su puta madre al Pacquiao”, soltó, con la violencia en el rostro, uno de los miles de jóvenes que acudieron al Monumento a la Revolución para conocer a dos peleadores que, desde la nada, golpearon hasta vencer la pobreza. La ocasión buscaba la memoria. Al pie del monumento se erigió un ring de box para promover la tercera pelea entre el mexicano Juan Manuel Márquez y el mejor pugilista del mundo, el filipino Emmanuel Pacquiao, que habrá de librarse el doceavo día de noviembre. Los muchachos buscaban una foto con sus héroes. Donde quiera que pasara una cámara de televisión se formaba un enorme remolino humano. Se retrataban junto a los carteles de Julio César Chávez Jr. y su mítico padre, imágenes de la ilusión y la nostalgia. De entre la gente apareció un señor con chamarra de los Cowboys, pantalón de mezclilla, la espalda jorobada y los puños de piedra caliza. Fue hasta que un vendedor de cervezas, de pelo cano, gritó su sobrenombre que lo reconocieron los presentes: “Púas. Es El Púas Olivares”. Algunos de los curiosos se acercaron por un autógrafo del excampeón, y don Rubén aprovechó la fama que vuelve por instantes. Humberto La Chiquita González se unió a él. Abrazó a las personas del público como si nunca más quisiera dejarlas ir. Con los minutos que se hicieron horas, en espera de los gladiadores, la multitud se fue aglomerando. Aparecieron vendedores de todo tipo. Los souvenir a 20, 50 ó 100 pesos. Dos pantallas gigantes repetían la segunda pelea entre Márquez y Pacquiao, de 2008, y la gente vitoreaba y se emocionaba con la actuación del mexicano como si no supiera que terminaría por perder o no les importara. Entre el desorden y el descontrol, llegó el cuerpo de granaderos para contener los embates de la afición que intentaba desbordar las vallas. Enfocaron a los uniformados en las pantallas gigantes y la gente se unió al grito de “puercos, culeros”. Sólo José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Box por décadas, echó mano de un viejo artilugio para apaciguar a la masa: aparecieron “las reinas del ring”. Las edecanes desataron los murmullos entre miradas concupiscentes. Los piropos llegaron a las muchachas de prominentes cuerpos como los rayos de sol al mediodía. Fue hasta las dos y veinticinco que aparecieron: tras un estruendo, surgió el mejor fajador del mundo, Manny Pacquiao. Enfundado en traje gris que daba cuenta de su faceta como diputado en Filipinas, más que de un hombre que ha hecho millones entre las gotas que desangra, apareció el campeón. Le siguió el ídolo que, para los presentes, tuvo la virtud de haberse forjado en el barrio de Iztapalapa. Los jóvenes lo vieron. Se reconocieron. Irrumpió la parafernalia de la televisora que explotó el evento entre pirotecnia y papeles plateados que volaban por la plaza: con bandas rojas atadas a la cabeza, los jóvenes gritaron, como si se alentaran a sí mismos: “Márquez, Márquez, Márquez”.  

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