WikiLeaks, cuando los secretos se odian

miércoles, 9 de febrero de 2011

La vida del hacker australiano que fundó WikiLeaks y puso a temblar a la mayor potencia del mundo al revelar sus secretos diplomáticos y militares es abordada en el libro WikiLeaks: dentro de la guerra de Julian Assange contra el secreto, de los periodistas británicos David Leigh y Luke Harding. En este volumen se divulgan datos pocos conocidos del personaje que pasó una infancia azarosa, con cambios continuos de casas y escuelas, que se tardó 25 años en conocer a su padre y que hasta se disfrazaba de anciana para tratar de despistar a los agentes que, según él, lo acechaban.

LONDRES, 10 de febrero (Proceso).- Bajo la tenue luz de una tarde londinense, su figura podría pasar por la de una mujer. Salió cautelosamente por una puerta y se metió a un destartalado auto rojo acompañada por varias personas. El auto tomó rumbo a Cambridge.

Poco después de las 10 de la noche, el grupo llegó al poblado de Ellingham, en East Anglia, y el automóvil se detuvo fuera de una vieja mansión. La silueta bajó del carro. Había algo extraño en ella: tenía una especie de joroba o al menos así le habría parecido a cualquier persona que estuviera observando desde el bosque adyacente.

De cerca, sin embargo, se apreciaba que la figura era la de Julian Assange. 

Así comienza la historia que los reporteros del matutino británico The Guardian David Leigh y Luke Harding plasman en su libro WikiLeaks: dentro de la guerra de Julian Assange contra el secreto (WikiLeaks: Inside Julian Assange’s War on Secrecy, Guardian Books), que narra detalles hasta ahora desconocidos del que llegó a ser el “hombre más buscado del planeta”.

El libro –puesto a la venta el pasado martes 1 en Londres– con introducción del editor de The Guardian, Alan Rusbridger, narra desde las andanzas de Assange en su infancia y el distanciamiento de su padre hasta el acuerdo en un hotel de Bruselas que llevó a la publicación de miles de documentos secretos de la diplomacia estadunidense.

La obsesión del australiano por proteger sus actividades y evitar a los agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) lo llevó a disfrazarse de anciana, voltear todo el tiempo sobre su hombro para cerciorarse de que nadie lo seguía o nunca hablar por celular.

Como dice el libro:

“Assange ‘cambió de género’ en un intento de (...) evadir a posibles perseguidores. Junto a él se encontraban su joven asistente Sarah Harrison y su segundo, el periodista islandés Kristinn Hrafnsson. Aquella tarde (de diciembre de 2010), ese pequeño grupo era el núcleo de WikiLeaks, el sitio de filtraciones que Assange había fundado hacía cuatro años. Siempre creyó que estaba siendo perseguido por la CIA, pero nunca pudo probarlo.”

 

“Fugitivos”

 

Assange –quien los próximos lunes 7 y martes 8 deberá presentarse ante una corte británica que decidirá si lo extraditan o no a Suecia, donde se le acusa de abusos sexuales– “fue un hacker genial” aunque también una persona “de personalidad dañada, petulante e irascible”, características que supuestamente tienen sus raíces en una infancia compleja.

Un dato desconocido hasta ahora es que durante su infancia Assange asistió a 37 escuelas diferentes y cambiaba constantemente de domicilio pues su madre –quien siempre tenía problemas para pagar el alquiler de su vivienda y encabezaba un “hogar disfuncional”– temía ser descubierta por los servicios de seguridad social.

A los 17 años Christine, la madre de Assange, se enamoró de John Shipton, un joven al que conoció en una manifestación contra la Guerra de Vietnam en 1970. De esa relación nació Julian, aunque su padre biológico no tuvo ningún papel en su vida durante años. “No tuvieron más contacto hasta que Julian cumplió 25”, afirma el libro.

Cuando se conocieron, Julian descubrió que había heredado el temperamento “rebelde” de su padre. Un amigo de Assange afirma que Shipton era “como un espejo que reflejaba la imagen de Julian”.

La madre de Julian se relacionó después con otro hombre, Brett Assange, y luego con un tercero mucho más joven que ella, Keith Hamilton, miembro del culto new age The Santiniketan Park Association. Ese hombre fue, según Julian, “un psicópata manipulador”.

Cuenta Assange: “Nos la pasábamos perseguidos, posiblemente por filtraciones en el sistema de la seguridad social, y por eso teníamos que abandonar rápidamente el lugar donde estuviéramos con destino a otra ciudad”. Durante los siguientes cinco a seis años, cuando Assange era sólo un niño, los tres vivieron como fugitivos.

Cuando Julian cumplió 14 años, su madre alquiló una casa frente a una tienda de electrónica. Assange comenzó a visitar el local y allí entró en contacto con su primera computadora, una Commodore 64. Su madre ahorró dinero para comprársela y así el joven empezó a aprender los códigos de computación. A los 16 años ya tenía un módem.

Poco después, el australiano asistió a un programa para niños superdotados en Melbourne donde adquirió “una personalidad introvertida y emocionalmente perturbada”, como el fundador de WikiLeaks contó a los autores del libro. Después descubrió la piratería informática.

 

El “hacker”

 

Para su libro Underground: Tales of Hacking, Madness & Obsession on the Electronic Frontier (1997), Suelette Dreyfus –una académica de Melbourne– contrató a Assange como principal investigador. La huella del joven en la obra es palpable, cuentan Leigh y Harding.

La obra describe el ámbito subterráneo de la computación en los noventa: “Un mundo velado, poblado de personajes que entraban y salían de las sombras. No es un lugar donde la gente utiliza su verdadero nombre”. 

“Muchas veces ni iba a la escuela”, se lee en Underground. “El sistema educativo no le interesaba. No hacía crecer su mente. El sistema de computación de Sydney era un lugar mucho más interesante para estar que una escuela secundaria rural”, agrega.

Para 1991, Assange probablemente era el hacker más completo de Australia. Junto con dos amigos fundó la revista International Subversives, que enseñaba, entre otras cosas, a violar el sistema de telefonía para hacer llamadas gratis.

En la primavera de ese año, los tres jóvenes piratas informáticos hallaron un nuevo blanco: Milnet, la red de información secreta del ejército estadunidense. “Assange halló una puerta trasera. Entró. En dos años logró el control absoluto del sistema”, afirman Leigh y Harding.

Entonces comenzó a sospechar que lo perseguían.

“Vació sus discos, quemó las copias en papel y escapó”, dice la biografía, que da cuenta también del romance de Assange con una muchacha (cuyo nombre no se revela) y a quien Julian, de 18 años, embarazó. Se casaron y tuvieron un hijo: Daniel.

Pero a medida que aumentaban las ansiedades de Assange y la policía cerraba el círculo para atraparlo, su esposa abandonó a su marido y al bebé de 20 meses.

Hacia 1994, Assange tuvo el primer encuentro con la justicia. La corte de Victoria le fincó 24 cargos vinculados con la piratería informática. Los fiscales determinaron que el joven era el “más activo” y “más completo” del grupo, aunque finalmente determinaron que la razón por la que Julian intervenía los sistemas de computación “era por arrogancia y para demostrar cuánto sabía”.

El juez de la causa concluyó que Assange actuó “por un interés intelectual” y le conmutó la pena de cárcel (10 años) por una multa de 2 mil 100 dólares australianos.

Desempleado, con un hijo a cuestas y subsistiendo gracias a un subsidio que el gobierno le otorgaba por ser padre soltero, ideó el blog IQ.org, con el fin de tener una página “que terminara con las injusticias en el mundo”. 

“Cuanto más secreta e injusta es una organización, más miedo y paranoia generan las filtraciones. Debido a que los sistemas injustos llevan por naturaleza a la creación de una oposición, las filtraciones masivas los dejan exquisitamente vulnerables y los amenazan con formas más abiertas de gobernabilidad”, escribió Assange en el sitio.

Por esos días les comentó a sus seguidores acerca de un nuevo plan: “Este es un correo electrónico interno y restringido para w-i-k-i-l-e-a-k-s-.-o-r-g. Por favor no mencionen esta palabra directamente en estas discusiones: hablen sólo de WL”, fue otra de las entradas en su blog, fechada el 14 de noviembre de 2006.

Cuando Assange decidió hacer público el proyecto WikiLeaks, viajó a Nairobi, Kenia, para presentarlo ante el Foro Social Mundial en 2007. Allí WikiLeaks logró su primera exclusiva: un amplio reporte sobre supuesta corrupción del expresidente keniano Daniel Arap Moi, elaborado por la consultora privada Kroll.

Pero el sucesor de Arap Moi, Mwai Kibaki, el mismo que pidió la investigación, se negó a publicarla alegando razones políticas.

“Ese reporte fue el Santo Grial del periodismo keniano”, diría Assange a los autores del libro. El reporte fue filtrado a Mwalimu Mati, jefe del organismo anticorrupción Mars Group Kenya, quien finalmente lo entregó a WikiLeaks. La noticia apareció en la portada del británico The Guardian el 31 de agosto de 2007 con el encabezado Los billones perdidos en Kenia.

 

“WikiLeaks” y el golpe mundial

 

Los primeros grandes golpes de WikiLeaks llegaron cuando Assange publicó en su sitio videos que mostraban a tripulantes de un helicóptero estadunidense Apache AH-64 disparando con ametralladoras de 30 milímetros y asesinando a dos empleados de Reuters en Bagdad, en julio de 2007, como si estuvieran en un videojuego, destaca la obra.

Ese episodio era parte de un paquete de documentos secretos que entregó a WikiLeaks el soldado estadunidense Bradley Manning, quien ahora espera ser juzgado por una corte marcial que podría condenarlo hasta 50 años de cárcel por esas filtraciones.

Luego de este escándalo Assange dio otro golpe: hizo públicos miles de documentos secretos sobre las guerras de Irak y Afganistán.

“Esos informes, publicados en julio de 2010, formaban parte de un paquete de 92 mil documentos que supuestamente le entregó Manning a Julian Assange”, escribieron los periodistas británicos, dejando en claro que sí hubo contactos entre Assange y Manning.

Assange dio el “golpe mortal” con la publicación, el pasado noviembre, de al menos 250 mil documentos secretos de la diplomacia estadunidense.

El libro va narrando cómo fue Leigh quien obtuvo el primer caudal de esa documentación:

“David Leigh escucha pacientemente a Assange quien le ordena que nunca permita que su ficha de memoria sea conectada a alguna computadora expuesta a internet, por miedo a seguimientos de la inteligencia estadunidense. Pero lo cierto es que no había peligro. La casa que Leigh había alquilado en las Highlands escocesas ni siquiera recibía señal de televisión, menos aún conexión de banda ancha”, destaca el libro.

“El editor de investigaciones de The Guardian tenía planeado originalmente pasar unas vacaciones de verano con su esposa, escalando las montañas de Grampian. Pero las cimas escocesas de Dreish, Mayar, Lochnagar y Cat Law quedaron sin ser escaladas.

“El periodista se sentó con rostro transfigurado frente a su mesa de trabajo (...) En una pequeña tarjeta de memoria dorada de Hewlett-Packard insertada en su MacBook se encontraba el texto completo con más de 250 mil cables diplomáticos. Analizarlos era una actividad enloquecedora, agotadora y últimamente fascinante”, agrega.

Los documentos, la mayor filtración de la historia de la información confidencial, provocaron un escándalo mundial y comprometieron a gobiernos, corporaciones, organismos financieros e individuos a una escala nunca antes imaginada. 

 

Una servilleta

 

“Hotel Leopold, Place Luxemburgo, Bruselas. 9.30 pm. 21 de junio de 2010”, comienza la historia de una negociación que tomó seis horas y que terminaría poco más de cuatro meses después con la publicación de los cables diplomáticos. 

En el hotel de Bruselas se encontraron dos periodistas de The Guardian con Assange:

“Tres hombres estaban en el café del hotel belga (...) Habían discutido horas (...) El más alto de ellos tomó una servilleta amarilla, la puso sobre la mesa (...) y comenzó a garabatear. Uno de los allí presentes era Ian Traynor, corresponsal europeo de The Guardian”, dice el libro. 

“Julian (...) hizo algo en su computadora. Luego tomó la servilleta y dijo: ‘OK, aquí lo tienen’”.

“Entonces nosotros preguntamos: ‘¿Qué tenemos?’”

“Él respondió: ‘Tienen todo el documento. La contraseña es esta servilleta’”.

“Quedé azorado”, explicó Traynor. “Esperábamos una negociación larga con muchas condiciones. Esto fue instantáneo. Fue como un acto de fe”. Assange había escrito en la servilleta con el logo del hotel Leopold una serie de palabras y la indicación “sin espacios”. Esa era la contraseña. En un rincón de la servilleta de papel escribió GPG, en referencia al sistema cifrado que usaba como sitio web temporal.

“La servilleta fue un toque perfecto, casi al estilo de una novela de John LeCarré. Los dos periodistas de The Guardian quedaron azorados. Nick Davies guardó la servilleta en su bolsillo. De vuelta en Inglaterra, el cuadrado amarillo quedó sumido en una pila de papeles y notas para los artículos que vendrían. ‘Pienso enmarcarla’, diría luego”. 

El 1 de noviembre de 2010, en las oficinas de The Guardian, Assange y su equipo de abogados llegaron para pautar la publicación de los documentos no sólo con el rotativo inglés sino también con The New York Times, el alemán Der Spiegel, el español El País y el francés Le Monde.

Al día siguiente, el editor de The Guardian, Alan Rusbridger, le envió al abogado de Assange, Mark Stephens, un papel con los 10 puntos que cerrarían el acuerdo.

Entre ellos, publicar los cables el 29 de noviembre, continuar con la publicación hasta Navidad y exclusividad con The Guardian, The New York Times, Der Spiegel, El País y Le Monde.

Asimismo, se establecía que luego de la Navidad, la exclusividad con The Guardian seguiría hasta el 3 y 4 de enero y después WikiLeaks debería compartir las historias con otros 40 diarios regionales en todo el mundo.

Se estipulaba también que en caso de ataque, WikiLeaks publicaría todo de inmediato y que si el material caía en manos de otros medios no acordados se rompería el trato.

De allí en adelante las revelaciones de WikiLeaks no se han detenido, pero a un duro costo para Assange.

 

El futuro de “WikiLeaks”

 

La fundación Wau Holland, con sede en Alemania y principal brazo financiero de WikiLeaks, publicó por primera vez a finales de 2010 información acerca de las donaciones al sitio.

Las cifras mostraban que Assange gastaba en sueldos anuales para él y sus asistentes al menos 100 mil euros, incluidos 66 mil para él. Otros 380 mil eran para gastos extra, tanto de computadoras, discos y material cibernético, como para viajes.

Gracias a la publicidad global generada por la publicación de los cables diplomáticos en los periódicos internacionales, WikiLeaks logró recaudar hasta 1 millón de euros de donaciones en 2010. Pero un análisis más detallado mostraba que las donaciones habían caído en la segunda mitad del año. Para agosto pasado, el sitio sólo recaudó 765 mil euros.

Assange afirma en el libro que la interferencia política de Estados Unidos –que llevó a compañías como Visa y Mastercard a suspender las donaciones a WikiLeaks– “le dio un duro golpe a su organización”.

A eso se suman ahora los gastos de su juicio de extradición, que según la investigación de Leigh y Harding superan los 235 mil euros, sumados a otros 200 mil para sus propios abogados. Además, 19 mil euros fueron gastados por Assange sólo para que el material de la fiscalía sueca fuera traducido al inglés. Para colmo, desde su arresto domiciliario en Ellingham Hall se paralizó la estructura interna de WikiLeaks y Assange se vio obligado a buscar empleados para continuar la labor del sitio.

Pese a los problemas y preocupaciones, Assange parece haber logrado enderezar las finanzas de su sitio al firmar un contrato por 1.6 millones de dólares para escribir su autobiografía (publicada por Knopf en Estados Unidos y por Canongate en Gran Bretaña). “No quiero escribir este libro pero tengo que hacerlo”, dijo el australiano.

La autobiografía WikiLeaks versus the World: my Story será adaptada al cine e incluso hay analistas que especulan que el australiano hasta podría ganar el Premio Nobel de la Paz.  l

 

 

Comentarios

Otras Noticias