Siria: ¿el final del baasismo?

lunes, 6 de junio de 2011

MÉXICO, D.F., 6 de junio (apro).- La potencial caída del régimen de Damasco no sólo daría fin a un gobierno dinástico de 41 años (30 de Hafez el Assad y 11 de su hijo Bashar), sino que acabaría con un movimiento político que permeó al mundo árabe durante la segunda mitad del siglo XX y ya sucumbió parcialmente con la caída de Sadam Hussein en Irak: el baasismo.

         Según lo consigna Jorge Gómez Barata en un artículo publicado en el El País bajo el título “El turno de los oprimidos”, que hace referencia a las actuales revueltas populares en la región, “la mayor fuerza organizada en la historia árabe, el Partido Socialista del Renacimiento Árabe (Baas o Ba’th) de matriz nacionalista, fundado en 1947 y que llegó a ser una formación panárabe que ejerció el poder en Siria e Irak, y que en consonancia con su filosofía ecléctica trató de conciliar elementos del socialismo con una interpretación árabe que lo asociaba con la religión islámica desde una perspectiva laica, está virtualmente desaparecido”.

         Y es que en Irak los ocupantes estadunidenses se encargaron de que fuera ilegalizado, al tiempo que la mayoría chiita, la insurgencia talibán y Al Qaeda, antes reprimidos por el baasismo suní en el poder, se dieron a la tarea de perseguir a sus militantes. En Siria, en cambio, podría darse un escenario inverso, ya que de caer la minoría alauita (una escisión del chiismo) en el gobierno, podría enfrentarse a la ira de los sectores suníes más radicales que han sido brutalmente golpeados durante el régimen de los Assad.

         Aunque escindidos y posteriormente enfrentados, los partidos baasistas de Irak y Siria tuvieron un origen común y un desarrollo sustancialmente paralelo. De hecho, tanto Sadam Hussein como Hafez el Assad militaron desde adolescentes en sus filas, llegaron ambos al poder sobre sus lomos, aplicaron los dos inicialmente sus principios y, luego, se encargaron de deformarlo y diezmar a su militancia hasta dejarlo irreconocible.

         El movimiento baasista fue iniciado por dos sirios: Michel Aflaq, un griego ortodoxo, y Salah al-Bitar, un musulmán, que se conocieron a fines de la década de 1930 mientras estudiaban en París. Primero crearon un círculo de estudios políticos y sociales, y luego fundaron el periódico Al Baas que promovía la lucha antiimperialista desde una perspectiva árabe y, a la postre, se convertiría en el órgano oficial de difusión de un nuevo partido.

         Durante la II Guerra Mundial los autoproclamados “socialistas árabes” fueron moldeando su organización y en abril de 1947 realizaron en Damasco su congreso fundacional. La mayoría de los asistentes eran estudiantes procedentes de Jordania, Líbano, Irak y Palestina. Se congregaron en el café “Rashid de Verano”, de la avenida del 29 de mayo, y ahí dieron vida al Baas, sin imaginar el papel que jugaría en la historia específica de Siria e Irak, y del mundo árabe en general. Aflak fue nombrado su presidente y al- Bitar su secretario general.

         Las líneas doctrinarias del Baas fueron establecidas en 1941 a través del manifiesto “Movimiento por la renovación árabe”, ligado con las causas nacionales, las luchas sociales y el antiimperialismo. Su ideario buscaba conciliar la religion con el nacionalismo y el arabismo con el Islam, ambos desde una perspectiva laica y respetuosa de otras religiones; y alentar el progreso, la libertad y la renovación ante las viejas políticas feudales y conservadoras.

         Otro principio, muy vinculado pocos años después con el panarabismo del egipcio Gamal Abdel Nasser, era el de “la unidad de la patria árabe”. Para los baasistas no podía existir una liberación nacional sin unidad y sin justicia social, por lo que proclamaban “una nación árabe, una misión eterna, un socialismo ligado con la cultura musulmana”. Un intento de esta conjunción se dio en 1958, cuando Egipto y Siria formaron la República Árabe Unida, después de que las fuerzas sirias lucharan contra la partición de Palestina y apoyaran al nasserismo en su lucha por el Canal de Suez.

         Pero el experimento duró sólo tres años y el idealismo unitario de los baasistas también empezó a diluirse en las pugnas por el poder. Perseguido desde su fundación, el Baas tuvo una relación accidentada de alianzas y luchas sangrientas con otros partidos árabes de izquierda (particularmente los Partidos Comunistas locales que seguían los lineamientos de Moscú), de enfrentamiento con los sectores militares conservadores, pero también de división dentro de sus propias filas entre los moderados y los más radicales.

         La escisión más fuerte se dio en 1966, tres años después de que una revolución popular elevara al Baas al poder en Siria, cuando el grupo leal a Michel Aflaq fue expulsado del gobierno en beneficio del ideólogo Zaki Arsuzi, miembro de la minoría alauita que más tarde catapultaría a la presidencia a Hafez el Assad, mediante un golpe cívico-militar.

         Aflaq se refugió en Irak, donde si bien todavía no gobernaba el Baas un grupo de militares panarabistas había dado en 1963 un golpe de Estado que había desplazado al Partido Comunista, encabezado por Abdul Karim Kassem. Ahí vivió hasta su muerte en 1989, cobijado por el baasismo que llegó al poder dos años después. Salah al- Bitar, el otro fundador, no tuvo la misma suerte. Exiliado en Francia, fue asesinado en París en 1980, con huellas cuyo rastro llevaba directamente hasta Damasco.

         Desde entonces, la ruptura entre el baasismo sirio y el iraquí se volvió prácticamente irreparable. Un breve intento de acercamiento en 1978 fracasó y ahondó las diferencias hasta la enemistad abierta. Dos años después Damasco acusó a Bagdad de estar detrás de las revueltas de los Hermanos Musulmanes en territorio sirio, organización sunita integrista que buscaba crear un régimen islámico y a la que el gobierno de Hafez el Assad aplastó de manera inmisericorde en uno de los episodios más sangrientos de su mandato.

         En 1982 Irak y Siria rompieron relaciones diplomáticas y sus fronteras fueron selladas. Por lo demás, Siria fue el único país árabe en ponerse del lado de Irán en su guerra contra Irak (1980-88), y también optó por aliarse con la coalición encabezada por Estados Unidos que repelió la incursión de las tropas iraquíes en Kuwait en 1991. En 2003, sin embargo, se opuso a la invasión de Irak, pero no fue sino hasta 2006, cuando Sadam Hussein ya había sido derrocado y el baasismo ilegalizado, que ambos países reanudaron relaciones.

         Por lo demás, el baasismo sirio e iraquí y sus dos principales figuras, Hafez el Assad y Sadam Hussein, siguieron caminos similares. En los dos países el Partido Baas llegó al poder después de un periodo de constantes golpes de Estado, y Assad (1970) y Hussein (1979) a la presidencia, luego de un sinnúmero de purgas internas.

         Formados ambos empero en las corrientes del nacionalismo y el socialismo árabes, y bajo la égida entonces del bloque comunista, en las etapas iniciales de sus gobiernos instauraron un régimen centralizado que repartió la tierra, desarrolló la industria, estableció un sistema público de educación laica y otro de derecho universal a la salud, lo que redundó por lo menos coyunturalmente en una elevación del nivel de vida de la población en su conjunto. Pero también aplicaron los vicios del partido único. Tanto el Baas sirio como el iraquí se burocratizaron y estancaron, y endurecieron sus políticas eliminando cualquier tipo de oposición y conculcando los derechos y las libertades democráticos de sus ciudadanos. La represión en todas sus variables violentas se hizo la norma, mientras en las altas esferas gubernamentales campeaban el nepotismo, el amiguismo y la corrupción.

         La caída de la Unión Soviética a principios de los noventa vino a alterar este estado de cosas. Perdido ese repaldo, sobre todo desde el punto de vista económico, tanto Hafez el Assad como Hussein tuvieron que voltear gradualmente su vista hacia el mercado occidental, pero procuraron hacerlo sin perder su hegemonía política, para lo cual apretaron todavía más su maquinaria represiva.

         En el caso de Irak, como ya se sabe, las veleidades bélicas de Hussein, su doble juego político, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la obsesión de George W. Bush contra su régimen –y por el control del petróleo iraquí– acabaron no sólo con su presidencia y con su vida, y la de sus hijos y seguidores, sino con 35 años de  predominio baasista, cuyos restos, aun en caso de reconstituirse, tendrían que adoptar otros planteamientos y otra forma.

         En cuanto a Siria, el baasista histórico Hafez el Assad murió en el 2000, siendo sucedido por su hijo menor Bashar, un oftalmólogo educado en Londres y sin mayor preparación política, que debió ocupar el lugar de su hermano mayor Basil, el heredero formado por su padre y quien murió en un accidente automovilístico seis años antes.

         Atrapado en el aparato del Baas, Bashar se ha limitado a la representación formal y a intentar una liberalización de la economía que permita incorporarla al mercado mundial. El proceso, sin embargo, ha sido lento y no ha estado exento de las lacras de los poderes dinásticos y unipartidarios. Muchos de los bancos, empresas, cadenas comerciales y de servicios son de familiares o amigos de la familia presidencial, o están en manos de burócratas de alto rango.

         Los cambios de los últimos años, dicen los analistas, rompieron el equilibrio entre las diferentes fuerzas sociales, enriqueciendo a una capa delgada de la pequeña burguesía de las grandes ciudades, mientras el resto de la población se depauperaba. Esto podría explicar por qué las revueltas populares de los últimos meses se han concentrado en los barrios urbanos de bajos ingresos, y en las pequeñas ciudades y pueblos.

         Como sea, lo evidente es que la maquinaria militar represiva que ha sustentado al régimen baasista desde hace más de cuarenta años sigue intacta y ha actuado como lo sabe hacer. Sólo que las circunstancias externas han cambiado, tanto en el propio mundo árabe como a nivel global.

         No se puede adelantar todavía qué desenlace tendrá la actual crisis, ya que a pesar de que las potencias occidentales han incrementado sus presiones sobre el gobierno de Bashar, como se manifestó en la reciente cumbre del G-8, no pueden ni quieren intervenir militarmente como lo han hecho en otros países, ni tampoco desean que la inestabilidad se extienda en Siria, ubicada en una zona muy delicada.

         El gobierno del joven Assad, por su parte, levantó el estado de sitio vigente desde hace años, otorgó una amnistía general para todos los “crímenes” cometidos antes del 31 de mayo y convocó a un diálogo nacional, pero la oposición consideró estas medidas tardías e insuficientes, después de los cientos de muertos y heridos que ya ha provocado la represión, y que sigue en curso.

         Lo único claro, en todo caso, es que en Siria como en Irak el baasismo está dando sus últimos coletazos.

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