Irak y el repliegue de los "halcones"

lunes, 19 de abril de 2004
Fueron típicos momentos de George W Bush: con derroche de soberbia, plenos de gestos egoístas y de desdén hacia cualquier otra agenda que no sea la propia El pasado martes 13, en su primera conferencia de prensa televisada en horario estelar desde que hace más de un año inició la invasión de Irak, el presidente de Estados Unidos dijo que, aunque las cosas en ese país se habían puesto más difíciles de lo que previó, se equivocan los que esperan que dé marcha atrás en la ocupación “Nadie puede anticipar los peligros que hay por delante o los costos que implicarán Pero en este conflicto no hay más alternativa que la acción resuelta”, advirtió el mandatario “Habría que regresar a los tiempos del (presidente demócrata) Jimmy Carter (…) Tendríamos que estar locos”, le respondió por su parte un asesor de la Casa Blanca a un reportero de The New York Times que le preguntó porqué, a pesar de que estos días han sido los peores para las fuerzas ocupantes en Irak, al enfrentar dos cruentos levantamientos protagonizados por chiítas y sunitas en Nayaf y en Faluja, respectivamente, y una ola de secuestros de civiles occidentales, el presidente no mostró ningún arrepentimiento y, por el contrario, insistió en describir un escenario más o menos color de rosa Pareciera que pese a que Irak se desmorona, en el “Planeta Bush” la vida sigue sin sobresaltos Los nuevos aliados del mal Digamos, más bien, que este gobierno republicano parece involucrado en un delicado juego de equilibrios en su política exterior, en el que por un lado se esmera en sus ya familiares gestos bravucones para complacer a su audiencia doméstica ultraderechista, con la intención de consolidar su apoyo para las reñidas elecciones presidenciales de noviembre próximo, pero por otro ha comenzado a dar pasos pragmáticos y hasta humildes, con miras a salir de los pantanos en los que la agresividad de los “halcones” de la administración Bush ha metido al país En la agenda exterior estadounidense el punto más candente es Irak y mientras el presidente trata de calmar con su acostumbrado discurso arrogante a un electorado estadounidense muy nervioso con las imágenes —y las bolsas negras con cuerpos— que llegan desde la antigua Babilonia, en el terreno las maneras agresivas que hicieron famosos a personajes como el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, están siendo reemplazadas por una cauta diplomacia que ya no tiene muchos remilgos para pedirle ayuda hasta a sus enemigos jurados Pareciera que, en aras de la reelección, presenciamos un discreto, pero contundente, repliegue de los “halcones” Ejemplo de ello es la mediación con las facciones chiítas alzadas en Nayaf que a partir del miércoles 14 realiza una delegación oficial de Irán El régimen de Teherán, al que el mismo Bush hace unos meses acusó de integrar un “eje del mal” que amenazaba la paz mundial, se involucró de lleno en el conflicto vecino para arrancarle a los clérigos chiítas iraquíes, muy cercanos a las autoridades religiosas iraníes, el vital compromiso de no entorpecer el traspaso del poder en Irak de manos estadounidenses a locales el próximo 31 de junio El gobierno de Bush justificó la desconcertante participación de su acérrimo enemigo en la solución de la crisis iraquí asegurando que no había sido convocado por Estados Unidos, sino por su aliado en la ocupación, el Reino Unido Sin embargo, el velo de soberbia con el que insiste en cubrirse la administración republicana acabó de deslizarse el viernes 16, cuando el ministerio de Exteriores de Siria —cuyo régimen también es, a ojos de la Casa Blanca, verdadera materialización del mal por su presunto apoyo al terrorismo internacional—, anunció que el Departamento de Estado le pidió hacer “todo lo que estuviera a su alcance” para ayudar a pacificar a su convulso vecino En una carta enviada con el pretexto de felicitar al gobierno de Bashar el Assad por la conmemoración de la independencia de Siria, el secretario de Estado, Colin Powell, lo insta a “prestar cualquier ayuda posible que pudiera contribuir a relajar la situación (en Irak), de una manera que permita preservar la unidad del país y preserve la seguridad y estabilidad” El sapo de la legitimidad Pero el sapo más grande que deberá tragar la arrogante administración Bush para salvar —o al menos intentar salvar—, la cara en Irak apenas está en gestación Se trata de una nueva resolución de la Organización de Naciones Unidas para el traspaso del gobierno de las fuerzas de ocupación a manos locales Hasta hace un par de semanas —antes de que se recrudeciera la violencia en el país árabe—, Bush y su equipo sencillamente rechazaban cualquier posibilidad de que la comunidad internacional en general, y la ONU en particular (otra de sus grandes enemigas), jugara un papel relevante en dicho proceso Pero el pasado viernes, el presidente republicano, al lado de su agobiado aliado, el laborista Tony Blair, que viajó de emergencia a Washington para hacerlo entrar en razón, asentía cuando el premier británico alababa una propuesta de texto del enviado de Kofi Annan a Irak, Lakhdar Brahimi, en la que se contempla que el 31 de junio el actual Consejo de Gobierno se disuelva y sea sustituido por un “gobierno encargado”, dirigido por un primer ministro y un consejo presidencial, cuyos integrantes deben ser propuestos por la ONU y avalados por Washington y los iraquíes Con estas acciones, el gobierno de Bush parece reconocer por fin que Estados Unidos, por muy superpotencia que sea, no puede administrar solo la ocupación en Irak, que necesita de la comunidad internacional para garantizar un traspaso más o menos pacífico de la soberanía Pero más allá de esta conclusión obvia, está de nuevo la agenda doméstica y específicamente la reelección de Bush En el ejemplar de esta primavera de la revista Foreign Affairs, Robert Kagan, uno de los más recalcitrantes ideólogos neoconservadores y entusiasta promotor de la invasión de Irak, reconoce, para sorpresa de propios y extraños, que la administración Bush ya no debe insistir en sus prácticas unilaterales, ni en Irak ni en ningún otro asunto de la agenda exterior Sus razones son sencillas: el público estadounidense no es tonto, y a estas alturas ya debe estar preguntándose qué tan provechoso resulta mantener el apoyo a un gobierno que ordena acciones militares y ocupaciones de países que son condenadas por el resto del mundo y notoriamente, por antiguos aliados, como los europeos occidentales Alguien debe estar equivocado, y parece que no es la humanidad entera

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