"Benito Juárez y Jesús Gonzáles Ortega: una polémica histórica", de Boris Rossen

lunes, 11 de enero de 2010

MÉXICO D.F., 6 de enero (apro).- Sin el trabajo inconmensurable y persistente del investigador de origen ucraniano Boris Rosen Jélomer, los mexicanos no tendríamos a la mano gran parte del legado histórico del siglo XIX, incluyendo las obras completas de Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Manuel Payno y Francisco Zarco.

Desde 1928 en que llegó a México para quedarse y hacerse uno de los nuestros, Rosen, luego de graduarse como licenciado en Derecho en la UNAM, centró su labor hacia los años sesenta en el liberalismo decimonónico.

Y aunque falleció en 2005, su obra sigue dando frutos: El Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México acaba de editar en su colección  Clásicos de la Reforma Liberal el volumen Benito Juárez y Jesús González Ortega: Una polémica histórica, rescatada por Rosen, donde compila tres oficios de este último a la Suprema Corte de Justicia (29 y 30 de agosto y 6 de septiembre de 1961), una respuesta oficial del gobierno (diciembre de 1964), una respuesta particular de Benito Juárez, dos decretos (uno de prórroga de los poderes de Presidente de la República y de persona que tenga el carácter de Presidente de la Suprema Corte de Justicia de noviembre 8 de 1965, y otro que declara al general González Ortega responsable del delito de abandono voluntario del Cargo de Presidente de la Suprema Corte de Justicia de noviembre 5 de 1865), una circular del Ministerio de Relaciones sobre la materia de los anteriores decretos de noviembre 8 de 1965 y otra de González Ortega de febrero 3 de 1866, un manifiesto de González Ortega (noviembre 16 de 1865) y 96 cruzadas entre los siguientes personajes:

Benito Juárez, Jesús González Ortega, Sebastián Lerdo de Tejada.

Pedro Santacilia, Guillermo Prieto, Matías Romero, Joaquín Villalobos, Francisco Zarco, Andrés Viesca, Lorenzo Vega, Ramón Corona, Pantaleón Tovar, Manuel Ruiz, Eduardo Múzquiz, Lorenzo Vega, Domingo Rubí, José María Patoni, Juan Alvarez, Juan J. Baz, Leandro Cuevas, Felipe B. Berriozábal, Epitafio Huerta, Cipriano Robert, Porfirio Díaz, Miguel Negrete, Diego Alvarez, Joaquín Alcalde,  José María Carvajal, Nicolás Régules, Felipe Sheridan, John Paulson, Manuel Quezada, León Guzmán,  

         El asunto, el enfrentamiento por la presidencia de la república entre los dos primeros.

A continuación un fragmento del prólogo escrito por Silvestre Villegas Revueltas, donde realiza un perfil de Boris Rosen:

“Lo conocí personalmente en una mesa redonda organizada por el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM hará como hace cuatro años. Su esposa Raquel TIbol, compañera en sus andanzas académicas leyó la ponencia. Ya sabía de ambos, por mis estudios en torno a la figura de Francisco Zarco y en el caso de ella, por la amistad que tuvo con la pintora Consuelo Revueltas. El tiempo pasó y una noche, a mediados de 2004, recibí una llamada telefónica. Boris me pidió que dados mis conocimientos sobre la época de la Reforma y el Segundo Imperio estaba interesado en que prologara el texto en cuestión. Me sugirió que me apurara. Yo no solamente le contesté afirmativamente sino que le dije que era un honor para mí.

         “Hoy, él se ha ido pero sus amigos lo recordaron muy sentidamente en el Centro Cultural Askenazi de México. El historiador argentino Pedro Yankelevich relato cómo lo había conocido y pasó a rememorar su vida. Boris Rosen nació en 1916, en Kupel, Ucrania, del entonces Imperio Ruso, poco tiempo antes de que diera inicio la Revolución Bolchevique. Por tradición familiar, luego por convencimiento propio y porque en México encontró el lugar adecuado, a lo largo de toda su vida promovió la lengua del yiddish y la cultura que se deriva de él. Invitado por su tío Sam Rosen llegó al puerto de Veracruz en 1928. Pronto se ligó a la comunidad judía en este país, se inició en el periodismo publicando en Der Verg (El camino) y trabajó para diversas instituciones como la Escuela Israelita de México y la Liga Popular Israelita de México siendo director de su órgano semanal Freivelt (Mundo libre).

         “De particular mención fue el hecho de que desde los años treinta en adelante, Boris Rosen se ubicó en los sectores izquierdistas y democráticos de la comunidad israelita. Yanquelevich sostuvo que eran mucho los de ésta postura, pero que la comunidad ha dejado caer un velo de olvido al respecto. Lo anterior no opaca la labor que él junto con su esposa Raquel hacían en la revista de oposición Política, encabezada por Manuel MArcué Pardiñas. Carlos Monsiváis en el emotivo homenaje que le organizó la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada perteneciente a la SHCP señaló lo siguiente:

         “‘Boris es un transterrado que arraigó definitivamente en sus lealtades; a la causa socialista, a la lucha contra el nazifascismo, al rechazo de la inhumanidad del capitalismo salvaje, a la exploración histórica del pasado al cual afiliarse. Un gran experto en la literatura yiddish, un conocedor de creadores y de movimientos políticos, el sobreviviente que nunca profesó como víctima, Boris Rosen ha vivido la experiencia intelectual más ardua: la del que ensalza tradición y modernidad, resistencias a la opresión en un siglo y búsquedas de salidas liberadoras en otro.’

         “Fue precisamente su oposición ideológica la que le permitió tener una perspectiva necesaria para adentrarse en el estudio de la generación de liberales mexicanos del siglo XIX. Éstos como Payno, Prieto, Zarco o Ramírez entre otros habían luchado por desfanatizar al pueblo, por modernizar las instituciones, por la libertad de expresión, de creencias, de tránsito y comercio, en fin, por un mundo que fuera más libre. Y ello se parecía, a lo que desde su perspectiva, había hecho y continuaba pugnando internacionalmente el pueblo judío. Para la historiadora Nicole Girón la labor de Boris en:

         “‘publicar las obras completas de cualquiera de estos personajes decimonónicos… es dar cuerpo a nuestra tradición literaria e ideológica; es consolidar su trayectoria aceptándola en su realidad histórica y reconocer que sus constructores son, de alguna manera, nuestros contemporáneos, porque algo de lo que ellos observaron o notaron todavía nos pertenece y quizá nos encanta o nos revela a nosotros mismos un rasgo del carácter propio y hace que comulguemos con su sentir o con sus emociones’”.

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