"Himno" de Óscar Ruvalcaba

viernes, 29 de octubre de 2010

MÉXICO, D.F., 27 de octubre (apro).- Óscar Ruvalcaba es un coreógrafo prácticamente desconocido en México, aunque merecería estar en la primera línea de los mejores artistas de la danza en el país.

De personalidad jovial, aunque tímido, Ruvalcaba –uno de los pocos creadores que domina el vocabulario y el lenguaje dancísticos–dio sus primeros pasos en Guadalajara, luego de lo cual se integró a la Compañía Nacional de Danza (CND) del INBA, en la que permaneció varios años.

Ahí inició como coreógrafo, hasta que Cuauhtémoc Nájera, director de la CND, lo convocó para que hiciera algunos trabajos sencillos y posteriormente para la producción de gran formato Dido y Eneas, que dio un giro brutal a las producciones resguardadas como repertorio de la agrupación de ballet más importante del país.

Fue tal su éxito que la producción viajó al extranjero y obtuvo críticas de muy alto nivel, después de sus presentaciones en el Kennedy Center de Washington D.C.

Cuando Nájera salió de la CND, su nuevo director, Dariuz Blazer, encabezó una campaña para borrar los éxitos de su antecesor y sacó del repertorio las piezas de Ruvalcaba.

Y como ha sucedido con algunos artistas de la danza, entre ellos Rolando Beattie, Ruvalcaba decidió retraerse y hacer su propia investigación de movimiento. Fuera del mundo gubernamental, contrató a sus propios bailarines y de producir las obras que deseaba montar.

Con pocos apoyos y una beca de creador artístico del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), que obtuvo hace muy poco tiempo, se lanzó como artista.

En una mesa redonda en el teatro Raúl Flores Canelo del Centro Nacional de las Artes, donde se presentó Himno, Ruvalcaba dijo, en relación con los obstáculos que enfrentó para hacer su obra: “Los peores demonios con los que hay que luchar es con los que trae uno adentro”.

La obra Himno es una dualidad. Es el ying y el yang en escena, representados como los dos universos de Ruvalcaba. A manera de un exorcismo o una expiación, el autor de Monalisa Madre Tierra parece haber pasado una larga temporada en alguno de sus infiernos y otra más en alguno de sus paraísos.

En Himno hay dos fuerzas antípodas, cada una d elas cuales fue interpretada con igual fuerza por una camada de nuevos bailarines de largo alcance, que se perfilan como grandes artistas, tal es el caso de Marco Antonio Barroso, egresado de la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello.

Con ciertos elementos de la técnica del release, aunque muy imbuidos en el vocabulario que el propio Ruvalcaba ha diseñado a través de su conocimiento del ballet, Himno muestra la eficiencia del artista para desarrollar secuencias de movimiento, que lucen como una suerte de virtuosismo, pero en el sustrato buscan mostrar al espectador la dualidad de los personajes, lo contradictorio de muchas de sus acciones y lo inesperado que es el momento de la reconciliación con lo que más se odia o se teme.

La propuesta de Ruvalcaba estuvo pocos días en el teatro Flores Canelo, sin publicidad, pese a ser un filón de oro.

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