El príncipe de Persia

domingo, 6 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 6 de junio (apro).- Como suele ocurrir con todas las películas que se inspiran en un juego de video, El príncipe de Persia es una cinta bastante mediocre: una historia inconsistente con muchos efectos especiales para apantallar a uno que otro incauto, un reparto carismático y grandes paisajes.

La película El príncipe de Persia: Las arenas del tiempo (The Prince of Persia: The Sands of Time, EU, 2010), basada en un video del mismo nombre, cuenta la historia de un huérfano llamado Dastan (Jake Gyllenhaal), quien es adoptado por el rey Sharaman (Ronald Pickup).

Dustan es criado como los otros hijos del rey, Garsiv (Toby Kebbell) y Tus (Richard Coyle), con lo que se vuelve todo un noble, además de un hábil guerrero.

El destino de Dustan cambia cuando el rey es engatusado por su hermano Nizam (Ben Kingsley) para atacar una ciudad llamada Alamut, pues supuestamente posee armas que son capaces de destruir al mundo y se planea su venta a los enemigos de Persia.

Ahí, Dustan conoce a la princesa Tamina (Gemma Arterton), quien le revelará que lo más importante del conflicto es un artefacto llamado La Daga del Tiempo, que es capaz de retroceder, precisamente, el tiempo.

Dustan también descubrirá que es el chivo expiatorio de un complot que contempla el asesinato de su padre, el rey. Y todo por La Daga del Tiempo, que es codiciada por su tío y por el sheik Amar (Alfred Molina), un estafador.

Dustan, junto a la princesa Tamina, deberá esclarecer este gran malentendido y evitar que La Daga caiga en las manos equivocadas. Por cierto, al parecer, si este artefacto se utiliza por mucho tiempo, podría acabar con el mundo.

No hay mucho qué decir, salvo que los personajes son bastante planos; la cinta es predecible, pero dinámica y visualmente atractiva, tanto por los efectos especiales como por los actores principales.

El príncipe de Persia no conmueve ni nos lleva a grandes reflexiones o catarsis, pero funciona para atraer a grandes audiencias que no puedan resistirse al morbo del espectáculo visual.

Por lo demás, es una cinta de la cual puede prescindirse.

 

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