Dando cuerda

domingo, 4 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 4 de julio (apro).- ¡Futbol! ¡Futbol! ¡Futbol!, por todas partes, como dice un anuncio pasado por la televisión al tiempo que expone a individuos y grupos de personas con expresión de zombis.

Esa realidad es apasionante y desoladora a la vez, ¿o no es así, estimados lectores de la presente? Ustedes juzgarán, pero no se puede negar que esas movilizaciones masivas y apasionadas de tantas y tantas personas con motivo del Mundial de futbol, muestran, demuestran y confirman lo que hace décadas vienen diciendo los que dicen que saben de dicha actividad deportiva: que el darle de patadas a un balón, es más, mucho más que un deporte.

¡Y tienen razón! El futbol, con el campeonato Mundial que se está celebrando en estos días en Sudáfrica, una vez más prueba y afirma que es uno de los espectáculos que más y mejor se prestan para que el eterno Adán, sujeto y objeto de la historia, ponga otra vez en evidencia el eterno instinto que le impulsa una y otra vez a trascender su mundo… así sea como simple espectador-partidario de su equipo nacional y, si el mismo fue eliminado previamente de la justa, seguir al más cercano a su corazón.

Ni remedio, no queda más que reconocer, guste o no guste, que los equipos de futbol representativos e cada país, sobre todo cuando juegan en torneos internacionales, es el espectáculo que, hoy por hoy, con el mínimo elemento de once individuos por bando corriendo tras un balón para hacerse de él y patearlo, ofrece las mayores oportunidades a millones y millones de gente, de tantas y tantas ocasiones de tensión; de tantos y tantos momentos de alegría; de tantos y tantos instantes de placer; de tantos y tantos motivos de deleite; de tantas y tantas circunstancias de frustración; de tantos y tantos casos de ira y hasta de tantas y tantas tristezas, en fin, de tantos y tantos momentos de intensa vida en tan poco tiempo: en 90 minutos. ¿Quién da más?

A lo expuesto, hay que añadir que, en la actualidad, no hay otra diversión pública que sirva a tantos millones de personas para olvidarse, para escapar de la rutina, de la monotonía, del aburrimiento que pueden producir, y produce, el diario vivir, de que sea para millones el campo propicio el amor para alimentar al riesgo, a la osadía, la creatividad, al placer de aprovecharse de las oportunidades e incluso el poder ser favorecido por la suerte, sentimientos todos tan de nosotros, los humanos, y que nos gustan experimenta así sea como espectadores, de manera pasiva; de gozarlos aunque sean proporcionados por otros: los profesionales del futbol, esto es, de vivirlos de manera vicaria.

 Y no hay que olvidar que en este nuestro mundo global, tan tensado por la competencia obligada para sobrevivir, la anomia de crisis económicas, del desempleo, de la riqueza mal repartida, etcétera, el futbol, más allá de ser un deporte, es uno de los pocos medios capaces de eliminar las polaridades y mantener la cohesión social en las naciones, sobre todo en los campeonatos mundiales.

Desafortunadamente, el futbol, en ese ser más que un deporte, también se presta para ser un medio para convertir al humano en esclavo de sus sentires, de sus deseos, de sus necesidades. Así en esta sociedad global en que se respira y en la que todo se mercantiliza, igualmente ha convertido el deporte en una mercancía más de consumo masivo.

Grupos de poder que tienen en sus manos las decisiones como políticos, iniciativa privada, sobre todo los dueños de medios de comunicación, para favorecer sus muy particulares intereses personales o de grupo, han manipulado y manipulan las necesidades y los deseos de escape de una realidad amarga para la mayoría, a si como sus anhelos de alegría y de felicidad, sus necesidades de triunfos que compensen de sus angustias por falta de empleo, de la inseguridad e incluso miedo ante decisiones que los afectan, del crimen organizado, de su necesidad de sentirse parte de algo cuando la sociedad no da más que realidades y sensaciones de anomia, es decir, de relaciones carentes de significación, de poder que polariza, de las pocas experiencias brotan de solidaridad y muchas de las mismas no pasan de ser jarabe de pico.

Todas estas sensaciones y sentimientos que, como indiqué ya, una minoría de políticos, dueños del dinero, de empresas, de mercados manipulan hábilmente en propio  interés y beneficio dando cuerda a las necesidades y deseos legítimos de las mayorías, sumidas en la desesperación, en el conformismo o la indiferencia, dando cuerda, digo, o sea, reanimándolas con sus mismas carencias, anhelos y sueños, con lo que logran convertir a tantos y tantos en fanáticos, en seres poco o nada pensantes, en seres sin voluntad propia, en zombis, en esclavos al servicio de los intereses particulares de sus reanimadores.

Créanme que es así, se lo dice alguien que sabe muy bien lo que dice: un Gedé del Vudú.

A su servicio.

BARÓN LA CROIX

 

--FIN DE NOTA—

 

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