Los últimos días de Nacho Coronel

sábado, 7 de agosto de 2010

CULIACÁN, SIN.- El ataúd era de metal con chapa de oro. Valuado en 65 mil dólares, esa tarde resplandecía tanto como el sol abrasador en esta región donde la temperatura rayaba los 48 grados centrígrados. En su interior yacía el cuerpo del narcotraficante Ignacio Coronel Villarreal. A su lado, el féretro de su sobrino Mario Carrasco Coronel, El Gallo, también de metal, aunque más sobrio, lo acompañó durante las exequias. Ambos murieron con horas de diferencia entre el 29 y el 30 de julio a manos del Ejército.

Identificado por la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA, por sus siglas en inglés) como el tercero en el mando del cártel de Sinaloa, Nacho Coronel se veía elegante. Vestía traje beige y camisa blanca; enmarcado su rostro por una barba oscura y abundante bigote. No hubo honras fúnebres.

Los cuerpos estuvieron tendidos en la sala Premier, la más grande de la funeraria Moreh, durante 15 horas. Los asistentes rezaron el rosario en cinco ocasiones y entonaron cánticos religiosos para acompañar la velada. Los féretros estuvieron abiertos todo el tiempo.

Apenas en diciembre pasado en esa funeraria, en el mismo velatorio y en la misma sala estuvieron los restos de uno de los enemigos de Nacho Coronel: Héctor Beltrán, El Jefe de Jefes, ejecutado en Cuernavaca, Morelos el día 16 de ese mes, por un grupo de marinos.

 

Este es un adelanto del número 1762 de Proceso, en circulación.