El Bicentenario, la oportunidad diluida

lunes, 20 de septiembre de 2010

Una serie de reveses acompañaron, desde su inicio, el tránsito de la comisión organizadora de las conmemoraciones de la Independencia y de la Revolución. Finalmente, el objetivo de reflexión y la advertencia de no derrochar grandes sumas, fueron desoídos en aras de un show televisivo realizado la tarde y noche del miércoles 15. En este resumen de lo publicado en Proceso a lo largo de cuatro años, se vislumbra en su conjunto el ánimo inmediatista del festejo, no el espíritu de una fiesta nacional. 

MÉXICO, D.F., 20 de septiembre (Proceso).- Pasadas las fiestas del relumbrón, la farándula y los fuegos artificiales con las cuales el gobierno de Felipe Calderón celebró en Paseo de la Reforma y el Zócalo capitalino el Bicentenario de la Independencia, sigue en el aire la pregunta: ¿Qué queda luego de todo esto a los mexicanos?

José Manuel Villalpando César, coordinador de la Comisión Nacional Organizadora de las Conmemoraciones de 2010, dio una respuesta anticipada a finales del pasado mes de julio: “Un libro de historia y una bandera...”, que podrán conservar “para siempre en su casa”.

Un libro cuestionado por los especialistas en su contenido historiográfico y una banderita repartida por la Secretaría de la Defensa Nacional que la mayoría de los habitantes de la ciudad no colocó en algún lugar visible de sus hogares.

En agosto, el historiador Víctor Díaz Arciniega anticipó en estas páginas que la oportunidad de haber conmemorado esta emblemática fecha, se diluyó. A decir suyo, no se justificaba la fiesta, ya calificada de onerosa y absurda por otros especialistas desde que Proceso dio a conocer que se gastarían 60 millones de dólares en el show organizado por el australiano Ric Birch para la noche del 15 de septiembre.

Historiadores, filósofos, urbanistas, escritores, politólogos, arquitectos e intelectuales llamaron a una conmemoración reflexiva y no a una fiesta que no dejara sino gastos inútiles a la ciudadanía.

El largo asueto decretado por Calderón para que los ciudadanos pudieran disfrutar de los festejos pagados por el erario, perdió también sentido cuando se informó oficialmente que sólo podría asistir a presenciarlos en vivo 1 millón de ciudadanos y al resto no le quedaba sino verlos por televisión.

Ya se preveía que así sería. Uno de los creadores de parte del espectáculo, Claudio Valdés Kuri, confesó en entrevista con este semanario, hace casi un mes, que lo mejor sería presenciar el desfile y el Grito por la televisión. Otra de las directoras, Mónica Raya, describió a su vez que era para “los niños que no pueden ir a Disneylandia”.

El costoso desfile de 27 carros alegóricos fue transmitido por los canales de Televisa (en indistintos momentos), 7 y 40 de TV Azteca, Once y 22 los oficiales, además del 28 y Milenio TV. Los conductores de cada canal simplemente describieron lo que pasaba frente a sus ojos, quizá sólo con algunos datos proporcionados por los organizadores respeto de lo que el creador había querido decir, ya fuera con el Quetzlcóatl dorado y plateado, la trajinera o el tameme corriendo con un pescado en la espalda, pero con carencia de información sobre los hechos históricos que se conmemoraron.

Pocos canales contaron con la voz de un historiador, como el 22 con Lilian Briseño Senosian (profesora del Tecnológico de Monterrey) y Milenio TV con Alejandro Rosas, quienes confesaron al micrófono no sentirse deslumbrados por el desfile que, se anunció, sería único en la historia de México. “No me sorprende”, dijo la primera. El segundo, coautor con Villalpando de varios libros, aseguró que se trataba de un desfile más, según consignó en su nota el reportero Jenaro Villamil en la página de Proceso en internet.

Desde el primer momento en que el gobierno federal pensó en las efemérides  del Bicentenario del inicio de la lucha de Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana, que se conmemoran por igual este año –aunque el gobierno calderonista haga énfasis en la primera–, la crítica anticipó el fracaso, la falta de previsión, la mala organización y el despilfarro. Todo el programa de actividades costó entre más de 2 mil y mil 500 millones de pesos, según quién proporcione el dato en la danza de las cifras oficiales.

La comisión de los festejos –que ha cambiado de nombres como de coordinadores– nació en junio de 2006, en el gobierno de Vicente Fox, quien nombró como su titular a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, considerado líder moral del Partido de la Revolución Democrática, aunque para entonces su lejanía con el partido era cada vez mayor y su capital político decrecía.

Fue año de elecciones y la disputa por la Presidencia de la República estaba en su apogeo, los resultados quedaron bajo sospecha y la ciudadanía dividida mientras una parte se conformó con el veredicto; y la otra (que acompañó a Andrés Manuel López Obrador en su Grito en la Plaza de las Tres Culturas el miércoles 15), inició una lucha por la defensa de su voto. En ese contexto, se vio a Cárdenas como un “eventual apagafuegos” ante una posible crisis política.

 

Vuelta a la tortilla

 

Entrevistado por el reportero Rodrigo Vera sobre ese primer nombramiento, el ahora coordinador Villalpando César destacó en aquel momento que se trataba de “un cargo transexenal de puras luces y reflectores”, y hasta aventuró:

“Quedó por encima del actual momento electoral y acaparará incluso la atención de todo el mundo. ¡Es un supercargo! No puede haber fracaso ahí. El ingeniero no tiene pierde. Para el próximo sexenio, ese puesto será mejor que cualquier otro en el gabinete, incluso que hasta el de presidente de la República, pues quien encabece esos festejos no tendrá los sustos, caídas y patadas bajas que trae consigo cualquier otro cargo.”

–¿Tan importante es ser coordinador de esos festejos?

–¡Claro! Es el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. ¡Imagínese! Será una celebración importantísima que se dará no sólo en México, sino a nivel latinoamericano.

En cuatro años se perdió el peso otorgado a la coordinación del abogado egresado y exdirector de la Escuela Libre de Derecho –donde conoció a Calderón y dio clases a su esposa Margarita Zavala–, pues el Ejecutivo, a decir de distintos especialistas, no quiso o no supo cómo festejar con dignidad y unificando a la población en torno a dos fechas tan simbólicas.

Más aún, en dos años de conducir él mismo los festejos, como titular del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), dio la vuelta a sus palabras con los hechos y llevó al caos las celebraciones.

Ese es el resumen de lo expresado por la opinión pública, historiadores y distintos especialistas, quienes a lo largo de estos cuatro años dieron cuenta en las páginas de Proceso de su sorpresa, desencanto e indignación por no haber logrado una conmemoración, festiva, sí, pero acorde a los tiempos y –sobre todo– a la situación económica del país, enfatizada en la reflexión y el replanteamiento del rumbo de la nación.

Lorenzo Meyer, José Antonio Crespo, Guadalupe Jiménez Codinach, Cristina Gómez, Álvaro Matute, César Moheno, Guillermo Tovar de Teresa, Friedrich Katz, Alfredo Ávila, Ariel Rodríguez Kuri, Javier Garciadiego, Miguel León Portilla, Sergio Zaldívar, Fernando González Gortázar, Carlos Monsiváis, son sólo algunos de los especialistas que expresaron en este semanario su punto de vista.  

Falta ver la fiesta del Centenario de la Revolución Mexicana, poco mencionada por los organizadores, pero el Bicentenario terminó en un show mediático que acabó por beneficiar a las televisoras privadas y tiró al olvido los insistentes señalamientos de que era, recuperando los ideales de las gestas heroicas (incluida la Reforma), como debía honrarse a los héroes. 

Retomar, por ejemplo, el sentido literal de los Sentimientos de la nación, expresados como ideario de la Independencia por José María Morelos y Pavón, que –sólo en el discurso– Calderón recordó en varias ocasiones, entre ellas al inicio del desfile militar del jueves 16.

Para algunos la degradación en que fueron cayendo las celebraciones fue resultado del desinterés; para otros, como los historiadores Meyer o Crespo, se trató de una cuestión ideológica donde resultó irónico que el Partido Acción Nacional (PAN) celebrara dos movimientos insurgentes de carácter social, donde sus ancestros conservadores resultaron perdedores. Díaz Arciniega dijo que esa deliberación ni siquiera existe, producto simple de la ignorancia.

La crítica de arte Raquel Tibol advirtió desde 2006 que los organizadores de los festejos encontrarían “un mar de contradicciones”, especialmente en la parte de la Revolución. Puso el dedo en la llaga al recordar que la población que combatió, el campesinado, sigue en la pobreza “cuando no en la indigencia”,  con el argumento de que históricamente ha sido despojado de sus tierras por las clases en el poder.

En el mismo año, cuando ya se señalaba que la comisión se estaba creando tardíamente, John Womack jr, biógrafo de Emiliano Zapata, reveló que desde la llegada de Fox a la Presidencia le peguntó quién organizaría los centenarios de 2010, “si el PAN, una comisión multipardidista, la Academia Mexicana de la Historia o quién... y me miró como si yo estuviera loco”.

Al final no hubo participación de otros partidos ni otras instancias. El Senado, por ejemplo, creó su propia comisión encabezada por Patricia Galeana, quien criticó el dispendio de la comisión federal; se crearon comisiones en los estados de la República; la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) instituyó la propia, encabezada por Alicia Mayer; El Colegio de México dio a conocer por su lado sus proyectos... Pero no hubo una integración. El titular de la comisión del gobierno de la Ciudad de México, Enrique Márquez, acusó al gobierno federal de no haber querido una celebración conjunta.

 

Desfile de funcionarios

 

Cárdenas se planteó un alto propósito: Crear una nueva Constitución Política. Y el escritor Carlos Fuentes hizo eco al proponer un replanteamiento del proyecto de nación. Pero Cárdenas desistió pronto no sólo del objetivo, sino de las tareas de la comisión organizadora y renunció en noviembre del mismo 2006.

La comisión quedó acéfala hasta marzo de 2007, cuando Calderón, en un acto que varios especialistas calificaron de demagógico, asumió la presidencia de la, para entonces, llamada Comisión para la Celebración del Bicentenario del Inicio de la Independencia Nacional y del Centenario de la Revolución Mexicana, y encargó al entonces presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Sergio Vela, elaborara el programa artístico y cultural correspondiente. El director de ópera se comprometió a tenerlo en seis meses.

Algunos vieron natural que el organismo cultural se encargara de la programación y otros lo lamentaron, pues si ya se señalaba en Vela la falta de definición de una política cultural, el nuevo encargo significaría que no estaría dedicado al 100% en ninguna de las dos tareas. La socióloga Cristina Gómez anticipó entonces:

“Debe ser un conjunto de individuos que colectivamente diseñen los programas y, sobre todo, individuos vinculados con este quehacer... el problema que podemos tener es que como habrá financiamiento, tengamos una serie de actos y publicaciones que no reflejen la calidad de reflexión histórica, de seriedad académica.”

Vela no sólo no cumplió, sino que para entonces los rumores sobre su salida del Conaculta crecían. Y se barajaban nombres para sustituirlo no sólo en el Conaculta –donde finalmente fue reemplazado por Consuelo Sáizar, como se comentaba–, sino en la organización de los centenarios. Se habló de Fernando Landeros, presidente de la Fundación Teletón, y hasta se chacoteaba en los medios con que el festejo se llamaría “Bicentón”. Se mencionaron también al historiador Enrique Krauze y a José Manuel Villalpando.

Ante el desinterés e incapacidad de convocatoria del gobierno central y la falta de definición de programas oficiales, surgieron iniciativas en la sociedad civil como la del Consejo de la Crónica, encabezado por el historiador Guillermo Tovar, quien propuso que el festejo fuera dirigido por el sector educativo y se invirtiera en el fortalecimiento a la educación, la difusión del conocimiento histórico, una programación artística y la creación de una colección editorial.

Pero no fue sino hasta agosto pasado cuando la Secretaría de Educación Pública retomó el programa ya organizado, integrado y dirigido, estando el INEHRM en el seno de la Secretaria de Gobernación.

Se creó asimismo la fundación Conmemoraciones con el respaldo de un grupo de notarios encabezados por Jorge Alfredo Ruiz del Río, y de instituciones privadas como Banamex, dirigida por Ana Lilia Cepeda, quien presentó como su primer proyecto la exposición Parafernalia e Independencia, en el Museo de Arte Popular, con la colección Cortina sobre objetos del Centenario realizado por Porfirio Díaz. En el marco de ésta se realizó un encuentro académico en el mismo recinto con la participación de distintos historiadores. La fundación inició asimismo la restauración de la casa del arquitecto Antonio Rivas Mercado, en la colonia Guerrero, que no ha podido concluirse por falta de recursos.

A su vez, GM Editores-Espejo de Obsidiana, encabezada por Carlos y José Ignacio González Manterola, lanzó un proyecto para animar la reflexión sobre la historia de México mediante la publicación periódica de una revista-libro de colección, dirigida por el historiador Carlos Silva, 20/10, cuyo número bimestral número 8 acaba de aparecer.

En septiembre de 2007, se nombró a Rafael Tovar y de Teresa nuevo coordinador de los festejos. El proyecto de refundación de la nación del que hablaron Cárdenas y Fuentes quedó en el olvido, y la prioridad para el diplomático expresidente del Conaculta fue hacer un programa “festivo, celebratorio y conmemorativo”.

Estableció tres ejes: Memoria, para difundir los hechos históricos; Diversidad, como premisa fundamental de la identidad nacional; y Creaciones, para expresar la memoria y la diversidad. En noviembre de ese mismo año presentó el programa base que preveía 250 acciones de diversa índole, entre ellas educativa, económica, social, cultural. 

Como parte de sus objetivos se planteó una conmemoración con los países latinoamericanos que celebran también su independencia. Se organizó para ello una reunión en la cancillería donde los representantes de las naciones participantes hablaban de la necesidad de saldar cuentas sociales y de luchar contra el poder económico que alienta las tesis privatizadoras.

Tovar no se sumó a ese discurso, propuso sencillamente crear una historia de América Latina escrita por los latinoamericanos para editar un libro, realizar un programa audiovisual semejante a El alma de México, que condujo Carlos Fuentes hace años (transmitido por Televisa), y organizar una red de cátedras del Bicentenario.

Unos meses más tarde comenzó el rumor acerca de la salida del funcionario de la comisión, que se hizo realidad en octubre de 2008 dejando de nuevo al garete el programa conmemorativo. Las razones no se esclarecieron, pero se habló de que jamás se le había dado el presupuesto requerido ni el respaldo del gobierno calderonista, y hasta de un desencuentro con Sergio Vela, entonces titular del Conaculta.

A partir de este momento la encomienda quedó en manos de José Manuel Villalpando, a quien varios historiadores no consideran un colega investigador sino un “divulgador de la historia”, cuyos libros adolecen de datos y bibliografía.

Los historiadores Alfredo Ávila, Ariel Rodriguez Kuri y Guadalupe Jiménez Codinach coincidieron en que el gobierno no tenía idea de cómo festejar. Kuri expresó que el problema no era precisamente de la comisión, “sino del gobierno de la República”, pues en la Presidencia “no saben o nadie les ha dicho qué hacer con los centenarios”.

Advirtieron que el gobierno calderonista daría más peso al Bicentenario porque los principios de la Revolución Mexicana le son ajenos al gobierno panista. Jiménez Codinach, especialista en la época de la Independencia, no coincidió y enfatizó que tampoco se celebraría apropiadamente el Bicentenario porque se estaban haciendo puras obras de relumbrón para la “foto”, pero nada para avanzar en la solución de los problemas de injusticia social, desigualdad y soberanía:

“¿Donde está nuestra Independencia? ¿Qué hemos hecho de nuestras playas, de nuestro territorio? ¿Venderlo y cambiar y arreglar la Constitución? ¿Hacer trampas para que se pueda?... ¿Eso es Independencia, es amor a la patria? Lo dudo.”

 

Bofetada a la pobreza

 

La noticia de que serían los asesores extranjeros Ric Birch, Phil Green y Adam Burke quienes realizarían el espectáculo, presentado el pasado miércoles 15 de septiembre, encendió más la crítica. Y peor cuando se supo que se destinarían 60 millones de dólares sólo esa noche en el Zócalo, en un espectáculo efímero.

Historiadores y especialistas pidieron que no se hiciera tal despilfarro y se apoyaran proyectos de trascendencia; hubo la propuesta de fundar la primera universidad de cultura alternativa, mejorar la infraestructura, o invertir en infraestructura cultural, como sugirió el historiador Enrique Florescano. Se reiteró que todo resultaba de una falta de interés y sensibilidad, era como una bofetada a la pobreza. El historiador José Antonio Crespo pidió que se sacrificara tal fiesta y se hiciera una de menor magnitud, “no se justifica un gasto así para la celebración de una noche, por muy espectacular que vaya a ser”.

En el campo de la reflexión sólo la serie de televisión y radio Discutamos México y la edición de los libros Historia de México, coordinado por Gisela von Webeser, y Viaje por la historia de México, de Luis González, destacaron frente a la magna fiesta de luces y show, lo cual fue calificado por Díaz Arciniega de vergonzoso.

La incredulidad y el enfado crecieron cuando de la Columna de la Independencia se extrajeron los restos de los héroes patrios, para llevarlos como en procesión por Paseo de la Reforma hacia el Castillo de Chapultepec, y un mes más tarde a Palacio Nacional, para su exhibición con la muestra México 200 años. Actos que los especialistas desaprobaron por ser una especie de ritual fúnebre, fetichista.

Surgió entonces la invocación a Porfirio Díaz por los 10 años de antelación con los cuales comenzó los preparativos para los festejos del primer Centenario de la Independencia en 1910, porque a diferencia de la fiesta de 2010, de la que no quedará más que “la bandera y el libro”, además el registro en fotos y videos, de la época porfiriana se conservan en la ciudad varias de las grandes obras arquitectónicas que construyó, por ejemplo, el Palacio de Bellas Artes.

El monumento simbólico que construiría el actual gobierno para el Bicentenario ni siquiera se terminó. El Conaculta envió el 15 de septiembre un boletín de prensa para recordar que la Columna de la Independencia, hecha en el porfiriato, cumplió 100 años. No pudo enviar la noticia de la inauguración de la Estela de luz, que hoy se levantaría como algo material, tangible y permanente del festejo, puesto que no se terminará sino hasta 2011. Un mentís al eslogan oficial de “200 años de ser orgullosamente mexicanos”.

Varias iniciativas siguen para conmemorar el Centenario de la Revolución mexicana y el mismo Bicentenario, tanto en la sociedad como en instituciones como la UNAM, donde se ha dado en las últimas semanas un amplio debate. Pero la oportunidad para el gobierno federal concluyó el 15 y el 16 de septiembre.  l