Pacheco: hay que legalizar las drogas; la guerra contra el narco, perdida

sábado, 25 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 24 de septiembre (apro).- Las 2,343 butacas de la Nezahualcóyotl en Ciudad Universitaria se volvieron efectivamente una sala de casa, para escuchar de frente un diálogo de sofá entre los escritores José Emilio Pacheco e Ignacio Solares, quien a ratos jugó el papel de entrevistador y a ratos el de maestro universitario.

Desde el sofá guinda al centro del foro (sede de la Orquesta Filarmónica de la UNAM) las palabras de Pacheco sacudieron a un público mayoritariamente estudiantil, que lo ovacionó cuando se manifestó a favor de la legalización de las drogas, al hablar de la violencia que azota al país:

         “Mañana los periódicos van a decir que vine a la universidad a corromper a la juventud… por eso ya no quiero hablar más de política. Pero la verdad es que no deseo que nadie muera por mi culpa, quiero que disminuya la sangre, y ahora la guerra contra la drogadicción está perdida.”

Recordó los años de la prohibición en Estados Unidos, que concluyeron cuando el alcohol se legalizó.

         Durante poco más de hora y media los estudiantes interrumpieron en varias ocasiones el diálogo con Solares (director de la Revista de la Universidad) para ovacionar al escritor en el marco del centenario de la máxima casa de estudios, que ayer le había entregado el doctorado honoris causa, al lado de otros intelectuales, científicos y artistas, entre ellos su colega hispano-peruano Mario Vargas Llosa, quien después de Pacheco ocuparía la sala para conversar con el narrador Sealtiel Alatriste, también director de Difusión Cultural de la UNAM.

Relató Pacheco que en 1974 tuvo en la Universidad de Toronto un encuentro personal con el comunicólogo Marshall Mc Luhan, quien acababa de estar en México, y le vaticinó que veía venir para el país una etapa violencia, dado que había observado en la televisión una contradicción flagrante: publicidad de primer mundo ante un pueblo de tercer mundo. Y de ahí partió el narrador y poeta para señalar que hace muchos años, cuando la matanza de Acteal, a él mismo lo consideraron “inocente” por escribir de la violencia que se desataría, “pero comparada con lo que entonces dije hoy es un juego de niños”.

Y acotó:

         “No es para que ahora me tuvieran que dar excusas, pero eso está pasando, es algo que no quería que hubiera pasado. Yo conocí otro México, este era impensable”.

Al cuestionamiento de un estudiante sobre cómo veía el futuro del país, dijo que no se podía vaticinar nada sobre el futuro, “cómo voy a saberlo si no sé qué va a pasar esta misma noche, no soy el pulpo Paul”.

Tras la carcajada general, remató así con esta frase:

“Quien por cierto tiene una fuerte corriente de simpatía en España para obtener el Premio Cervantes”.

A preguntas de Solares y otras del propio auditorio, Pacheco tocó temas destacados como el de la Ciudad de México, “a la que tú siempre has amado”, a lo que el autor de Las batallas en el desierto respondió:

“Pero ya no, ya no. Me encantaría, no querría ser pesimista”.

Y contó que en la esquina frente a su casa de la Condesa se apilan diariamente bolsas de basura y cucarachas.

 “Ya no puedo cruzar los ejes viales, no puedo subirme al Metro, no salgo de mi casa”.

Ello llevó a los escritores a un pequeño debate sobre la nostalgia de la ciudad, para que Pacheco señalara que él objeta la nostalgia y está por la memoria:

“Odia esos consejos que dan los viejos a los jóvenes, como si todo pasado hubiera sido mejor, cuando en realidad se trata de dos tiempos distintos, de dos ciudades diferentes. La ciudad ya no es la mía, sino de los jóvenes. La de antes era agradable, pero también era violenta. No se puede idealizar la ciudad.”

El tema lo llevó a una anécdota con Carlos Monsiváis, quien decía que al menos ellos no habían sido corruptos porque por más de treinta años seguían viviendo en las mismas casas.

Su interlocutor alternó la conversación con la lectura de poemas como “De algún tiempo a esta parte” y “Alta traición” (que Pacheco calificó de textos horrendos, “yo no sé por qué siempre escogen esos”) y “Fuego”, el preferido de Solares:

En la manera que se resuelve en chispa y llamarada

luego en silencio y humo que se pierde

miraste deshacerse con sigiloso estruendo tu vida

Y te preguntas si habrá dado calor

si conoció alguna de las formas del fuego

si llegó a arder e iluminar con su llama

De otra manera todo habrá sido en vano

“En este homenaje”, dijo Solares… y JEP (por su firma de la columna “Inventario”, que apareció por vez primera en el suplemento del diario Excélsior Diorama de la Cultura que dirigió el mismo Solares, y que luego se continuó en la revista Proceso) lo atajó: “No es un homenaje”. A lo cual el primero repuso: “Pues para mí sí, por lo menos de mí para ti”. Eso dio pie a que el poeta aludiera a las felicitaciones que se le hicieron el día anterior, cuando el honoris causa:

“Se me acercó una señora muy amable y me dijo que había leído el discurso valiente que había pronunciado. Pero yo no pronuncié ningúno.”

Nueva carcajada, que en otro momento se convirtió en aplauso cerrado cuando Solares leía otro poema y Pacheco se acercó al texto extrañado, para que Solares rectificara porque se había comido un verso.

--¿Qué piensa de la canción que Café Tacuva hizo de Las batallas en el desierto? --se le inquirió por escrito.

“Me gusta mucho. No saben la cantidad de libros que se han vendido gracias a ella.”

 --¿Cuáles son los libros que más recomendaría?

“No sé, decir algo sería puro lugar común. La Biblia, Edipo rey… los que hemos leído todos.”

Más risas, más aplausos. Que incrementa Solares al contar que lo que Oscar Wilde contestó cuando le preguntaron sobre los diez mejores libros en la historia de la literatura: “No sé, apenas llevo siete”. Entonces vino otra interrogante para Pacheco:

             --¿Qué libro lo ha acompañado toda su vida?

  “El directorio telefónico –repuso inmediatamente--. Sin él no se puede hacer nada.”

--¿Qué hacer para cambiar este país y la universidad?

“Del país no sé. De la universidad sí: hacer bien cada uno lo que tiene que hacer. Estudiar, prepararse. Creo que eso sí lo podemos hacer, y lo debemos hacer, porque es la gente, es el pueblo de México el que está pagando para que estemos en la universidad. Con el impuesto a las tortillas lo está pagando. Y lo menos que podemos hacer es regresárselo. En eso sí siento que hay un compromiso.”

--¿Escribir es un infierno?

 “Lo voy a responder como Woody Allen, quien decía que todo estaba mal en el mundo, que ya no había remedio, que la vida no valía nada, que nada tenía sentido. Pero que si en ese momento llegara alguien a matarme, hincado le suplicaría que no lo hiciera.

“Y es que la vida es maravillosa y es terrible. Pero a la vez. Porque puede ser muy placentero dormir, pero es horrible si tienes pesadillas.”

Le preguntaron por el estado de la educación en el país y remitió a la época (los veintes) cuando José Vasconcelos (creador del lema de la UNAM “Por mi Raza hablará el Espíritu”) editó a los clásicos y los difundió por todo el país. Coloquialmente Pacheco encandiló a los jóvenes con esta historia real:

“Entonces los generales le decían que qué sentido tenía eso, y cuando le preguntaron a un campesino frente a él que cómo se llamaba el pueblo donde estaban, él les dijo que no sabía, y cuando le preguntaron que de dónde era, dijo que de ahí. ¿De qué le sirve editar La Divina Comedia para esta gente?, le dijeron los generales.

“Pero Vasconcelos creía en la diseminación. Porque a lo mejor de los veinte mil libros que editó sólo por ahí los leyeron unos dos mil. Eso me pasó a mí. Mis padres compraron algunos de esos libros y por ahí me los encontré. Yo los leí veinte años después.”

Ante la insistencia permanente de Pacheco de que ya había que irse porque “le estamos quitando el tiempo a ustedes y a Mario Vargas Llosa”, Solares cerró con una frase: “La violencia es el veneno y el antídoto es la cultura.”

El aplauso a José Emilio se suspendió por el minuto de silencio que Sealtiel Alatriste pidió para Carlos Monsiváis, quien debió recibir también el honoris causa. Pero al atravesar pausadamente el foro, apoyado en su bastón y del brazo de Ignacio Solares, con una sonrisa impecable, el aplauso de chicas y chicos volvió.

En la puerta postrera de la Nezahualcóyotl, cuando Pacheco iba a abordar el auto con la escritora Rosa Beltrán, quien organizó el evento, llegó Vargas Llosa. Ambos se abrazaron dos, tres veces.

“Nos vemos luego, aquí o en cualquier parte”, le dijo el narrador de La ciudad y los perros al poeta de No me preguntes cómo pasa el tiempo.

Había sido una jornada vibrante, una clase única de literatura en la sala de la máxima casa de estudios.

 

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