"No más sangre", reclaman miles en la ciudad de México

miércoles, 6 de abril de 2011

MÉXICO, DF, 6 de abril (apro).- Convocadas por el sentir unánime del “estamos hasta la madre”, expresado por el escritor Javier Sicilia, unas 10 mil personas marcharon esta tarde al Zócalo capitalino exigiendo el cese de la violencia y, ya frente a Palacio Nacional, colocaron una ofrenda floral y guardaron un minuto de silencio por los 40 mil asesinados durante este sexenio.

De Bellas Artes se abrió paso el contingente de la marcha --convocada desde Cuernavaca, Morelos, por el poeta Sicilia, como reacción por el asesinato de su hijo Juan Francisco, muerto y torturado junto con sus amigos Julio César, Luis Antonio y Gabriel Alejo-- formado por familias con niños, activistas sociales, artistas, intelectuales, sindicalistas, universitarios y ciudadanos que portaban flores blancas y veladoras, mantas con consignas contra la guerra o tambores, ollas y machetes, o lo que sirviera para hacer ruido.

La mayoría eran del Distrito Federal, la ciudad-burbuja, donde no se escuchan balaceras como en el resto del país, y otros pocos llegaron a manifestarse de estados donde los ciudadanos no se atrevería a marchar.

“No más jóvenes muertos en Tepito por narco y mal gobierno”, se abría paso una cartulina en memoria de los siete jóvenes asesinados en octubre del año pasado en ese céntrico barrio defeño, pero cuya muerte quedó sepultada por otras más.

“Llevamos diez años viendo cómo la droga mata a los jóvenes del barrio, porque no tienen oportunidades. Pero ahora los matan distinto: a los siete chavos que mataron los asesinaron con metralleta, fue una forma distinta, y eso tiene que ver con la escalada del narco”, dijo Daniel Pérez, vecino del lugar que portaba la cartulina con el reclamo.

En las mantas abundaban las leyendas conocidas como “Ni uno más” o “No más sangre”, y otras que se estrenaban como “200 mil litros de sangre derramada por Felipe Calderón y sus sicarios”, “Algunos padres son poetas, todos los hijos son poesía”; “Estamos hasta la madre”, “Calderón, no queremos tu guerra” o “¡Fuera García Luna!”.

Algunos eligieron la marcha para destapar su dolor silenciado. Como lo hizo la periodista Margarita Ramírez Mandujano quien, cuando se enteró de que el colaborador de Proceso, Javier Sicilia, convocaba a la marcha nacional, pegó en un fólder la foto de su hermana Emma Laura: abogada, trabajadora de bienes raíces, madre de dos hijos, desaparecida el 16 de julio de 2010 en la ciudad de Colima.

Esa fue su primera salida a las calles, a gritar el dolor por la ausencia de su hermana.

“No confiaba en otras manifestaciones, esta me parece más apegada a lo que creo (…) yo estaba guardando mi dolor, como los japoneses, pero es momento de decir lo que me pasa. Si ya no vamos a saber de ella, que sirva para aunar voces porque, como dijeron, estamos hasta la madre”, explicó mientras escuchaba los discursos de los oradores, expectante del movimiento que podría generar la protesta.

En el Zócalo estaba también la madre de Andrés Cosme Camacho, un abogado defeño penalista desaparecido en un viaje de trabajo el 6 de octubre de 2009, en Guadalajara, como se leía en una cartulina donde se mostraba la foto del treintañero.

“Las autoridades no tienen nada. Nada. Lo único que encontraron fue un chip de su teléfono que encontraron en una lavandería. Yo ya lo busqué en todas partes”, dijo la señora Camacho, vestida de blanco, con lentes oscuros, mientras escuchaba los discursos de los oradores que expresaban solidaridad al poeta por la pérdida de su hijo. Ella escuchaba frustrada.

“Me duele muchísimo todo lo que está pasando, me duele lo que le pasa a ese señor (Sicilia); lo que no me parece es que hablen sólo de la gente como él, que tiene un apellido, y que los medios no den los nombres de los otros jóvenes asesinados con él, y de los otros que han muerto, que son miles, no nada más es uno. Somos muchos los que sufrimos”, dijo.

En el contingente marchaba también el dolor silenciado. El de los que no pudieron protestar en sus lugares de origen. Los que vieron la manifestación capitalina como la oportunidad de gritar el dolor que no pueden desahogar en casa.

Ese era el caso de los hermanos llegados de Arcelia, Guerrero, que cargaban una cartulina con la escueta leyenda “No más secuestros”, como única forma de protestar por el levantón de su hermana, una enfermera que salió a una consulta a domicilio y nunca regresó a casa. No quisieron dar su nombre. Lloraban del susto. Desde que pusieron la denuncia ante el Ministerio Público, comenzaron a recibir amenazas. Pedían el teléfono de la activista Isabel Miranda Wallace.

Similar era el caso de la maestra de danza Beatriz Alba, quien viajó con su hijo desde Acapulco para unirse a la marcha y se marcó con plumón los brazos con un nombre: Erika Lizeth Chávez Victorio; era su alumna de 20 años, quien iba a ser arquitecta si no la hubieran asesinado.

“En Acapulco la levantaron y la secuestraron, pedían cantidades estratosféricas por su rescate, sus papás sólo pudieron juntar 30 mil de los 800 mil pesos que les pedían. El 5 de noviembre del 2010 la encontraron muerta, ahorcada, en una caja de pañales, con cinta adhesiva, ¡como si fuera un perro! Su crimen quedó impune, como de costumbre”, dijo Beatriz entre lágrimas.

“Desde que se destaparon esas matanzas y de que empezó este gobierno, empezaron a matar a lo güey, a destazar, desollar, decapitar. Acapulco se volvió un infierno”, reprochó.

Abundaban los artistas. Uno de ellos, Joaquín Cossío, el actor que interpretó al narcotraficante “El Cochiloco” en la película El Infierno, dijo a Apro:

“Yo no vengo a manifestarme contra la violencia y la inseguridad, sino contra la impunidad, porque se puede matar y no se castiga a nadie, y contra la incapacidad de los cuerpos de justicia, de seguridad y del Estado para protegernos”.

Consideró que una marcha así debía haberse organizado hace mucho tiempo, como cuando asesinaron a la familia de la activista juarense Josefina Reyes o a la señora Marisela Escobedo, afuera del palacio de gobierno de Chihuahua.

“Esta manifestación contraviene el discurso oficial del ‘aquí no pasa nada’, y contraviene el acuerdo que hicieron los medios para construir un ambiente favorable al discurso viejo del gobierno del ‘no está pasando nada’, ‘sólo mueren los involucrados con el narco’, ‘la violencia es peor en otros países’”, dijo el actor.

De las bocinas se escucharon las palabras del escritor Sicilia, que desde Morelos pedía que los muertos no fueran tratados como “daños colaterales”, que anunciaba el plantón que encabezará en Cuernavaca y que ahí realizará una consulta ciudadana sobre qué debe hacerse para acabar con la violencia. La gente aplaudió. Guardó silencio. Formó un altar de muertos en la astabandera.

Entre los que llegaron a manifestarse estaba Mariana Martínez, estudiante de sociología oriunda de Cuernavaca, tristísima por su experiencia de balaceras, frustración, coraje, militarización y luto, quien dijo:

“Estoy harta de tanta matanza, me mataron a mi amigo Julio César Romero hace una semana, venía con el hijo de Sicilia. Sé que una marcha no cambia las cosas, pero por algo tenemos que empezar”.

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