Ernesto Sábato en el lugar de las tinieblas

miércoles, 18 de mayo de 2011
MÉXICO, DF., 18 de mayo (Proceso).- Un mes antes de que se festejara su centenario ha muerto Ernesto Sábato, quien llena con su obra y su actividad más de medio siglo de literatura argentina. Los centenarios en vida son un fenómeno que no existió antes ni se repetirá. Nadie sabe cuál es el secreto de la longevidad. Francisco Ayala atribuía la suya a no haber hecho nunca ejercicio, Alfonso Taracena a haber comido siempre cosas guisadas con manteca de cerdo. Si alguien tratara de imitarlos no sólo no llegaría a cumplir cien años sino tal vez no alcanzaría el mes de diciembre. Sábato abandonó una brillante carrera de físico y matemático para dedicarse a la literatura en busca del sentido de la existencia. Su primer libro Uno y el universo (1945) fue una crítica a la confianza excesiva en la ciencia y su aplicación práctica, la tecnología, y su negativa a ver las tinieblas que forman parte indesligable de nuestra condición.   El absurdo y el caos   Después de muchas novelas que dejó para siempre inéditas, en 1948 Sábato publicó al fin El túnel. Roger Caillois había pasado en Argentina los años de la Segunda Guerra Mundial.  Su vínculo con el grupo de Victoria Ocampo y la revista Sur facilitó que El túnel se publicara en Gallimard. Llamó la atención de Albert Camus y después de él de muchos escritores europeos, lo que nunca había ocurrido con un novelista hispanoamericano. En su radical argentinidad El túnel encarnaba las preocupaciones de la época como el absurdo y el caos del mundo y la imposibilidad de comunicarnos. La historia del pintor Juan Pablo Castel y sus amores con María Iribarne que terminan en el asesinato, muestra que la lógica y la razón no bastan para explicarse la existencia ni al ser humano: “Que el mundo es horrible es una verdad que no necesita demostración”.   La novela total y los decapitados   Pasaron trece años antes de que Sábato publicara otra novela: Sobre héroes y tumbas (1961), la última ficción hispanoamericana anterior a lo que se llamó “el boom.” Sin embargo, Sobre héroes y tumbas es también un intento de novela total en que Buenos Aires aparece como protagonista al mismo tiempo que sus personajes centrales Martín del Castillo y Alejandra Vidal Olmos. En este sentido tiene un antecedente reconocido por Sábato en Adán Buenosayres (1948), la novela de Leopoldo Marechal, compañero juvenil de Borges en la vanguardia de los años veinte, que se convirtió en peronista. La revista Sur liquidó Adán Buenosayres con una reseña de Eduardo González Lanuza que la consideró “el Ulyses de Joyce contada en el lenguaje del padre Coloma” (el autor de Pequeñeces y Jeromín). A lo largo del libro se entreteje la historia de la retirada del general Juan Gallo Lavalle, aliado de San Martín en las campañas de Perú y Ecuador. Más tarde, en la guerra civil entre unitarios y federalistas, Lavalle invade la Argentina en 1839 para derrocar al dictador Juan Manuel de Rosas. Vencido en 1841, Lavalle es asesinado en Jujuy. Aquí aparece La Mazorca, el grupo de sicarios argentinos que se caracterizó por sus decapitaciones. Es un ejemplo de cómo el texto fijo en las páginas de un libro está siempre en movimiento y no deja de emitir nuevos significados. Para nosotros hoy tiene una resonancia atroz lo que sucede en torno al hecho bárbaro de las decapitaciones. La niña Escolástica, la tía demente con quien Alejandra vive en una casa del barrio de Barracas, recibió por la ventana la cabeza de su padre y durante ochenta años vive como muerta encerrada en su cuarto.   Informe sobre ciegos   La parte de Sobre héroes y tumbas que terminó por devorar la novela y adquirir vida propia es el Informe sobre ciegos.  Sábato tuvo desde sus primeros trabajos una extraña obsesión con la ceguera. El personaje Fernando Vidal escribe que el mundo no está en manos de Dios sino que lo gobierna El Príncipe de las Tinieblas mediante la Secta Sagrada de los Ciegos que dominan el planeta a través de “las pesadillas y las alucinaciones, las pestes y las brujas, los adivinos y los pájaros, las serpientes y en general todos los monstruos de las tinieblas  y las cavernas.” Se podría documentar que este repugnante prejuicio de Sábato es anterior a los años en que se erigió como el más severo y obsesivo crítico de Borges. Éste, por su parte, no condescendió jamás a responderle. La más brutal, elegante y lacónica observación corresponde a la parte no escrita de su obra. Cuando llega a Italia le dicen que las librerías están llenas con la traducción de Sobre héroes y tumbas que tiene una fajilla roja: “Sábato, el rival de Borges.” Respuesta: “Qué chistoso. Yo nunca permitiría que en un libro mío pusieran la fajilla: Borges, el rival de Sábato.”   Por Borges   En 1974 Orlando Barone  intentó reconciliarlos y hacerlos conversar. El fruto de ese encuentro fue el libro Diálogos Borges-Sábato. La última página de su antología Lo mejor de Ernesto Sábato (1989) son las palabras para el homenaje a Borges en la Biblioteca Nacional de París: “Cuando todavía yo era un muchacho, versos suyos me ayudaron a descubrir melancólicas bellezas de Buenos Aires. En viejas calles de barrio, en rejas y aljibes de antiguos patios, hasta en la modesta magia que la luz rojiza del crepúsculo convoca en charcos de agua. Luego, cuando lo conocí personalmente, supimos conversar de Platón y de Heráclito de Éfeso, con el pretexto de vicisitudes porteñas. Más tarde, ásperamente, la política nos alejó. Porque así como Aristóteles dijo que las cosas se diferencian en lo que se parecen, en ocasiones llegan a separarse por lo que aman. “¡Cuánta pena para mí que eso sucediera! “Su muerte nos privó de un mago, de uno de los grandes poetas de cualquier tiempo. Y todos los que vinimos después –inevitablemente—hemos tomado algo de su tesoro.”   Asesinatos, torturas y desapariciones   Sábato publicó una última novela Abaddón el exterminador (1964), al mismo tiempo quijotesca y vanguardista en que juega un doble papel como autor y como personaje. También hizo muchos otros libros de ensayos, como Heterodoxia (1953), El escritor y sus fantasmas (1963), Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre (1968). Al caer la dictadura militar Sábato presidió la Conadep, encargada de investigar las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Argentina de 1976 a 1983. En 1984 entregó al presidente Alfonsín el informe de la comisión que se conoce como “Informe Sábato” y está en el libro Nunca más (1985) en que figuran los estremecedores testimonios de los asesinatos, tormentos y desapariciones. Gracias al “Informe Sábato” fue posible procesar a los militares y marinos que integraron las sucesivas juntas militares.   Con Pedro Henríquez Ureña   En sus últimos años Sábato recibió toda clase de homenajes y reconocimientos, entre ellos los premios Cervantes y Menéndez y Pelayo.  Antes del fin (1998) fue su testamento y despedida, y en un sentido simbólico el último libro argentino e hispanoamericano del siglo XX. Hay en estas páginas finales un nuevo y conmovedor homenaje a Pedro Henríquez Ureña, visto en el tren de Buenos Aires a La Plata con su portafolios lleno de exámenes corregidos. Dice Sábato que Argentina lo trató tan mal como si fuera argentino y ni siquiera ascendió a profesor titular a esta figura esencial de las letras hispanoamericanas. Aparte de su obra personal, Henríquez Ureña fue en México el maestro de su propia generación, la de 1910 o el Ateneo de la Juventud, y de la siguiente en la que tuvo discípulos como Daniel Cosío Villegas y Salvador Novo. En Argentina fue, con Alfonso Reyes, el incitador que convirtió al joven ultraísta de Fervor de Buenos Aires en el Borges que todos conocemos.   Indispensable Sábato   Sábato trató de ser fiel a las palabras de Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia sino al servicio de quienes la padecen.” Para él un escritor debe ser “un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte: para el martirologio. Es arduo el camino que le espera: los poderosos lo calificarán de comunista por reclamar justicia para los desvalidos y los hambrientos;  los  comunistas  lo tildarán  de reaccionario por exigir libertad y respeto para la persona. En esta tremenda dualidad vivirá desgarrado y lastimado, pero deberá sostenerse con uñas y dientes.” Para admirarlo, para celebrarlo, para impugnarlo y pelearse con él, Ernesto Sábato fue parte indispensable de nuestro siglo veinte hispanoamericano. Su muerte nos priva de un ser irremplazable, el ermitaño de Santos Lugares, provincia de Buenos Aires, el más humilde de los egocéntricos, el más protagonista de los marginales. Quedan sus libros tan grandes y tan imperfectos como la realidad. A ellos volveremos una y otra vez aunque nunca alcancemos los cien años. (JEP)    

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