¿Tiene posibilidades la izquierda?

lunes, 26 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 26 de julio.- Los errores de López Obrador durante y después de las elecciones de 2006, el ancestral faccionalismo de la izquierda, el mezquino aggiornamiento de Jesús Ortega que terminó por hacerle el juego a la campaña mediática contra AMLO y el solapamiento de sus miembros corruptos, han llevado al PRD y a sus partidos aledaños –esa mezcla del viejo priismo nacionalista, de movimientos de izquierda desamparados por la debacle de la URSS y de oportunistas– al triste papel de comparsa de su adversario fundamental, el PAN. Lo más grave de esa mezcla innatural no es sólo que no produce nada sino que ha desdibujado de manera inquietante su rostro. Desconcertado, arrinconado, desacompasado frente a lo adverso, el PRD ha reducido su grandeza a evitar que el PRI vuelva a gobernar. 

¿Dónde quedó el proyecto que en 2006 movilizó a una enorme ciudadanía? ¿Dónde la lucha por los despojados de este país? ¿Habría que decir que la culpa de su situación se debe a que –como lo señaló Lorenzo Meyer en la entrevista que Proceso le hizo en su número 1758– nuestra élite de poder “fue tan temerosa, tan mezquina, tan poquita cosa, que se espantó”?

No lo creo. Si el PRD es esa triste cosa que hoy sirve de comparsa al PAN y no alcanzó ni siquiera a mantener su proyecto de nación, se debe a que los perredistas salieron al campo político con mentalidad perdedora. No sólo cometieron, durante las elecciones de 2006, los suficientes errores para perder, sino que una vez que los cometieron y aceptaron la guerra sucia –recordemos que AMLO decidió ir a las urnas con ella y sólo tomó la avenida Reforma cuando perdió–, una buena parte de la izquierda terminó por aceptar también que “López Obrador era un peligro para México” –el aggiornamiento  de Jesús Ortega es su rostro más claro.

Por lo tanto, la culpa de su debacle no la tienen las élites, sino la propia izquierda y su mentalidad colonizada, su mentalidad –para retomar la hipótesis que el propio Meyer esgrimió en la entrevista citada de que México fue una “colonización de explotación”– de explotados y siervos. La culpa no es de esa minoría que tiene el dinero y los medios a su servicio, sino de una izquierda que, a pesar de sus bravatas –siempre hechas a destiempo– y de sus derechos democráticos, conserva en su ethos el estigma de la Colonia y continúa aceptando que en México –vuelvo a Meyer– haya “dos tipos de seres humanos: los poquitos que tienen el derecho a mandar, los capaces de entender las complejidades de la vida política, y el resto [representado por las actitudes, las desuniones de la izquierda y sus mezquinos oportunismos] que son los siervos”.

Si las élites existen y gobiernan no es porque sean poderosas, sino porque, como lo demostró Gandhi, hay una mayoría dispuesta a aceptar que esa élite tiene razón; que esa mayoría y sus proyectos incluyentes son inferiores a la “grandeza” de las élites que “gobiernan”.

¿Habrá entonces que resignarse a ver una izquierda arrasada y servil que estúpidamente camina a su desaparición, a su engullimiento en la crisis de los sistemas políticos en donde la distinción entre izquierdas y derechas es un simple asunto de semántica que sirve de comparsa a las élites económicas? ¿Habrá que aceptar que el padecimiento de la izquierda es un asunto de determinismo étnico irresoluble, tan irresoluble como el diagnóstico que de ese ethos hicieron Samuel Ramos y Octavio Paz en El perfil del hombre y la cultura en México y en El laberinto de la soledad? 

Yo no lo acepto. Debajo de la forma idiota con la que después de 2006 la izquierda se ha comportado, el proyecto está allí, aunque soterrado. Mientras la izquierda cupular y los medios se han dedicado a mostrar su desdibujamiento, López Obrador ha mantenido en la gente –es decir, allí donde realmente habita la vida política– su proyecto de nación. Debajo de esa cosa ridícula que se ha dado en llamar el “gobierno legítimo”, de graves errores de los que tiene que cuidarse –AMLO necesita a su lado asesores con una profunda visión ética e integradora– y de los medios que han decidido ignorarlo, López Obrador, con una voluntad semejante a la de Juárez durante el segundo imperio, ha recorrido el país con su proyecto a cuestas. 

Si la izquierda quiere salir de la trampa en la que ella misma se metió y volver a darle una salida a la nación, deberá volver a cohesionarse alrededor de esa figura y de su proyecto –un proyecto que deberá afinarse en el tiempo que resta para ganarse la confianza de los empresarios honestos, romper los monopolios, volverse hacia el zapatismo y otras causas populares, crear una lúcida política social que pueda limitar al crimen organizado y refundar el sindicalismo, espantosamente corrompido desde su nacimiento–; eso exige una fuerte dosis de humildad y de sentido ético. 

Lo que el PRD ha olvidado es que para crear la justicia social no se necesita ni estar al día, es decir, aggiornado, ni crear planteamientos ingeniosos. Exige, como lo han hecho López Obrador y el zapatismo –hay que retomar mucho de lo que esta otra lucha negada ha dado a la nación– un profundo sentido común y esas cosas sencillas que se llaman unidad, clarividencia, energía y desinterés. Sin ellas, tanto la izquierda como el país irán a su absoluta ruina en 2012.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

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