Vicente Leñero: notas sobre una amistad

domingo, 15 de mayo de 2011
MÉXICO, D.F., 15 de mayo.- El jueves 12 Vicente Leñero se convirtió en miembro de número de la Academia de la Lengua. Es un constructor de palabras que domina todos los géneros (salvo la poesía, cuyo ejercicio público abandonó en la adolescencia). Hubiera podido ser elegido miembro de esa corporación, a la que han pertenecido casi todos los grandes de las letras mexicanas, como periodista, narrador, escritor para el cine. Con igual justeza se le llamó como dramaturgo, a fin de que ese arte no dejara de tener presencia en el cenáculo académico tras la muerte de Víctor Hugo Rascón Banda, cuyo asiento ocupa. A comienzos del año pasado, Gonzalo Celorio tuvo la feliz iniciativa de proponer el ingreso de Leñero. Nos invitó a Felipe Garrido y a mí a secundarla, lo que hice con entusiasmo, lector asiduo como soy de la literatura de Leñero desde que apareció La polvareda y otros cuentos, su primer libro. Por unanimidad, la Academia aceptó la propuesta de Celorio,  y Leñero fue elegido el 11 de marzo de 2010. Conforme al estatuto,  asistió a por lo menos 10 sesiones quincenales, y una vez cumplido con toda puntualidad el requisito, se fijó el 12 de mayo de 2011 para su ingreso. La ceremonia ocurrió en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Leñero hizo un discurso “en defensa de la dramaturgia”, y yo le contesté (porque el nuevo académico me hizo el honor de invitarme a decir las palabras de bienvenida) en términos que pueden ser consultados en la página de la Academia. En ese discurso, dedicado a la obra de Leñero, me abstuve deliberadamente de toda intromisión personal. Pero experimento la necesidad de compartir con los lectores de Proceso, una revista que bajo la dirección de Julio Scherer contribuimos ambos a crear, algunas de las vivencias de nuestra ya antigua relación. Vicente cree que nos conocimos en 1970. A propósito de la puesta en escena de su obra Compañero, dice en su libro Vivir del teatro: “Miguel Ángel Granados Chapa, a quien conocí en esa ocasión, me entrevistó largamente en el café Palermo y publicó una nota muy alentadora en Últimas Noticias de Excélsior”. Es comprensible esa creencia de Vicente, porque cuando realmente crucé con él palabras por primera vez estaba en una de las primeras cumbres de la cordillera profesional que ha sido su carrera, lo que lo obligaba a trabar contacto con toda clase de personas, y muchas. Yo era un muchacho de 22 años, que daba sus primeros pasos como reportero. Fui presentado, a petición mía, por Ernesto Ortiz Paniagua, un poeta y periodista a quien tenía poco de conocer. En abril de 1964 ambos fuimos contratados por Manuel Buendía para constituir la planta de redacción de Crucero, un semanario que apareció el primer domingo de mayo de ese año. Aunque la edición estaba ya cerrada el Día del Trabajo, Buendía nos  convocó a hacer guardia en esa fecha, por si algo se ofrecía. Cuando se percató de que nuestra presencia no era necesaria, nos permitió disfrutar del asueto y salimos de la redacción, situada en Insurgentes centro, entre Edison y San Cosme. Era media tarde, habíamos ya comido e invité a Ortiz Paniagua a tomar un café. Era un muy grato compañero de trabajo. Ocultaba sus méritos literarios de modo semejante a como atenuaba su presencia misma. Sus amigos lo conocían como Fanty, pues se deslizaba como un fantasma, como pidiendo perdón por estar allí, con su rostro amable y su sonrisa apenas insinuada. No podía aceptar mi invitación, me dijo, porque iba a encontrarse con su amigo Vicente Leñero en un café de la Zona Rosa. Con impertinencia de la que no me arrepentiré jamás, pregunté a Ortiz Paniagua si podría saludar al escritor recién laureado, tras de lo cual me retiraría. No, hombre, me dijo el poeta, venga conmigo; estoy seguro de que a Vicente le gustará conocerlo. Yo había leído, como dije, el primer libro de cuentos de Leñero, y su primera novela, La voz adolorida, y, ojeando números atrasados de la revista Señal –de donde Ortiz Paniagua había salido para ir a Crucero–, algunos de sus reportajes de años anteriores. Estaba además enterado de que el año anterior había recibido el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, en Barcelona, por una obra que sólo leí más tarde, cuando llegó a México, titulada Los albañiles. Hasta fecha reciente yo había participado en la Acción Católica, y aún lo hacía en los equipos de estudio de la Parroquia Universitaria, bajo la dirección de un sacerdote “de cultura francesa”, como se llamaba a sí mismo para no confesar que era suizo, Tomás Allaz. En esos círculos teníamos a orgullo el brillo de Leñero porque había militado en la Acción Católica, escrito en la revista Señal y publicado su primer libro en la editorial Jus, de filiación igualmente católica. Caminando por una desierta Avenida de los Insurgentes, Ortiz Paniagua y yo ganamos la calle de Hamburgo, y antes de llegar a Génova el poeta de paso silencioso me condujo al café Karmel, cuya historia e importancia conocí después. Ya estaban allí Leñero y un amigo, al que identifiqué tan pronto dijo su nombre. David Orozco Romo era un enérgico dirigente sinarquista, abogado y gran orador. No supe nunca si era también un intruso, pero el que estuviera al lado de Leñero me hizo sentir confianza para quedarme allí, aunque no tanto para participar activamente en la conversación de Leñero y Orozco sobre cultura y política (Díaz Ordaz estaba a punto de ser elegido presidente). Yo hubiera tenido algo que decir, pues cursaba el último año de dos carreras universitarias y contaba con mis lecturillas propias. Pero preferí escuchar. Bebimos mucho café y nos separamos cuando ya pardeaba el día. No vi de nuevo a Leñero durante los siguientes años (hasta aquella entrevista de 1970, que yo creí me había concedido en recuerdo de nuestro encuentro). Ortiz Paniagua se marchó de Crucero antes que yo, y aunque no perdimos contacto, no teníamos asiduidad como para coincidir de nuevo con Leñero, quien siguió su carrera literaria y periodística; además de publicar espléndidos reportajes en la revista Claudia, que el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana reunió en dos cuadernos que se volvieron ejemplo de literatura periodística. Leñero fue nombrado director de esa revista, y allí fui a buscarlo una mañana de 1972. Yo tenía ya la fortuna de trabajar al lado y bajo las órdenes de Julio Scherer, como ayudante de la dirección general y corresponsable, con Miguel López Azuara, de las poderosas páginas editoriales de Excélsior. Don Julio escuchaba mis opiniones sobre asuntos varios de la cooperativa y oyó con interés mi propuesta de invitar a Leñero para dirigir Revista de Revistas, que se moría número a número y no le importaba a nadie. Puesto que yo era el de la iniciativa, Scherer me instó a llevarla adelante. En Los periodistas, Leñero narra que le pregunté si le “gustaría ingresar a Excélsior como director de Revista de Revistas (…) tenía un largo historial en el periodismo mexicano, pero en los últimos tiempos se hallaba muy descuidada. Había el plan de renovarla radicalmente. Si la propuesta me interesaba, debía hablar con Julio Scherer. “–En principio me interesa. “–Piénsalo bien antes –me advirtió Miguel Ángel–. Si hablas una vez con el director ya no podrás decir no. “–Todo depende. “–No podrás decirle no –insistió Miguel Ángel. “Era cierto. Aunque yo necesitaba poco para aceptar, la cordialidad sofocante de Julio Scherer me acorraló desde el principio. Empezó convenciéndome de que Excélsior era el sitio ideal para mí, y cuando traté de averiguar en qué tipo de semanario quería convertir a Revista de Revistas, respondió dándome absoluta libertad para decidir: lo que tú quieras, como tú quieras. Lo importante es que te vengas con nosotros ya, mañana mismo.” Casi tan rápido como demandaba Scherer, Leñero trocó la dirección de Claudia por la de Revista de Revistas. Escribía además un artículo semanal para las páginas editoriales, donde pronto adquirió prestigio y notoriedad como opinante, aun cuando ya contaba con ellos en otros ramos de la escritura. Trabajábamos muy de cerca y fuimos consolidando una amistad que Leñero, generosamente, ampliaba hasta el campo de la política interna. Aun cuando no le interesaban los asuntos de la cooperativa, me entregaba su confianza en los avatares de la casa. Actuamos juntos en el activismo previo al 8 de julio de 1976, y juntos nos fuimos, vencidos por la traición de Regino Díaz Redondo potenciada por el poder de Echeverría. Tras nuestra salida, el equipo que acompañó a Scherer en su ostracismo decidió crear de inmediato una agencia de noticias, de la que se hizo responsable Miguel López Azuara, y una revista semanal. En circunstancias menos tensas –algo imposible pues enfrentábamos la persecución gubernamental– el indicado para dirigir la nueva publicación habría sido Leñero. Era el único que tenía experiencia en la confección y dirección de esa clase de órganos periodísticos, pero jamás alegó esos méritos y no vaciló en aceptar responsabilidades bajo la dirección de otros menos calificados. Yo, por ejemplo.

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