El dolor transfronterizo

miércoles, 15 de agosto de 2012
PHOENIX (apro).- Mientras se desplazan por las amplias carreteras del territorio estadunidense, los dos autobuses donde viajan las víctimas de la guerra contra las drogas en México parece que se pierden entre la riada de vehículos que transitan diariamente por el inmenso imperio norteamericano. Este grupo de mexicanos tuvieron que salir del país para intentar que se escuchara su voz en suelo estadunidense y decirles que también tienen una responsabilidad en los muertos de la guerra contra las drogas en los dos países. Salieron de México luego de que Felipe Calderón traicionó su palabra con el veto a la Ley de Víctimas, al abandonar la Procuraduría de Víctimas y al mandar a hacer su propio monumento a las mismas víctimas de la guerra contra el narcotráfico, sin tomar en cuenta a las familias de los 70 mil muertos y 20 mil desaparecidos en lo que va de su gobierno. Ante la indolencia de Calderón, que esta más preocupado por buscar un lugar seguro al término de su gobierno, las familias que integran el Movimiento para la Paz con Justicia y Dignidad, encabezadas por Javier Sicilia, decidieron realizar esta caravana que para muchos es una locura. Y si, parece una locura si vemos el penar y sacrificio que 40 de estas familias están haciendo en su peregrinar por el territorio norteamericano solo para alzar su voz y hacer que los ciudadanos y gobierno de Estados Unidos volteen a ver que a un lado y se den cuenta que la guerra no esta lejos, en Irán o Irak, sino en México. Con un presupuesto de apenas 300 mil dólares conseguidos de organizaciones ciudadanas norteamericanas, la Caravana de la Paz comenzó su periplo en San Diego, California, el pasado domingo 11 de agosto, y terminara el 12 de septiembre en Washington. Cada día los caravaneros --ancianos, niños, mujeres y hombres, periodistas y simpatizantes--, se quedan en las iglesias católicas, en casas o negocios compartiendo el suelo y los pocos baños donde se asean a jicarazos. La comida la proporcionan restauranteros, pequeños empresarios y asociaciones religiosas comprometidas con las causas sociales. La caravana se ha ido ampliando con el paso de los días y ahora son cerca de 80 los que viajan juntos. Poco a poco han ido abriendo brecha por los caminos modernos de la primera potencia política del mundo. Hasta ahora, en su primera semana, los medios y autoridades latinas son las que han expresado su solidaridad, pero falta llegarle al corazón y los oídos de los norteamericanos de clase media que son autorreferenciales y al gobierno de Barak Obama, que está más preocupado por la reelección que por sus vecinos del sur. El mensaje de paz con las demandas de establecer medidas más estrictas para la venta ilegal de armas a México, mirar el problema de las drogas desde el punto de vista de la salud y no de seguridad nacional, y proteger los derechos de los migrantes, parece no tener una respuesta del norteamericano medio preocupado por su propia crisis financiera y los fantasmas de la guerra contra iraníes e iraquíes, que desde la era de los Bush les retacaron en la cabeza todos los días a través de una propaganda mediática. Pero conforme avance la caravana y se acerque a Washington la voz de las víctimas podría crecer y ser atendida por los candidatos presidenciales interesados en el voto latino que ha crecido en las últimas elecciones. Podrían lograr lo que no pudieron en las pasadas elecciones presidenciales de México, ser tomados en cuenta por los candidatos. Los caravaneros de la paz muestran en sus caras el esfuerzo de viajar en condiciones adversas y con escasos recursos –muchos de ellos apenas traen algunos dólares para una emergencia--, pero aprovechan cada acto, cada reunión, cada entrevista para contar sus historias de terror, para narrar sus tragedias y sus penurias, para decirles que el dolor no tiene fronteras y hacer despertar a los norteamericanos de su sueño aletargado de bienestar y de que la guerra está lejos de sus casas.

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