Mil espacios para el teatro

viernes, 25 de enero de 2013
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace tres semanas en este espacio propuse mil pantallas para el cine mexicano. No es casual que entre aquellos que me tuitearon su entusiasmo, abundaron los teatristas. Si en un año pueden habilitarse mil carpas inflables en espacios públicos para proyectar cine mexicano a millones de ciudadanos, ¿qué podríamos lograr por nuestra parte los teatristas, con un arte mucho más vivo y más portátil? Una breve detención para apreciar el estado de salud de nuestro teatro. Tenemos en la Ciudad de México una oferta teatral numéricamente equiparable a la de Nueva York, Londres o Buenos Aires. Nuestros empresarios teatrales gozan de un estímulo fiscal establecido el año pasado que ha multiplicado las puestas. Los teatristas –dramaturgos, actores, realizadores varios– disponen de algunas becas. Y el gran público del teatro en nuestro país no es grande, es poquito. Por cierto mucho mayor que el de las otras artes, si uno descuenta el cine, pero dada la oferta teatral, poquito. Estas son las cifras. El año antepasado (no hay cifras más frescas) 1 de cada 10 mexicanos asistió al teatro. Dato interesante: hace 10 años, con menos oferta teatral, la proporción era idéntica: 1 de cada 10 mexicanos asistió al teatro. Y hace 20 años, aun con menos oferta teatral, la proporción era igual: 1 de cada 10 mexicanos asistió al teatro. Algo está podrido en Dinamarca, exclama Hamlet. Algo está malentendido en nuestra política cultural en cuanto al teatro. Las becas, los subsidios, los alicientes fiscales, han multiplicado las obras de teatro y su calidad, pero nada de consecuencia real se ha hecho para que ese gasto derive en un beneficio para la sociedad. De cierto, gracias a la acción estatal, cada década ha habido menos público para cada puesta en escena. El teatro es la red en la que atraparemos la conciencia del Rey, exclama Hamlet. El teatro ha sido desde tiempo de los griegos antiguos, acaso desde más atrás, desde los tiempos donde los primates habitaban en cuevas y ahí representaban la vida, la red donde la conciencia del grupo acuerda las historias que dirigen la vida común. En nuestro México deshecho en facciones, donde las únicas conversaciones verídicamente nacionales son la lucha por el Poder (en su expresión de política y en su expresión de guerra), el futbol y las telenovelas, el teatro podría recuperar su misión esencial. Atrapar la conciencia del grupo en nuevas historias. ¿Dónde se atora el teatro? ¿Dónde se empantana dentro de un círculo menor al 10% de la población? La respuesta es simple: ahí donde la acción del Estado se detiene y ha dejado que su inversión en las artes sea estéril socialmente: en el paso a la exhibición es donde se estrecha. En el caso particular del teatro, es en los teatros –los espacios para que llegue la gente y actúen los actores–. Los teatros son insuficientes ya en la Ciudad de México, y siendo que acá se encuentran más de la mitad, en el resto de la República, si uno descuenta algunas ciudades como Monterrey, Guadalajara, Guanajuato y Puebla, un teatro es casi un milagro. Pero el verdadero problema es mayor. Los teatros que operan, operan con precios imposibles para la extensa mayoría de los mexicanos. El precio promedio del boleto de teatro es de 300 pesos, en un país en el que el salario mínimo es de 65 pesos. Aun el teatro completamente subsidiado cobra boleto de 100 o más pesos. La responsabilidad del absurdo podría depositarse en los teatristas. Sería injusto: las cuentas no salen si no se cobran boletos de ese precio, y es que el teatro mexicano opera de jueves a domingo. Hace 10 años lo hacía de martes a domingo. Hace 20 años agregaba matinés los sábados y los domingos. Lo dicho: en cuanto al público, caminamos como el cangrejo, hacia atrás. Para romper el círculo vicioso –poco público, boleto caro– algo debe cambiar. Yo sugiero dos vías. Una ridículamente simple. El Estado podría repensar sus subsidios y dedicar buena parte de ellos al público: subsidiar el boleto de teatro. Juego con trampa. Señalo una acción que ya se hace cada miércoles en algunos teatros del Estado con el resultado de llenos en las salas. Replicarlo en todas las salas todos los días tiene sentido. Y guardo para el final mi sugerencia de crear mil espacios nuevos para el teatro. ¿Cómo? Olvidándose de la cajota de cemento que son los teatros, ese invento reciente del arte dramático. Regresar el teatro a su esencia, actores y público e imaginación. Así nació el teatro en las cavernas, cuando alrededor del fuego se representaba la vida del grupo ante el grupo; así tuvo uno de sus momentos de oro en Grecia, en ágoras. Así podríamos crear un teatro sin paredes, pero con el lujo de alta tecnología de audio y lumínica. Un teatro épico que aproveche los espacios enormes de las plazas y los zócalos, los bosques y las selvas; o un teatro íntimo que invente su juego en los lugares más inusitados, en edificios derruidos o en una sala de una casa o en una playa. Juego otra vez con truco. Otra vez cuento de una experiencia ya probada. El Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena representaba en bosques y selvas y parques. Usaba de ciclorama la espesura de árboles centenarios y sus actores se movían a veces con caballos. Recuérdese la aparición inolvidable de la Muerte en Bodas de sangre: un esqueleto blanco montado en un caballo negro con una capa de 20 metros arrastrando por la hierba: fue primera plana de la sección de Arte del New York Times. eXtras, con mi dirección y la actuación de los hermanos Bichir, recorrió 54 plazas del país. Los actores con micrófonos inalámbricos podían representar, y representaron, usando de ciclorama el mar o la fachada de una catedral o una parroquia, subiendo por escaleras o bajando a una piscina vacía. Químicos para el amor, una puesta colectiva de un texto de Carmina Narro, sucedía en una cafetería, cualquier cafetería, merced también a los mágicos micrófonos inalámbricos. Philip Amand y Luis de Tavira inventaron los tráileres que se convertían en escenarios en un instante, y dieron en ellos funciones en el estado de Michoacán hace dos lustros. Hoy en la Ciudad de México jóvenes e intrépidos teatristas hacen el Teatro a Domicilio (uno paga 5 mil pesos y puede invitar a ver teatro en su casa a cuantos quepan). Ese es el reto: mil espacios para el teatro. En este México en guerra, no peor ni mejor que la Inglaterra convulsa de Shakespeare, no peor ni mejor que la Grecia de las guerras del Peloponeso, la comunidad teatral puede tomar por asalto el territorio inmenso de la invención y sembrarlo con nuevas formas de representación. No sé el lector, pero a mí esa obra de teatro es la que me gustaría ver.

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