Las costureras 30 años después

viernes, 25 de septiembre de 2015
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La industria de la confección fue la más golpeada –como industria– por el terremoto del 85. La Cámara Nacional de la Industria del Vestido (CNIV) habló de 500 establecimientos afectados gravemente y de más de 200 totalmente destruidos. Algunos empresarios perdieron todo, pero quienes perdieron la vida fueron las costureras. La mayoría de las fábricas afectadas en la zona de San Antonio Abad y en el centro (Ecuador, Isabel la Católica, Belisario Domínguez, 20 de Noviembre) eran talleres de maquiladores para grandes firmas. El sobrepeso causado por el hacinamiento de maquinaria y telas, o por la concentración desmedida de talleres (el edificio de ocho pisos de Izazaga 65 albergaba 50) potenció la tragedia. Las cifras que aparecieron en la prensa de entonces oscilaron entre 600 y mil 600 costureras muertas. La indiferencia de algunos patrones, que rescataban la maquinaria y las telas antes que los cadáveres de sus trabajadoras, o que se negaban a pagarles a las sobrevivientes los días trabajados aduciendo bancarrota, sensibilizó a la opinión pública nacional e internacional sobre las espantosas condiciones en que laboraban. No obstante el gobierno, las centrales sindicales y la Cámara del Vestido conocían de sobra la ilegalidad en que trabajaban –a destajo, sin salario base, sin antigüedad, con contratos eventuales, sin prestaciones, en condiciones insalubres–. La importante cobertura periodística que tuvo el caso y la presencia de grupos de diferentes sectores de la población convirtió esa situación en un foco de atención. Las costureras se volvieron emblemas de la explotación laboral y ante el escándalo el gobierno y la CTM tuvieron que manifestarse a favor de ellas. Fidel Velásquez pretendió “disculparse” diciendo que él no sabía nada de la situación de explotación de las costureras, pues “a él le cosían su ropa en casa”. Mientras la prensa nacional e internacional seguía informando sobre los casos de costureras obligadas a trabajar en edificios clausurados, y de costureras que demandaban a los patrones que se declaraban en quiebra pero que abrían fábricas bajo otro nombre en Naucalpan, la solidaridad fluyó. Al campamento de San Antonio Abad llegó la mayoría de los grupos políticos, estudiantiles y religiosos que se solidarizaron con ellas. En la zona “del Centro”, en Isabel la Católica, atendían los abogados y militantes que brindaron no sólo asesoramiento legal y político, sino que acompañaron a las costureras de manera sostenida durante todo su proceso. Las feministas de varias organizaciones se hicieron cargo del abasto de alimentos, y facilitaron el contacto entre grupos aislados de trabajadoras. Hubo gran ebullición política. El 2 de octubre se creó la Promotora de Costureras Damnificadas, y el 7 de octubre se formó el Comité Feminista de Solidaridad. Ante la creciente organización, el presidente de la República ordena que se resuelvan los problemas que afectan a las costureras y el 10 de octubre se instala un módulo donde se recogen sus demandas laborales. El 13 de octubre se forma la Unión de Costureras en Lucha (UCL), cuyo pliego petitorio exige negociación colectiva, indemnización a los deudos y a las costureras que lo soliciten, reanudación del trabajo, contrato ley en la industria del vestido y embargo precautorio a los bienes de las empresas mientras se llevan a cabo los juicios. El 16 de octubre se crea la Organización de Costureras del Centro (OCC) y se acuerda en asamblea de ambas agrupaciones (UCL y OCC) marchar a Los Pinos. El 18 de octubre, casi un mes después del terremoto, cerca de 3 mil costureras, provenientes de 26 fábricas, marchan de la Columna de la Independencia a Los Pinos y se entrevistan con el presidente Miguel de la Madrid, quien les asegura que se tomarán medidas para que los patrones cumplan y les concede la posibilidad de que formen el sindicato. Como para reunir los requisitos de esto último era necesario tener afiliados en provincia, el Frente Auténtico del Trabajo (FAT) los consigue y se establece el Sindicato “19 de Septiembre”, con Evangelina Corona como secretaria general. Antes de la marcha a Los Pinos, la Secretaría del Trabajo, muy interesada en que el escándalo terminara, jugó un papel muy activo en la defensa de las costureras: citó a los patrones y los obligó a negociar. Pero una vez formado el sindicato, las negociaciones se debilitaron, ya que el gobierno se interesaba más en parar el escándalo mediático que en resolver la ilegalidad de las condiciones laborales de las costureras. Además, también el caso perdió interés en la opinión pública, pues muchas personas y organizaciones creyeron que ya por tener el sindicato la situación de las costureras estaba casi resuelta. No era extraño escuchar comentarios respecto a cómo era que no estaban trabajando si el gobierno les había dado lo que querían. El terremoto generó las condiciones que hicieron posible el surgimiento de un movimiento, la creación del sindicato nacional y varias cooperativas y, lo más importante, de una toma de conciencia de una magnitud nunca antes vista. Sin embargo, hoy esa historia está casi olvidada, y las condiciones laborales de muchas maquiladoras siguen casi igual que entonces. Los sismos de 1985 quebraron la vida de miles de costureras y derrumbaron a unos pocos patrones decentes que, al no tener asegurada la maquinaria, perdieron todo, y encima fueron blanco de agresiones. Son muchas las historias trágicas que pueden recordarse, pero sobre todo, hoy es importante conocer qué está ocurriendo con esta industria. ¿Seguirán los nuevos talleres trabajando a destajo y sin derechos laborales? ¿Qué ha pasado con el sindicato de costureras y con las cooperativas? Ojalá que la conmemoración de los 30 años del terremoto del 85 sirva también para revisar lo que está pasando hoy con los derechos laborales, y no sólo con los de las costureras.

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