Juan Gabriel: háblame de mí

lunes, 19 de septiembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Procso).- Las canciones no son sólo texto o sólo tonada, sino una confluencia de ambos factores junto a muchos otros, como los arreglos, la interpretación y el contexto. A la hora de analizar la música popular esto cobra particular relevancia, y un ejemplo es la obra de Juan Gabriel. Visto así, ¿cuál es la calidad intrínseca de sus composiciones; cuáles son las características de sus melodías, de sus narraciones? El siguiente texto sondea en estas cuestiones y halla vetas sumamente interesantes: el valor que el michoacano le asignaba al dinero, la presencia –o no– del amor gay, las fuentes de su inspiración… Ciertamente, Juan Gabriel no usa metáforas ni imágenes. Sí, por ahí hay una, en “Querida”, cuando dice: “Yo quiero ver de nuevo luz / en toda mi casa”. No es una luz real, sino metafórica. Pero fuera de eso, nada. Todas sus canciones están hechas de palabras comunes, frases de la conversación. Si se leen en voz alta, básicamente pierden toda efectividad. Pero nadie, con seriedad, propondría que la canción (como fenómeno, en general) tenga su gran valor en las palabras. Son discursos que si quieren caminar con vida propia, se desploman. Por más bellas que sean esas palabras, tienen la mitad de la vida si se conocen sin música. La canción puede usar, y muchas veces usa, recursos poéticos además de los métricos (si es que le conviene). El caso de la ópera es elocuente, porque ese género, por muy grandes argumentistas que tenga, en general no se toma en cuenta dentro de la historia de la poesía. Aunque quizá nos perdamos grandes momentos al no hacerlo. Me gustaría que eso fuera obvio, pero desafortunadamente no lo es. Los que tenemos entre las manos un cancionero y lo disfrutamos, no es para apreciar la letra en su pureza, sino para traer siempre la melodía, para acompañar mentalmente la lectura. Generalmente, las canciones las aprendemos sin gran conciencia de lo que dicen. Se nos revela a momentos el sentido general. De pronto: una intuición. Algo dice más, un verso que vale la pena a la mitad del disco. La Gran Ideología de la canción mexicana, ésa no asoma rápidamente. No se le puede enunciar sumariamente. José Alfredo Jiménez no es sólo el elogio del alcohol, y sería mentira que la reivindicación del machismo lo constituye por completo. Glosarlo nos revelaría matices, gradaciones, recursos dramáticos. Agustín Lara estableció una comunicación más compleja con la poesía (por ejemplo, su canción “Cabellera negra” está construida sobre un poema del ateneísta Manuel de la Parra), adjetivaciones a veces sorprendentes, guiños. Juan José Arreola escribió algunas comprensivas páginas para comentar esto. Por ejemplo, habla de aquel verso en que Lara se refiere al cisne como una “pálida flor del mal”. Sin embargo, el diálogo de la canción popular con la poesía “culta” no ha sido la constante, aunque otros compositores lo hayan intentado. Tradicionalmente, los compositores desde la época de la radio se han apropiado de alguna característica: Lara, la mujer; Curiel, la tristeza; Arcaraz, las palabras símbolo (el espejo, el rímel, las telarañas); José Sabre Marroquín, el mar; Gabriel Ruiz, la noche, etcétera. Pero de nuevo: la letra es algo menos que lo central, pero más que algo accesorio. Cuando Monís escribió la letra de “Usted”, para Gabriel Ruiz, incluyó un momento que me parece digno de algún verso de los Contemporáneos: “Un grito que llevo aquí en la sangre”. Pero así como la poesía no la leería sin contexto (para no estar ciego desde ningún punto de vista), lo mismo haría con el fenómeno de la canción. La leería como una letra, una melodía, una interpretación, un acompañamiento, una ejecución, un arreglo musical, un medio de transmisión y un performance. Desde los años cuarenta, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, hubo una tendencia a “despoetizar” el bolero, así que los compositores usaban frases de todos los días: “Qué tal te fue, dime cómo has estado, / cuéntame si has llorado también por un amor”. Lo que implica, como se ve, que cada canción es una pequeña historia de impreciso final. Durante mucho tiempo, el bolero fue el género central del sentimiento radiofónico, aunque no hay que olvidar los tangos, los foxtrots ni la canción ranchera. Sin embargo, a mediados de los sesenta, la balada comenzó a ganar el terreno de la canción sentimental. La balada es el rock lento, por lo que tenía una tradición distinta, aun cuando algunos intérpretes como Olga Guillot tenían similitud con el estilo estadunidense. Algunos compositores que comenzaron con el bolero fueron cambiando su repertorio para acercarse a la balada. Uno de ellos es Armando Manzanero. Juan Gabriel, sin embargo, siguió por más tiempo en el bolero (“Amor eterno” está compuesto en este ritmo), aunque compuso canciones rancheras, baladas, country… Tiene un huapango algo heterodoxo, “Me nace del corazón”. Y Juan Gabriel no vuela por el mundo metafórico, camina más bien, y se siente mejor entre las cosas concretas. Dos amantes se encuentran en una canción. Este encuentro será breve, lo mejor es vivirlo con intensidad. De algún modo el amante sabe que el amado (o amada) se tendrá que ir a seguir el camino de las convenciones. Ganará la familia, los padres, pero antes, aunque sea, nos veremos a escondidas. Hay que aprovechar el tiempo, qué necesidad de sufrir, juntos o separados. Es la historia encriptada en la canción “Qué necesidad”. Pero ahora me queda una duda: ¿debe de leerse en clave gay o no? Si se trata de una pareja heterosexual, lo más probable es que se trate de un mal partido que ve a su novia como una mujer que se someterá a los designios de una familia. Pero tratándose de dos hombres (parece probable, pues siempre dice: “yo le quiero ver feliz”), entonces quien tiene la voz está seduciendo a un joven que tarde o temprano se arrepentirá de esta relación, y terminará por obedecer las convenciones familiares. Con este amor le hago más bien que mal: “más que un daño le hago un bien”, le dice, pero pensando que todo terminará. Sin embargo, pienso que ambas interpretaciones le quedan a la letra. Quizá, la primera de ellas, le queda una o dos tallas chica, pero no importa, el mensaje es el mismo, el del deseo de la libertad para el ser amado. ¿Debo de tomar una postura al respecto? Pienso que no. Tampoco el autor. Pues se ha discutido si Juan Gabriel apoyó o no el amor gay. Siento que hay en la ambigüedad que presenta esta letra una respuesta: si el amor gay fuera su bandera sería excluyente de otro tipo de amor, y el mensaje de su música es el del amor abstracto, el del amor que sirve como espejo para quien sea, pero en el que no deja de reflejarse la pasión homosexual. De hecho, se refleja mejor, se acomoda más a su caso, pero no por eso deja fuera otro tipo de amor. Hay otro aspecto, el de la condición del amante. Se ve aquí que hay un impedimento para que sea aceptado por la familia. Tal vez sea porque la familia no acepta un amor entre hombres. Pero aunque aquí no lo diga, hay una constante en las canciones de Juan Gabriel tan presente que no importa que aquí no lo diga: no tiene dinero en casi ninguna de sus composiciones. Aquí, el dinero es el que lo vence todo, más que el amor. De hecho el amor es muchas veces un impedimento, algo que es difícil de lograr si no está el dinero de por medio. (Justo en “No tengo dinero”, a pesar de que está por casarse, no se siente amado por su pobreza). El amor es una mercancía en muchos de sus versos. Ya antes se había hablado del amor como algo que se compra y se vende, en el bolero y en la canción ranchera. Lo que quiere decir que la canción amorosa no siempre postula al amor como la cúspide, la fuerza que lo vence todo. “Te vendes, quién pudiera comprarte”, había escrito Agustín Lara. “No tengo dinero ni nada que dar”, es la réplica de Juan Gabriel. Si estos significados se pierden de pronto es porque aquí lo importante es la musicalidad, la variedad de melodías es inmensa y van desde la polca que canta con mariachi (al que incorpora el acordeón, no sé si por primera vez) hasta el soul (como se puede escuchar en sus discos de dúos). Lo suyo fue, musicalmente, la fusión más extrema. El bolero con mariachi era ya común desde los cincuenta. Pero presiento que aquí sirve como apoyo de otro discurso: el joven que habla por las canciones de Juan Gabriel es un desamparado, un trashumante, toma un camión y llega a otro destino, aun cuando el destino no se pueda cambiar. Es música para los migrantes de manera natural, porque su autor estuvo en un orfanatorio, lejos de su tierra natal, luego viajó a México, tuvo casas en muchos lados. (Con el añadido de que la música de Juan Gabriel es la anunciadora cultural de la frontera). Ya no sé si hemos perdido esa angustia de la partida de la persona amada o si es una pena que nos ha quitado la globalización, lo más parecido puede ser cuando el amado cierra su cuenta en las redes sociales. “El amor que no me escribe, / y que de una vez me diga / por favor en dónde está”, canta en “Dónde andará”. Nuevamente, no es una ausencia metafórica sino real. De todas maneras es un tema que está instalado en sus canciones: muchas veces hay un diálogo entre amantes. Se dicen muchas cosas, naturalmente. Pero destaca aquella canción en que Juan Gabriel toca a la puerta de Rocío Dúrcal, pero ella ya no siente nada, nada. A partir de entonces podemos establecer una continuidad en su repertorio. Fundamentalmente, que en ese videoclip que es su vida, Rocío Dúrcal ha cerrado la puerta para siempre. Afuera quedó el amante sin interlocutor, ahora cantando a solas lo que le hubiera podido decir al amado. De todas maneras, no importa, porque antes preparó sus palabras en soledad y continuará hablando en sus monólogos. Ahora seremos espectadores de sus soliloquios y hará de ellos el mayor espectáculo y cobrará la entrada. Antes: “Me nace del corazón” (la euforia en un huapango en que declara el amor apenas salido del horno del pecho), “Bésame” (la premeditación de la declaración amorosa en un ritmo vertiginoso: “Yo escogí este buen momento / de decir por fin lo que siento, / bésame y lo comprobarás”). Pero más adelante, el ser amado ya está en otros brazos, ya se casó, se enamoró de alguien más. Es como si sólo viera pasar a su amor por la calle y estuviera incapacitado de acercarse. Así pasa en “Sólo sé que fue en marzo” y en “Caray”, en que sintetiza todo lo anterior: “Pero tú me abandonaste por ser pobre, / te casaste con un viejo que es muy rico”. Ahora bien, hablemos un poco de intensidad amorosa. Es algo que Juan Gabriel reserva para sus mejores canciones rancheras en “La diferencia” o en “Costumbres”, en las que noto más influencia de José Alfredo Jiménez (y también quizá en “Se me olvidó otra vez”). ¿Tiene coda este repertorio? Me imagino que sí. Fantasea con olvidar el amor, sólo para, en el reencuentro, tener la última palabra, la última carcajada. Pero la fantasía alternativa forma el gran éxito de su carrera, la del regreso y el encuentro pleno que es “Querida”. Sus retrospectivas del amor son evocativas, con cierta belleza ingenua. Pocas cosas le interesan más a Juan Gabriel. Pero por otra parte, muy pocas cosas, aparte del amor, nos interesan cuando hablamos de la canción sentimental.

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