Réquiem endecasílabo por Juan Gabriel

lunes, 19 de septiembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No tengo entre mis discos nada de Juan Gabriel, pero no puedo negar que conozco de memoria muchas de sus canciones. Entre los recuerdos de la infancia, veo –durante años– a mi abuela trapeando el pasillo de su vieja casa a las afueras de Torreón mientras cantaba a dueto, con la radio, sentencias tan definitivas como “no cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”, o “desde ese día, hasta hoy, no soy feliz”. En esos versos, aparentemente triviales, podría resumirse la educación sentimental del pueblo mexicano. Fue en la voz de Juan Gabriel –y no la de Octavio Paz– donde escuché por primera vez un verso endecasílabo: “Tú eres la tristeza de mis ojos / que lloran en silencio por tu amor”. No creo exagerar si digo que las resonancias del petrarquismo han hecho de las suyas en nuestro idioma, tanto así que es posible reconocer sus ecos hasta en nuestro acervo popular, incluyendo la música ranchera. Los endecasílabos, en una definición sencilla, son aquellos versos de 11 sílabas fonéticas que se acentúan en la sexta y décima sílabas, con lo que se busca crear una cadencia rítmica. Guardando las proporciones, los ya citados versos de “Amor eterno” bien pudieran ser primos del famoso soneto “En la muerte de Laura” escrito por Petrarca: “Y sin embargo vivo todavía / a ciegas sin la lumbre que amé tanto” (traducción al español de Alejandro Araoz). Fuera consciente o no de ello, Juan Gabriel –al igual que muchos otros compositores populares– sacó a relucir algunos de los mejores recursos de nuestro idioma. Sin estudios musicales pero eficaz melodista de la tragedia, El Divo de Juárez supo colar decenas de tonadas en el subconsciente nacional. Piezas que, aun desnudas de su melodía, han permeado en el habla cotidiana hasta devenir refranes: “Yo no nací para amar, nadie nació para mí”, “No tengo dinero, ni nada que dar”, “No me vuelvo a enamorar, finalmente ¿para qué?”. Cercano durante décadas a la cúpula del poder económico y político, Juan Gabriel es un fenómeno mediático tan masivo que desde su juventud fue considerado como un ícono del pueblo. Una leyenda viva. Alebrije equidistante de la más coqueta feminidad y el macho cantador que ahoga su pena en la cantina, Alberto Aguilera fue el creador de una estética del sufrimiento y la sensiblería; el definitivo artífice de la banda sonora de un México que lagrimea por los reciclados sinsabores de la pantalla y el primer precursor del movimiento queer, aún sin saberlo. Tal vez en ello resida parte de su abrumador éxito y su aportación más fuerte: en abrirle paso a lo distinto. Juan Gabriel murió de un infarto a los 66 años. Lo hizo entre conciertos, entre canciones, dicen. No puedo pensar en un mejor desenlace para alguien que compuso más de mil 800 melodías y grabó más de 30 discos. Aunque dudo que mis hijos o mis nietos me escuchen alguna vez expiar los pisos y las penas coreando sus canciones, dejo aquí –no un poema– apenas unos endecasílabos sin otra intención que aminorar la oscura soledad de su sepulcro. l
Adán de la pantalla, tiple de Eva, tu capa es hoy la cámara mortuoria que cubre a Garibaldi y la memoria de un pueblo que en tus lágrimas abreva. ¿A dónde irá el camino que hoy te lleva? ¿Es fin de una sublime trayectoria, fade out interminable de la historia o sensibilidad que se renueva? Tu voz suena en la voz de los muchachos de la obra, el taller, los lupanares: melodrama sin fin, Divo de Juárez, consuelo de engañadas y borrachos. Brilló un príncipe kitsch entre los machos con endecasilábicos cantares, lloran tinta los negros titulares: “Murió el palomo, allá, entre los gabachos”. Hay santos que no llevan nunca aureola y el diablo no está siempre en el infierno, la muerte es una triste carambola, la voz que me dictó el impulso interno de echarle otra moneda a la rocola y oír –una vez más– “Amor eterno”.

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