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Mandando a Donald Trump al infierno

"Mientras más abusaba Trump de su poder en este mundo y mientras más eludía consecuencia alguna por sus crímenes, más crecía mi obsesión de evocar, aunque fuera en forma imaginaria, una realidad alternativa en la que él pagase sus pecados".
lunes, 2 de noviembre de 2020

Hace tiempo que me obsesiona la idea de mandar a Donald Trump al infierno. No se trata de algo figurativo, un modo de decir. Deseo fervientemente que habite un infierno literal, aquel lugar táctil y palpable donde sufren quienes causaron un grave daño a sus semejantes. Sí, enviarlo a ese sitio perpetuo que las religiones han representado durante milenios mediante escenas de azufre y espantosos gritos de dolor.

Mientras más abusaba Trump de su poder en este mundo y mientras más eludía consecuencia alguna por sus crímenes, más crecía mi obsesión de evocar, aunque fuera en forma imaginaria, una realidad alternativa en la que él pagase sus pecados.

Fue natural, que al buscar modos de visualizar el trato que podría merecer ese hombre vil, recurriera a la obra de Dante Alighieri (1265-1321), el poeta italiano cuya Divina commedia plasma esmeradamente con su terza rima un panorama minucioso del más allá en tres volúmenes –Infierno, Purgatorio y Paradiso– que han sido considerados, con razón, entre los logros literarios mayores de la humanidad.

No había nada abstracto en el infierno que ese autor medieval compuso. Dante elaboró un viaje sumamente personal al mundo de ultratumba para reunirse con hombres y mujeres, tanto de su tiempo como de tiempos pasados, a los que recompensaba por su virtud o castigaba eternamente por sus ofensas.

Aunque su ascenso a través de fuegos purgatoriales y maravillas paradisiacas, guiado por Beatriz, la mujer de la que se había enamorado en su infancia, tiene un encanto especial, fue el descenso del escritor florentino a los círculos saturados del infierno lo que más ha fascinado a lectores a lo largo de los siglos.

Quedamos conmovidos por las historias que cuentan las almas condenadas, y llenos de pavor al entender que su remordimiento llega demasiado tarde para salvarlos de los tormentos inmisericordes ideados por Dante.

Siendo testigo de la realidad infernal que Trump ha impuesto en Estados Unidos y en el planeta, no pude evitar preguntarme dónde Dante habría colocado a este satánico presidente en el orden sobrenatural que, según él, aguardaba a los humanos después de la muerte.

Y no me costó mucho darme cuenta de algo angustiosamente evidente: Trump acumula tal diversidad de transgresiones que es posible encajarlo en casi todas las categorías y cantos que Dante inventó para los pecadores de su propia era.

¿Quién mejor, entonces, para adivinar el destino que le espera a Trump que ese autor italiano y su voz lírica y profética?

Dante Alighieri tiene palabras para Donald Trump desde el otro lado de la muerte. Mi nombre, señor, es Dante Alighieri. Entre los innumerables muertos que habitan estas orillas del más allá, he sido elegido para dirigirme a usted porque se necesitaba un experto en la otra vida para describir lo que le espera a su alma cuando pase, como todas las almas deben pasar, a esta tierra de sombras. Era natural, entonces, que me escogieran a mí para imaginar su destino, una vez que se encuentre entre nosotros.

Después de aceptar esta tarea y cuando ya me había cansado de registrar el catastro incesante de sus fechorías, sentí la tentación de hacerme más fácil el trabajo y simplemente reiterar para usted los ­círculos del infierno que ya había descrito yo con mi terza rima. Era cosa de conducirlo por mi cascada de versículos, paso a paso, hacia las profundidades de las tinieblas que diseñé celosamente para los demás.

¿No era usted la encarnación egoísta de tantos pecados que he retratado en mi Commedia? ¡Lujuria y adulterio, sí! Gula, sí; codicia y avaricia, oh sí; ira y furia, sin duda; violencia y fraude, usura y deslealtad, ¡otra vez sí! Incluso es culpable de herejía, usted que no cree en Dios y sin embargo se aprovecha de la Biblia que nunca lee para engatusar a los cristianos de su país.

¿No practicó acaso todas esas iniquidades, esclavo de apetitos desalmados? ¿No merece sufrir los castigos que imaginé? ¿Ser azotado por vientos irrespirables, ahogarse en tormentas de putrefacción, asfixiarse bajo aguas bullentes de beligerancia, hallarse inmerso en mareas de sangre hirviente de ira, atravesar sediento una llanura ardiente, impregnarse de los excrementos de la adulación y la seducción?

¿No es justo que los demonios nocturnos de la corrupción lo desgarren, que esa garganta y lengua suyas que destrozaron a tantos ciudadanos sean mutiladas, que se hinche de enfermedades como otros traficantes e impostores? ¿No tendría sentido que lo dejara atrapado en hielo y fuego, masticado sin cesar por las mandíbulas de la eternidad, el porvenir que evoqué en mi propio siglo para aquellos que traicionaron a sus amigos y a su patria?

Finalmente rechacé una solución tan cómoda. Después de todo, fui seleccionado no para repetirme, sino porque se confiaba desde las alturas de que sería lo suficientemente creativo como para encontrar un escarmiento apropiado para usted –algo, dijeron las autoridades a cargo de este lugar, menos salvaje y feroz, más educativo, incluso terapéutico–. ¡Así han cambiado los tiempos desde que compuse ese poema mío!

Mi misión, al parecer, no era insertarlo, señor, en los anillos de un infierno vengativo y aterrador previamente concebido por mí, sino buscar inspiración en los compañeros que pueblan este universo de ultratumba.

Y, en efecto, allí estaban sus víctimas, aquellos que ansían sanar, cuyo dolor nunca compartió usted y que ahora se preparan para confrontarlo. Han estado esperando, pacientemente, en una larga fila, desde el momento en que llegaron. Los tengo aquí, a mi lado, contando los días hasta que le toque a usted también el turno de morir y puedan encararlo, uno por uno, a través de toda la eternidad.

Se han ganado ese triste derecho gracias a lo que usted les hizo. Aquí están: ese padre que murió de una pandemia cuyos efectos usted empeoró; un niño ultimado con un arma que usted no prohibió; un trabajador anegado por humos tóxicos que su gobierno no limitó; los manifestantes asesinados por supremacistas blancos inflamados por la retórica trumpiana; un hombre de raza negra que expiró gracias a la violencia policial que usted se niega a condenar; un migrante que sucumbió al calor del desierto al otro lado del muro que sus adalides quisieron construir con dinero robado de sus conciudadanos.

Un caso y otro y otro más, podría ir nombrando a tantos muertos injustificados, muertos indebidos, muertos evitables, espectros animados por el empeño tenaz de que se haga justicia. Olvidados y menospreciados por el vendaval de la historia, con el único consuelo de que algún día podrán exigirle a usted una rendición de cuentas.

Tendrán, eso sí, que armarse de paciencia, ya que de acuerdo con mi plan, a cada víctima suya se le debe ofrecer cuanto tiempo necesite para relatar su trayectoria terrenal, sus últimos momentos. Se verá obligado, señor, a escuchar sus historias una y otra vez hasta que finalmente aprenda a hacer suyo aquel dolor, hasta que las tragedias de esa gente se alojen con lentitud en las entrañas de su mente.

Su primera reacción será, sin duda, tranquilizarse, asegurando que esta nueva emergencia desaparecerá por arte de magia, el mismo tipo de fantasía que desplegó ante la pandemia proclamando que sería despachada sin problemas, milagrosamente. Luego tratará de recurrir a sus viejos trucos de estafador supremo

 Creerá que, tal como ha sobornado y mentido para escapar de los escándalos y quiebras, de la misma manera podrá también sacarse de encima este ajuste de cuentas. Ahí va a echar al viento una sarta de bravuconadas machistas advirtiendo que usted es invencible e invulnerable, presentándose como un Salvador o Superman, jactándose de haber inventado una vacuna contra las sentencias judiciales, un remedio para los terrores del infierno.

Y cuando esas artimañas no funcionen y abra los ojos, señor, y aún se encuentre acá entre nosotros, entonces va a rasgar vestiduras, anunciando que se ha arrepentido, creyendo que así podrá escabullirse de este confinamiento, estas habitaciones interminables.

Pero esa estratagema exasperada tampoco le va a servir aquí, en la morada transparente de la muerte. Y cuando se dé cuenta de que este encuentro con sus víctimas inmediatas es sólo el comienzo del proceso, tratará de apurar el asunto, porque mientras más tiempo tarde en descargarse de hombres, mujeres y niños a los que condenó a una temprana mortalidad, más tiempo habrá para que nuevas víctimas aparezcan, aquellos que van a perecer en el futuro debido a su negligencia y malignidad, gracias a la brutalidad y odio que usted desencadenó con sus milicias y sus policías despiadados, todos los habitantes de la Tierra que van a extinguirse cuando la venganza de un planeta violado se manifieste en olas de calor, en huracanes y sequías, hambrunas e inundaciones, legiones de muertos que van a sumarse a la lista inacabable de los ya damnificados con cada minuto que se desliza.

Ese es el abismo moral en que mi imaginación lo va a sumergir ahora que ya no soy el hombre que vivió un amargo exilio de su amada Florencia. Los siglos que pasé al otro lado de la muerte evidentemente me han suavizado, me han vuelto más caritativo. Beatriz, el amor de mi vida, habría admirado mi transformación, que abre la eventualidad de que un hombre como usted reciba la semblanza de una absolución, siempre, por cierto, que su arrepentimiento sea de veras sincero.

Aun así, me consume el gusano de una duda. Esta estrategia de redención, me dicen, ha sido probada antes. Las nieblas del tiempo están llenas de hombres que, como en el caso suyo, pensaban que eran dioses y que, tras su muerte, fueron llevados aullando a habitaciones desbordantes de las vidas que quebraron. Y estos criminales –Mussolini, Mao, Pinochet, Napoleón, Franco, Andrew Jackson, Saddam Hussein, Stalin, Idi Amin (¡oh, la lista es inagotable!)– nunca lograron abandonar el espejo retorcido de sus propias habitaciones penitenciales.

Permanecen ahí, estancados, irremediables. Eso es lo que algunos demonios me están susurrando al oído, me dicen que la profecía redentora de Dante Alighieri nunca se hará realidad para alguien como Donald Trump. Tal vez, haciéndose eco de esos otros malhechores malditos, rechazará también toda responsabilidad. Tal vez resulte tan incorregible y defectuoso y obcecadamente ciego como los canallas de antaño. Tal vez haya una maldad en usted y en el universo que nunca podrá acabarse. Tal vez cuando el dolor es infinito, es imposible borrarlo.

Me temo, entonces, que puede ser cruel prometer un desenlace enaltecedor a aquellos que esperan que se haga justicia en el más allá. ¿Por qué, me pregunto, alentar a los muertos si es sólo para frustrar sus ilusiones?

Y sin embargo, ¿qué más puedo hacer sino completar la tarea que se me ha dado? De todos los poetas, fui elegido a raíz de la Divina commedia que me permitió descender al infierno y subir al monte del Purgatorio y presenciar cómo lucían el Sol y las estrellas del Paraíso. Fui extraído de los campos de los muertos para disponer estas palabras para usted como una advertencia o una súplica o una acusación tempestuosa, una misión que acepté y a la que ahora no puedo renunciar.

Sólo me queda concluir estas palabras mías respondiendo a la única objeción con que legítimamente podría impugnar lo que profetizo acerca de su destino después de muerto. Imagino que usted me va a gritar: pero Dante Alighieri, oigo su voz, has pintado un futuro, Dante, en que tendré que pasar una eternidad haciendo penitencia. Y yo voy a responder: sí, Donald Trump, de hecho le tomará una eternidad, pero eso es lo que le espera, eso es lo que, mal que mal, todos nosotros tenemos por delante, un paciente tiempo infinito.

Ariel Dorfman es el autor de La muerte y la doncella. Sus libros más recientes son la novela Allegro y el ensayo Chile: juventud rebelde. Vive con su esposa Angélica en Chile y en Durham, Carolina del Norte, donde es profesor distinguido emérito de literatura en la Universidad de Duke.

Este texto forma parte del número 2296 de la edición impresa de Proceso, publicado el 1 de noviembre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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