Tiempos de morir por propia mano

martes, 18 de octubre de 2011
En el contexto de violencia extrema que afecta al país entero, la Universidad de Guanajuato, la Secretaría de Salud estatal y la Asociación Mexicana de Suicidología convocaron en septiembre pasado a un grupo de especialistas para analizar el fenómeno del suicidio, que afecta por igual a menores de edad y adultos. Los participantes concluyeron que, ante los graves problemas socioeconómicos y de violencia que afectan a los mexicanos, el Estado ni siquiera cuenta con un plan preventivo para detener los suicidios. LEÓN, GTO. (Proceso).- El suicidólogo Quetzalcóatl Hernández Cervantes atendió a la madre de un joven asesinado en alguno de los hechos violentos vinculados a la delincuencia organizada. La mujer, de 60 años, llegó al consultorio del especialista luego de varios intentos de quitarse la vida. En su trabajo con migrantes, Hernández Cervantes revisó también el caso de una joven madre de 21 años cuya pareja había emigrado. Abandonada y endeudada, la mujer asfixió a sus hijos pequeños y después se intoxicó. “Hay algo que los suicidólogos tenemos muy en claro: la asociación entre homicidio y suicidio. Las dos son formas de muerte violentas; van muy pegadas en causas de mortalidad y las encontramos en entornos inseguros, de violencia social”, describe Hernández Cervantes, uno de los fundadores de la Academia Mexicana de Suicidología (AMS). En entrevista con Proceso, admite no tener datos que vinculen a una ciudad violenta con los índices de suicidio. “Pero sí te puedo decir que es muy común una situación como la del caso real del que te hablé, donde tienes a la madre joven cuya pareja se tuvo que ir a Estados Unidos o a otro estado, que ya tienen años de no verse; la familia está abandonada, endeudada, y vemos desenlaces fatales”. Para el especialista, la relación entre el homicidio y el suicidio surge hasta de manera colateral. “Tu pareja es asesinada cuando iba pasando por un tiroteo. Ante esto, ¿cómo respondes? Son los escenarios donde te puedo ilustrar la relación entre homicidio y suicidio”. Hernández Cervantes conversa con Proceso en un receso del IV Congreso Internacional sobre prevención del suicidio, que organizaron la AMS, la Universidad de Guanajuato y la Secretaría de Salud estatal el 22 y 23 de septiembre. En el encuentro se presentaron los resultados del estudio efectuado entre 97 niños de seis años que cursan primer grado en una primaria del Estado de México, elaborado por personal de la Coordinación de Servicios Integrales de Salud de la Universidad del Valle de México. Más de la mitad de los menores mostraron tener ya un concepto sobre la muerte como un suceso universal e irreversible. Varios de ellos, incluso, recibieron atención cuando se les detectaron factores de riesgo suicida: sentimientos de soledad, tristeza, irritabilidad, falta de soporte familiar, problemas para relacionarse con sus pares y violencia escolar. Casi todos aseguraron que pensaban que alguno de sus padres “está triste”. Los asistentes, sobre todo alumnos de psicología de diversas universidades, personal del DIF en todo el país, académicos y psicoanalistas, conocieron también en ese foro el reporte titulado El suicidio entre los jóvenes potosinos: simbolismo y relaciones sociales, elaborado con recursos del Fondo de Apoyo a la Investigación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Al revisar los casos registrados en los últimos cinco años, los investigadores encontraron que San Luis se colocó en el segundo lugar nacional en la prevalencia de la “ideación suicida” (ideas y deseos) entre los jóvenes, después de Michoacán, y el segundo en intentos, luego de Tabasco. “Lejos ha quedado la idea de que las mujeres recurren más a los barbitúricos que los hombres, esto con la finalidad de sentir menos dolor, y por lo mismo sería más seguro que fracasen las mujeres que los hombres en su intento. Lo cierto es que las mujeres recurren ahora a la asfixia por suspensión con la intención de no fallar… y también es importante que (un porcentaje de ellas) están recurriendo a las armas de fuego o blancas”, apunta el informe potosino presentado por el investigador Gustavo Aviña Cerecer. Eso no sucede sólo en San Luis Potosí. En Puebla, el suicidio se incrementó en 38.9% entre 2010 y 2011. Se elevó en más de 60% entre los menores de 15 años y se duplicó entre personas de 20 a 24 años. Pero entre mujeres, la tasa se disparó 253.5%. Del 1 de enero al 8 de julio de este año, la capital poblana registró un suicidio casi cada 36 horas. “Frente a la incertidumbre surge el desánimo. Más que señalar que la actual juventud es apática y poco comprometida, se requiere analizar e implementar los espacios sociales de desarrollo y crecimiento que en la sociedad actual tienen los jóvenes”, concluye el estudio de campo titulado Una aproximación a la conducta suicida en Puebla 2010-2011. En una de las sesiones de trabajo, la maestra Isabel Stange Espínola, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, reclamó a sus colegas porque, dijo, es lamentable que un grupo tan amplio de psicólogos “no hable con suficiente fuerza de los problemas de violencia que están por todo el país”. Se preguntó: “Qué está ocurriendo? ¿Nos estamos insensibilizando? No son estadísticas, cada caso es una persona... Mientras exista hambre, un grado de violencia de esta naturaleza y la población no se prepare en el ámbito educativo para enfrentar estas situaciones adversas, el suicidio va a seguir incrementándose…”. Indiferencia La palabra “desesperanza” fue citada en varios de los estudios que se presentaron en el foro, todos actualizados a la última década; todos incluyen también un dato abrumador: México registró un incremento de suicidios cuatro veces mayor al resto de los países de América Latina. Quetzalcóatl Hernández sostiene que, ante este fenómeno, no hay política pública que valga… porque no existe. Aun cuando en el sexenio de Vicente Fox el suicidio figuró como un problema de salud pública prioritario en su plan sexenal, desapareció del programa de desarrollo sanitario del gobierno de Felipe Calderón. “Vaya, ni siquiera la salud mental. En el plan de salud aparecieron otros, como la violencia escolar o el uso de sustancias, pero no el suicidio. Los esfuerzos que se hacen generalmente provienen de fondos de investigación. Finalmente son cuestiones federales y en última instancia del erario, pero no hay una política pública como tal”, dice el especialista. Aun así, se han instrumentado medidas de emergencia, como en Guanajuato en 2007, cuando la Secretaría de Salud estatal estableció una línea telefónica de prevención del suicidio (01800290024), pues en mayo de ese año 93 personas se habían quitado la vida, 39 de ellas en la ciudad de León. En la última reunión internacional de las asociaciones de suicidología se mencionó la omisión del gobierno calderonista. “México tuvo que decir que no hay aquí una estrategia nacional, una política; no sólo de esto, sino en materia de salud mental en general”, expuso el entrevistado. Dice que, en febrero pasado, fue decretada la primera Ley de salud mental en el país, cuya vigencia inicial es sólo para el Distrito Federal. “Imagínate cuánto tiempo tendrá que pasar para que en México haya una ley que diga: ‘en las secundarias y las preparatorias, así como hay una evaluación de admisión, habrá también una evaluación que nos permita identificar a aquellos jóvenes en riesgo’”, señala el suicidólogo. Conocedores de que los deseos de quitarse la vida pueden aparecer en los niños de quinto o sexto grado de primaria, los especialistas aconsejan estar cerca de ellos en las escuelas. “Hay muchos directores y maestros que colaboran y nos dicen que les hace mucha falta. Pero no hay la política pública que nos dé el espacio formal para hacer esta evaluación”, insiste el entrevistado. Ni siquiera porque, en términos de costo-beneficio (concepto también aplicable a la salud), la atención a la incapacidad, la inasistencia y las cuestiones laborales por la depresión y el suicidio es mucho más cara que atender enfermedades crónico-degenerativas como la diabetes, expone Hernández Cervantes. En el caso de una persona adulta, los parámetros son distintos. Por lo general hay una pareja, hijos, una contribución económica, el trabajo. Y comenta: “Una vez me hicieron la observación de los recursos que pedía para un proyecto con muchachos. Respondí que si podemos hacer que un solo niño no se quite la vida, vale la pena todo ese esfuerzo y dinero”. El impacto social de otra dolorosa estadística así lo revela. Las dos primeras causas de muerte entre los jóvenes del país están ligadas a la violencia: los accidentes automovilísticos y los suicidios. “Nuestros jóvenes menores de 20 años están muriendo de forma violenta, ya sea de propia mano o en casos que nosotros decimos que son situaciones autodestructivas. Tan sólo en la primera causa, los accidentes automovilísticos, muchos de éstos ocurren bajo un ambiente impulsivo desencadenado por uso de alcohol. Finalmente son muertes violentas.” –¿Cómo están revisando los suicidólogos la participación de los jóvenes en la violencia? –No soy un experto en violencia social, pero por lo que he vivido y he platicado con otros colegas, de fondo hay un asunto de desigualdad. Una desigualdad económica, social, cultural tan enorme en la población mexicana hace que seas vulnerable, que vivas fuera de la oportunidad. Cuando en esa desigualdad no puedes ir a la escuela, no tienes la oportunidad de elegir, obviamente hay que subsistir. Enfocado a la psicología pediátrica –e impulsor de la suicidología en menores de 18 años–, Quetzalcóatl Hernández aclara que no pretende justificar la incursión de los jóvenes en los grupos o actividades delictivas o con el crimen organizado. Pero, insiste, un país con tantos contrastes, buenos y malos, mucho explica el origen de este fenómeno. Para la población adolescente, los parámetros actuales bien se podrían resumir en algo así como; “estudia muchos años y al final no tienes empleo, y por otro lado te ofrecen lana por hacer cualquier cosa”. Y entonces, explica el entrevistado, el fondo de los problemas no estriba en si el adolescente incurre en las conductas delictivas, sino en qué tanto se siente identificado con su familia, o tiene un sentido de vida, o siente que en su país puede hacer algo. Hoy prevalece una desesperanza que, por ejemplo, “tiene que ver con el hecho de que no se sabe si se podrá vivir mucho tiempo”, o con la fragmentación de las familias por la migración a Estados Unidos o a otros sitios. “El suicidio no sólo tiene que ver con el estado de ánimo, con los factores psicológicos. Tiene que ver con nuestro entorno económico, que hace que las familias se desintegren. Y la suicidología no es solamente la sicoterapia, tiene que ver con estos otros determinantes de salud, de salud mental, que tampoco están muy en control de la familia”, señala Hernández Cervantes. Dice que actualmente elabora un estudio sobre violencia escolar y suicidio desde la visión de los niños. En principio se ha encontrado con chicos ansiosos de que alguien se les acerque y les pregunte cómo están. “Los maestros y los directores nos dicen: ‘¡Qué bueno!, porque no sabemos cómo responder’; con frecuencia los papás son los más perdidos en este asunto”, dice en referencia a esta investigación. En esta otra óptica para abordar el fenómeno, están los niños que se quedaron con culpa “porque sus amigos les hicieron jurar que no le dirían a nadie de su intención de muerte”. En el trabajo de campo para este estudio, Hernández se ha encontrado también con la transformación del juego en la infancia; de policías y ladrones al secuestro, al levantón, al sicario. “Cuando elementos como el tiroteo, el desfile de patrullas, el secuestro se convierten en lo cotidiano, no es tan difícil entender la emergencia ni la desesperanza”, dice Hernández Cervantes. Y concluye: “Eso supone que nos estamos habituando a la violencia y no me parece que ningún ser humano tenga que habituarse a ella”.

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