Revista Proceso

El doble asesinato que enlutó a la CDMX

Dos adolescentes de origen mazahua fueron torturados, ejecutados y desmembrados. Sus restos aparecieron embolsados junto a un montón de basura en plena calle, en el Centro Histórico. Ese doble homicidio es una muestra del poderío e impunidad de la delincuencia en la Ciudad de México.  
lunes, 23 de noviembre de 2020

La última vez que sus padres los vieron con vida fue por la noche del 27 de octubre. A la mañana siguiente Alan, de 12 años, y Héctor, de 14, fueron invitados a “dar gracias” a San Judas Tadeo en la iglesia de San Hipólito y una cámara de seguridad los captó subiendo a una moto con otra persona que luego ingresó a la vecindad de República de Chile 49, a dos cuadras de dónde cinco días más tarde sus cuerpos, desmembrados y con señales de tortura, fueron encontrados. El crimen sacudió a la capital del país. Nunca un niño de 12 años había sido ejecutado con tal saña. Casi un mes después, las autoridades aún no aclaran el móvil del doble crimen.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A cinco cuadras de su casa y a seis de las oficinas de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y del presidente Andrés Manuel López Obrador, dos adolescentes de origen mazahua fueron torturados, ejecutados y desmembrados. Sus restos aparecieron embolsados junto a un montón de basura en plena calle, en el Centro Histórico. Ese doble homicidio es una muestra del poderío e impunidad de la delincuencia en la Ciudad de México.  

En el departamento 6 de la vecindad ubicada en la calle República de Cuba número 86, colonia Centro, alcaldía Cuauhtémoc, agentes policiacos hallaron manchas de sangre de Alan Yair Silvestre Becerril, de 12 años, y de Héctor Efraín Tolentino de Jesús, de 14, luego de un cateo hecho el jueves 5, nueve días desde que la familia de los jóvenes los vio por última vez con vida.

Hoy, el inmueble está vacío. Sus puertas de madera vieja y corroída se mantienen abiertas. En la fachada cuelga una bandera de México y una manta descolorida con propaganda política de Alejandra Barrales de 2018; al fondo, una figura grande de la Virgen de Guadalupe destaca por el rayo de sol que la ilumina. 

En la banqueta de enfrente, a unos pasos del Cinema Río, un joven delgado vestido con pantalón de mezclilla y playera blanca “halconea” con discreción recargado en un poste. Mantiene la vista fija en los transeúntes que, fugazmente, se detienen en ese sitio donde presuntamente fueron asesinados los adolescentes mazahuas. A tres metros de él, un policía auxiliar solitario y firme vigila en la entrada de un estacionamiento. 

Poco movimiento se ve dentro del inmueble otrora identificado como invadido desde hace años por la peligrosa organización delictiva La Unión Tepito, desde donde se dirigía el “cobro de piso” a comerciantes de la zona y se reprendía a los que se negaban a pagar; ahí se retenía a las víctimas de secuestro exprés y se almacenaban artículos robados.

Este texto es un adelanto del reportaje publicado en el número 2299 de la edición impresa de Proceso, en circulación desde el 22 de noviembre de 2020.

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