La fuga de Puente Grande: ni un error, ni un percance, ni un titubeo

lunes, 28 de septiembre de 2020
En 2001 y para su libro Máxima seguridad, Julio Scherer García entrevistó a Zulema Hernández, quien fue amante de Joaquín Guzmán Loera cuando ambos estaban recluidos en el penal de Puente Grande, Jalisco. Tres meses antes de que el capo se fugara por primera vez, ella supo de sus planes. Y conoció otras cosas, según le contó al fundador de Proceso: el control que su compañero ejercía sobre las autoridades de esa cárcel, la corrupción reinante, la dinámica de poder que se vivía ahí dentro. Zulema fue ejecutada en 2008, presuntamente por Los Zetas. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Priva un rasgo de humanidad en el reclusorio de máxima seguridad de Puente Grande, en Guadalajara. Reos y custodios suprimieron la palabra celda. Estancia, llaman a los cuartuchos donde el tiempo transcurre sin aliento. En la jaula inmensa del penal, quinientos reos salen "a patio" una hora al día. Las veintitrés restantes transcurren entre barrotes color naranja y ciento cincuenta y siete rejas controladas por sistemas electrónicos que impiden se abran dos a la vez. Las cámaras de video, permanentemente encendidas, siguen a los reos al interior de los dormitorios, la regadera, la comida, la visita familiar, la soledad, la masturbación. A lo largo de la zona contigua al exterior, una senda de tierra y piedra menuda, vibra el piso ante cualquier contingencia que escape a la rutina implacable. En la calle, a corta distancia de la explanada de la cárcel, montan guardia perros amaestrados para el ataque mortal. Cerca, la garita es severa: vigilantes seleccionados revisan los automóviles y controlan el acceso de los visitantes. Durante el confinamiento de Joaquín El Chapo Guzmán, el veneno de la corrupción hizo de Puente Grande carroña vil. Millonario hasta la inconciencia, el narco asesino desquició el penal. Mujeres jóvenes y no tan jóvenes se adentraban en los dormitorios con la naturalidad de un cliente de burdel. El terror acompañó a la pudrición. Menudearon las golpizas a los insurrectos en los llamados "cuartos de agitados". Aún se ven las huellas del dolor en las paredes cubiertas con hule espuma mal lavado. A los renuentes también se les castigaba con la supresión de la visita familiar y del encuentro carnal. Del terror se encargaban nueve atletas sin alma. Los Negros se llamaban, fúnebre su estampa. El ingeniero Mario Morales Luna, jefe del Departamento de Servicios Generales, fue asaltado a punto de entrar en su casa. Apenas supo de sí. Permaneció meses en el Hospital San Javier. El director del penal le ofreció hipócrita seguridad. Morales Luna se acogió a un par de amigos, choferes al servicio del reclusorio. Como Morales Luna hubo muchos. El Chapo Guzmán Loera atendía a su esposa y a su amante, Zulema Hernández, interna con otras cinco mujeres en una prisión para hombres. Al calce sus iniciales con mayúsculas "JGL", enviaba a Zulema cartas de amor redactadas por mano ajena. Le decía mi amor, negrita, mi vida. "Me usaba, placentero -sonríe Zulema-. Fue bueno conmigo y hubo días de encantamiento. Se decía enamorado y yo era la enamorada. Puso a mi disposición un bufete de abogados. Enviaba dinero a mi familia para que viniera del Distrito Federal y me visitara. Me hacía regalos, me distinguía. Después de la primera vez, envió a mi estancia un arreglo floral y una botella de whisky. Empezó recatado en el amor, pero yo lo fui conduciendo, conduciendo. Fui su reina." [caption id="attachment_650460" align="aligncenter" width="1189"]Cartas de amor del chapo a zulema hernandez Cartas de amor firmadas con "J.G.L". Foto: Especial[/caption] Jaime Valencia Fontes, del módulo tres, el de El Chapo, rememora a su amigo y jefe: "Le gustaba el ajedrez y jugaba basquetbol. En las fiestas miraba el bullicio de lejos, mal bailarín como era. Tenía imán, agallas y dinero. Daba a manos llenas." El Chapo coronaba su poder con una computadora que lo comunicaba con el mundo entero. El narcotraficante, con tres años de primaria, se valía de uno de sus secuaces para operar la maravilla electrónica. Evadió la cárcel sin un percance, error, un titubeo. A su paso, una a una se fueron abriendo diecisiete puertas, los videos permanecieron oscuros y desapareció el cuerpo de seguridad. En el exterior, los rottweiler estuvieron tranquilos y no hubo contratiempos en la garita, levantadas las barras que abren y cierran el paso a propios y extraños. Un rumor nació en Puente Grande. El Chapo había sido el amo y había sembrado el penal de cómplices e incondicionales, pero también había dejado enemigos, odios y rencores profundos. No hay manera de entender la fuga sin algún personaje de voz inapelable que actuó a su favor. El operativo había sido limpio, impecable como una maniobra militar. En los pasillos obsesivamente grises, en las celdas sin espacio para los ojos, en las oficinas administrativas, de sillas desvencijadas y escritorios raspados, persiste un aire maloliente. Por los estacionamientos, los choferes se muestran reservados, pero no herméticos. No olvidan el ir y venir de sujetos extraños, rostros que al cabo del tiempo acabaron por serles familiares. El director de Puente Grande, licenciado Arturo Morán Arellano, encara el suceso. Dice: "Yo no tengo una sola prueba que me permita afirmar que Joaquín Guzmán Loera se evadió del penal gracias a la intervención de algún personaje. Pero escucho la versión y no la desecho. Se ajusta a la llamada lógica interna de los hechos." Un día como cualquier otro, Dámaso Pérez fue nombrado subjefe de seguridad. Compañero de primaria de El Chapo en Matamoros, pronto se hizo del poder. A su arbitrio removió al personal bajo sus órdenes. También fue extraña la designación de Miguel Ángel Yunes como director general de Prevención Social. Sin antecedentes para el cargo y bajo su control los expedientes de 40 mil reos federales, había hecho fama como funcionario arbitrario. Segundo en el gobierno de Patricio Chirinos en Veracruz, sabía poco de los seres humanos. A Cuauhtémoc Cárdenas, candidato a la Presidencia de la República, en gira por el puerto, le acercó un vociferante grupo de homosexuales con el propósito de infamarlo. La víspera de la escapatoria, el 18 de enero de 2001, comisionados de Derechos Humanos visitaron el penal. No miraron sus ojos apacibles el mar encrespado. La mañana de la jornada crucial Jorge Tello Peón, subsecretario de Seguridad Pública, tampoco observó desorden alguno. Paseó por las instalaciones y no lo alcanzó el olor a podrido. [caption id="attachment_650461" align="aligncenter" width="965"] Zulema Hernández. Sabedora. Foto: Especial[/caption] Nota relacionada: Adiós a Puente Grande: la SSPC anuncia su cierre -¿Salió El Chapo por la complicidad de muchos o porque algún grande lo dejó salir? -le pregunto a Zulema Hernández, de cuerpo que cimbra. -Me parece obvio que la gente grande no iría directamente al penal. Pero yo estaba con él cuando le avisaron que habían llegado a verlo. Yo me salí del cuarto para que pudieran hablar. Platiqué después con Joaquín. Me habló de la extradición. Me dijo que no quería que lo extraditaran. Pienso que para entonces ya había algún consentimiento. -No entiendo. -El consentimiento viene desde que cambiaron a un subdirector de seguridad a favor de ellos. -¿Quién? -Dámaso y después Garzón. Pero Garzón no les convino. -¿Por qué? -Dámaso les daba todas las libertades, y cuando llegó Garzón castigó a Palma -segundo del Chapo-. Castigó a Joaquín, cortó cabezas, eliminando a la gente que ellos tenían, sacando a los comandantes. Garzón armó un desbarajuste y llegó hasta mí para preguntarme que cuánto cobraba, que cuánto me pagaban, que cuánto les pagaba a los comandantes para que me llevaran con Joaquín. Claro que yo mandé a chingar a su madre a Garzón. Le dije: "Tú no llegas a diciembre, así de sencillo. Tú no llegas". Y llegó otro. -¿Quién? -Fernández. -¿Quién es él? -En el Oriente, Fernández se hacía de la vista gorda. Era el miedo, que lo llevaba adentro. Lo pusieron a güevo en Puente Grande. Me lo dijo. Yo tengo cartas en las que le escribo a Joaquín lo que platicaba con Fernández. No sé por qué me tomó tanta confianza. Un día me sacó al patio y me habló de su casa, de su esposa, de sus hijas, de la escuela, y de repente me dijo que yo no tendría ningún problema con los señores. Yo sabía a quién se refería, a Palma, a Joaquín. Pero me dijo que tenía miedo porque lo habían amenazado de muerte por teléfono. Yo me quedé muy extrañada y le digo que Joaquín no hace eso. Joaquín te manda a chingar a tu madre. Punto. -¿Temía Fernández por su vida? -Acababan de ocurrir los asesinatos de Luis de Tavira y del comandante Castillo, acribillado en su casa ante los ojos desorbitados de su familia. Había miedo. El penal lo tenían ellos. Ahí no mandaba nadie más. -¿Palma, Joaquín? -Ellos decían quién era el comandante que iba a subir y quién era el comandante que bajaba. -¿A Fernández lo pusieron ellos? -A mí Fernández me platica que había planes para que fuera director de la nueva PFP (Policía Federal Preventiva), pero que un personaje con autoridad le había dicho que no, que iba como subdirector de Seguridad en Puente Grande. Pienso que en ese momento Fernández no sabía de qué se trataba. Quedó enterado, eso sí, de órdenes que había que cumplir. "Conocí los planes de Joaquín tres meses antes de la fuga. Supe también de sus reuniones con personas de fuera en la íntima -el cuarto de visita con la pareja-, sin cámaras ni grabadoras." -¿Cómo eran? Zulema se resguarda. -Me da miedo. En el rompecabezas, hay otras piezas: de la extradición del Chapo a los Estados Unidos se hablaba como de un lugar común. Otros narcos, como Juan García Ábrego, lo habían precedido. No era el primero en la lista, pero sería el más importante. Allá "cantaría".