"Deshonra"

jueves, 23 de junio de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El poder corrompe y saca lo más oscuro de las personas. En Deshonra dos políticos se muestran tal cual, con su cinismo y su ambición, con sus ganas de ascender y su frustración de no poder hacerlo. Personajes que no tienen salvación por ser seres sin principios éticos, sumidos en sus retorcidas mentes y anhelos. Deshonra, de Hugo Alfredo Hinojosa dirigida por Rodolfo Guerrero, es una propuesta escénica donde prevalece la oscuridad. Los personajes nunca empatizan con el espectador; el autor muestra su forma de operar, donde pueden aceptar tres millones de pesos por el silencio o asumir que no corresponden los cuerpos exhumados con las personas que dicen que son y engañar a los familiares. El otro polo que se presenta es su relación con sus esposas, con la intención de mostrar su parte débil, pero no es así. La visión masculina minimiza a las mujeres y les da la clásica autoridad doméstica frente a la cual ellos mienten y fingen ante ellas ocultando su verdadero comportamiento. En el momento que el estatus de los protagonistas se tambalea por el cambio de poderes, ellos se encuentran en callejones sin salida buscando la manera de mantenerse y compitiendo entre ellos hasta el hartazgo. Inventan un juego macabro en el que un hombre extraño se presta, a cambio de dinero, a ser y hacer lo que ellos quieran. En este juego, que sucede en el sótano de un antro, se reúnen ambos amigos, que en realidad no lo son, y que ellos mismos niegan serlo, para que un tercero ejecute sus sueños: torturar, violentar y hasta morir. Juegan a la ruleta rusa con una pistola con una bala de salva y viven el terror del otro al verse obligado a matar, o el mismo miedo de morir. Su sadismo es significativo y por lo tanto su falta de escrúpulos. Disparan una y otra vez, por lo que escénicamente el mismo acto de estar en riesgo va perdiendo su efectividad. La estructura dramática del autor se basa en la fragmentación y construye la historia a partir del asesinato de un hombre. De ahí, nos vamos hacia atrás sin un rigor cronológico para ir armando la historia y averiguar cómo es que se llegó a tal acontecimiento. La dinámica de romper el tiempo es atractiva, pero se estanca porque se repite. Sabemos en lo que termina el juego y las acciones que van realizando no son suficientes para sostener la trama, y la obra se vuelve lenta y en momentos estridente. Los actores que interpretan a los políticos, Humberto Solórzano y Fernando Banda, tienen las tablas necesarias para transitar por diversos estados anímicos. El reto de interpretar al extraño es salir y entrar en el personaje que interpreta. Es un “asalariado” y al mismo tiempo es el que sufre por tener que matar o por ser agredido o se viste con ligueros y tacones para seducir al que lo pide. A Jorge Luis Moreno, joven actor que se desarrolla preponderantemente en la televisión, se le dificulta el tránsito de una a otra realidad, por lo que este Mefistófeles se queda corto y la obra se debilita. El trazo escénico es dinámico. Rodolfo Guerrero resuelve hábilmente el cambio de escenas y los movimientos de las tres mesas y las dos sillas que hay en el escenario. La propuesta visual es sobria y atractiva, donde los elementos permiten la variedad en el trazo. El diseño lineal de la iluminación, realizado con fortuna por Gabriel Pascal, contribuye a crear las atmósferas necesarias: desde lo sórdido de un sótano, hasta lo frío de una oficina. Deshonra, que se presenta en el Teatro el Milagro, nos habla de nuestro presente, de nuestro país, de los políticos que nos gobiernan y nos tienen sumidos en el ocultamiento de la verdad y el despojo por su ambición desmedida. La corrupción se muestra en todos niveles, ensucia el alma de los personajes aquí presentes y no tienen salvación.

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