'El jardín de los cerezos”

martes, 26 de diciembre de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El jardín de los cerezos es la última obra de teatro que escribió Antón Chejov en 1904 y de las más conocidas. En ella refleja la transición de un siglo, el declive económico de una familia de la aristocracia rusa a finales de siglo, y la llegada de un nuevo rico, hijo de los sirvientes de esa familia. La simbología que expresa Chejov desde la intimidad de cada uno de los personajes nos devela un movimiento socio-económico significativo en la historia rusa que puede ser compartida por muchos otros países. Una de las cualidades de El jardín de los cerezos es ver el drama desde una mirada humanista y sensible. Sin prisa y con lujo de detalle conocemos a cada uno de los personajes y entendemos sus motivaciones, sus formas de actuar y el dolor, o el rencor, que se anida en sus entrañas. Ahora, en épocas navideñas, podemos ver esta obra en el Foro Shakespeare de lunes a domingo, protagonizada por Blanca Guerra y la dirección y adaptación de Angélica Rogel, la cual es sobresaliente. El jardín de los cerezos de Rogel sintetiza en dos horas lo que planteó Chejov en cuatro actos, y conserva el tono de comedia con la que inicia para irnos adentrando en un drama; en él, el dolor se basa en el recuerdo del pasado, en lo que se tuvo y ya no se tiene, y en lo que se es, irremediablemente, y no es lo que se quisiera ser. Andrea, interpretada con exactitud y templanza por Blanca Guerra, es la cabeza de familia, la madre que despilfarra el dinero que no tiene y la que más se resiste a renunciar a la forma de vida que había disfrutado. Entre la frivolidad y el desconsuelo transitan sus emociones, sin que logre tomar ninguna determinación. Se deja llevar por una esperanza sin fundamentos, depositando sus ilusiones en su hermano, débil, pero con la responsabilidad de ser el hombre de la casa. Leo es interpretado por Carlos Aragón con gran presencia escénica, pero la afectación que utiliza en su decir le hace perder verdad a sus palabras. Andrea y su hija han llegado desde París a la hacienda familiar que está próxima a subastarse por las deudas que arrastra. Ana, la hija, trata de infundirle ánimo a su madre, y en ella se cristaliza la esperanza de una juventud que todavía puede recuperarse de la caída. Adriana Llabrés, que la interpreta, fluye suavemente en el escenario y transmite esa candidez y progresiva seguridad por la que el personaje va transitando, a diferencia de su hermana adoptiva, interpretado por Ana Beatriz Martínez, cuya rigidez y amargura le impiden salir adelante y quedarse, por siempre, sirviendo a otros. La interpretación del nuevo rico, ejecutada por Alejandro Morales, viene a ser de las actuaciones más destacadas en esta puesta en escena, por la verosimilitud y profundidad con que aborda su personaje. Él quiere ayudar a la familia a la que sirvieron sus padres, pero concluye imponiéndose como el nuevo propietario que no quiere más que disfrutar su triunfo. La historia, como la sociedad, se lleva entre las patas a la vieja sirvienta, que interpreta Concepción Márquez, y la vejez termina siendo la sacrificada en la historia, a la que nada más le queda la muerte. El jardín de los cerezos, con la escenografia de Aldo Vázquez y la iluminación de Félix Arroyo, es una obra que se disfruta de principio a fin y que la adaptación y dirección hace que nos identifiquemos con personajes de otro tiempo, que sufren en un presente perpetuo el dolor por lo que se fue. Esta reseña se publicó el 24 de diciembre de 2017 en la edición 2147 de la revista Proceso.

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