Trumpotitlán

domingo, 27 de noviembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Peña Nieto ya no lee en el teleprompter –me dice una señora con bolsa del mandado–. Ahora lee el TeleTrumper. Estamos en el zócalo de Oaxaca, donde una vez al año los libros desplazan, según el momento, a ambulantes, maestros o taxistas. La señora se ha soplado lo que Juan Villoro, Eric Nepomuceno y yo hemos dicho a la pregunta general sobre el futuro de las izquierdas. Juan compara a la izquierda con una taquería que Heberto Castillo y su padre fundaron para financiar al Partido Mexicano de los Trabajadores: –Los tacos eran tan heterodoxos que quebraron. Eric Nepomuceno, el exiliado brasileño que tradujo a García Márquez, Cortázar y Eduardo Galeano, con voz socavada, simplemente dijo: –Mi generación y la siguiente no verán jamás la vuelta de la izquierda. Todo terminó, no ahora con Trump, ni con Chávez o Lula, el golpe de Estado perfecto a Dilma, olvídense de eso. Todo acabó cuando el sandinismo se volvió priista. Cuando Daniel Ortega me decía que importaba autos de lujo a Nicaragua, yo pensaba que me hablaba del gobierno, no de él mismo. En el ambiente está el descaro de la nueva corrupción, aquélla que pasó del sobreprecio y la adjudicación directa a simplemente depositarse mil millones de pesos del presupuesto destinado a los pobres, los universitarios, los médicos. Hay una desvergüenza en el robar que viene de la petulancia. La impunidad ha dado paso a la desfachatez. Los gobernantes mexicanos huyen ahora con miles de millones, con el presupuesto de sus estados entero, con el PIB de Haití en la cartera. La izquierda es una taquería o nunca más volverá a taquear. Pero los tres tenemos una ilusión triste, como todas, en el regreso a la comunidad que redimensione a escala humana lo que el capitalismo desaforado quiere borrar. Se habla de la candidatura zapatista: –Los indígenas no tienen por qué sentirse representados en López Obrador –dice Nepomuceno arrastrando las eses–, acuérdense de cómo la izquierda partidista les dio la espalda con los Acuerdos de San Andrés. Pienso en otra desaparición, la de lo políticamente correcto, esa reforma del lenguaje que trataba de compensar con palabras lo que en la realidad se vive como injusticia. Trump habló de los “mexicanos violadores”, de “agarrar a las mujeres por la vagina”, de los árabes como terroristas genéticos, del “invento chino” del cambio climático. Y el presidente mexicano ha dejado, como dice la señora, de leer el teleprompter: ya dice lo que sea y parece divertirse con sus ocurrencias. El descaro no es sólo el abandono de las formas sino que invoca un cambio de cultura. La corrección política fue dejar a quienes no se sienten nominados por la narrativa oficial impulsar ciertas palabras con las que sentirse representados. La cultura como eterna compensación de nuestras frustraciones políticas. Trump, como Peña o Macri, son antiintelectuales –no sólo porque “len”– sino porque son producto, no del significado, sino de la estimulación de un resultado. No hay diferencia entre publicidad y encuestas como no lo hay ahora que todo mundo trata de explicar el triunfo de Trump con estadísticas con las que se normaliza el horror: los blancos empobrecidos reaccionaron contra el presidente afroamericano, nigger, otra vez. Eso se dice. Pero no hay democracia en las encuestas, de igual forma en que no existe necesidad en la publicidad. Lo que pienso mientras Nepomuceno termina con la izquierda taquera es cómo desapareció el tan cantado vínculo entre democracia y privatización. Hace 30 años se vendían juntas: elecciones y libre mercado. Hoy sólo quedan la cultura corporativa –que ve en todos los que no hacen dinero un grupo estadístico en vías de extinción– y la de las comunidades, con sus reglas vecinales y, también, sus pleitos. La izquierda mexicana, hecha de palabras y de ilusiones tristes, se perdió entre ambas. Villoro y Nepomuceno hablan del logro de Lula da Silva: incorporar al crédito a cuarenta millones de brasileños. Hay algo de nostalgia por lo que no nos tocó vivir. En México jamás hubo elecciones limpias y las privatizaciones fueron entre puros compadres. La izquierda partidista, atrapada en un discurso “modernizador” –aceptar con “realismo” lo vergonzoso– jamás cumplió con lo que todo proyecto de futuro implica: repensar a sus muertos. Estamos lejos del momento en que ser de izquierda implicaba explicarse. La derecha jamás tiene que justificarse: si es dinero, es bueno, y si se puede, hay que ganar a toda costa. Por eso la derecha carece de intelectuales. Nunca requiere de autocrítica, ni de reflejos, ni de citas textuales. En la cena de la Feria del Libro oaxaqueña, Everardo González me enseña fotos en su celular de su nuevo documental, sobre los sicarios, las fosas clandestinas en los cuarteles, la matanza descarada. –Estas manitas, ¿de qué son? –le señalo unas huellas de pintura en una pared descarapelada. –Son de los niños. –¿Qué niños? –Los niños asesinados por el ejército, los sicarios, los policías. Me deja con muchas preguntas pero González se adelanta a todas: –Dicen que los niños ni cuenta se dan y que juegan y pintan antes de que les pongan la almohada y les disparen. –¿Por qué matan niños? –Matan familias enteras con todo y abuelitas, niños. Es terrible. –Pero, ¿cómo hacen? ¿Cómo vives después de matar a un niño o a un anciano? –Ellos me dicen que piensan en que no tienen de otra. Es, otra vez, el descaro casi en sentido literal si pensamos en esos rostros desollados, pelados de la piel, como en Ayotzinapa. Al siguiente día sigo en Oaxaca. La Universidad organiza la presentación del informe sobre violaciones a derechos humanos el 19 de junio en Nochixtlán, Huitzo, Telixtlahuaca, Hacienda Blanca y Viguera. Fue el Estado que es mitad represión de los setentas, mitad narcos millennials y un toquecito de indignación alterada. A Javier, quien me lleva, lo conocí como director de la radio universitaria. –¿Por qué renunciaste? –Nos enlazábamos con las más de cien radios comunitarias todos los días. –Claro, las comunidades nos van a salvar –le digo estúpidamente. –Pero mataron a mi hermano y desaparecieron unos meses a mi chavo. Lo que me dice se dramatiza porque Javier se ríe. Y pienso que quizás ésa sea la izquierda: sobrevivir y que te importe.

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