La palabra exterior

domingo, 14 de mayo de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Nunca sabremos por qué Octavio Augusto desterró a Ovidio en el año 8. De los motivos sólo tenemos lo que el mismo poeta redactó como epitafio: “Por mi ingenio he muerto”, aunque la tradición académica se los atribuye a sus poemas que exaltaban el adulterio. Ovidio da otra explicación, ya exiliado en Tomos, junto al Mar Negro, en la hoy Constanza, Rumania: “Yo no atenté contra la vida del César, que era la cabeza del orbe, tratando de destruirlo todo; nada dije, ni mi lengua fue arrogante al hablar ni se me escaparon palabras sacrílegas en los excesos del vino. Soy castigado porque mis ojos, inconscientemente, contemplaron un delito y mi culpa consiste en haber tenido ojos. No puedo, ciertamente, rechazar todo reproche, pero buena parte de mi delito radica en un error”. Acaso el “error” de los ojos de Ovidio, más que sus poemas, desató la ira de Augusto: el escritor vio que la realidad no coincidía con la retórica moralizante del emperador. Mil ochocientos años después, en diciembre de 1851, Victor Hugo es exiliado durante 19 años de Francia por prestar oídos, ojos y palabras a la resistencia contra el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte. Pero en cuanto Hugo huye a Bélgica, se dictan unas nuevas leyes que le impiden publicar y decretan “la inviolabilidad de las acciones de los gobernantes”. No puede escribir una carta porque tienen derecho a abrirla. El escritor francés rememora a Ovidio –que pasea, como él, meditando frente al mar– y sentencia: “Un proscrito es un hombre honesto que persiste en su honestidad”. Hace una diferencia entre los ojos y los decretos: del lado del hombre honesto estará siempre lo que él cree que es la verdad, aunque del lado de los poderosos sigan las leyes, los jueces, los destierros. En el exilio escribe sobre los que lo espían, lo provocan y lo tratan de sonsacar: “Sea razonable. Usted cometió un error. ¿Qué le forzó a encontrar de malo en un golpe de Estado? ¿Qué le pasó en la cabeza para defender el derecho cuando nadie lucha por él? Únase al éxito del tirano porque el éxito se hace derecho. En vez de estar proscrito, lo haremos senador, le otorgaremos medallas y elogios. Y no tendrá usted esa cara de idiota”. Esta semana se dio a conocer un informe del Comité de Protección de Periodistas, con miembros de The New York Times, Reuters, CNN, NBC y The New Yorker, que señala “un ciclo letal” en el ejercicio de la libertad de expresión en México. De 2000 a la fecha, 103 periodistas han sido asesinados y 99.7% de los casos no está resuelto. Según otro informe, el de Artículo 19, Libertades en resistencia, el año pasado, de los 426 ataques físicos, intimidación, amenazas, hostigamiento y 11 muertes, más de la mitad fueron promovidos por funcionarios públicos. Sólo 17 fueron perpetrados por el “crimen organizado”. Los lugares con mayor violencia fueron los estados donde se realizaban elecciones. Los más afectados: los fotógrafos y los reporteros en protestas sociales. Un testimonio resalta: Pedro Tamayo, periodista de Al Calor Político y El Piñero de la Cuenca, de Tierra Blanca, Veracruz. Por un secuestro y golpiza, entre el 25 y 26 de enero, pide protección a la fiscalía del estado. La decisión de la autoridad es exiliarlo. Habla su esposa, Alicia Blanco: “Nos reubican en otro estado. Fue algo muy feo. Llegamos a un lugar que no conocíamos, con poco dinero. Vivimos en dos colchones con un frigobar que conseguimos. No teníamos trabajo. A Pedro le agarró una depresión: bajó 12 kilos en una semana. Y decidimos regresar. Renunciamos a la ubicación, pero nos dejaron a los elementos de seguridad pública, que hacían rondines, y que le decían a Pedro que no saliera, que por seguridad ya no escribiera. El día 20 de julio había una patrulla de seguridad pública a pocos metros de la casa, cuando lo asesinan; vieron todo. Les gritábamos mi hijo y yo: “¡Agárrenlos que ellos fueron los que le dispararon!” Y no hicieron nada. Llegaron a agredirme a mí, no me dejaron que me acercara a él (Pedro), cortaban cartucho, me decían que me iban a disparar. Incluso mi hijo Adrián buscó las llaves de la camioneta y persiguió a los agresores. Otra patrulla de la policía le bloqueó el paso”. Una vez asesinado su esposo, el 30 de octubre, sigue el acoso: “Me quemaron mi casa, todo lo que teníamos, fotos, un archivo muy grande, todo se quemó. El 6 de diciembre de 2016 detienen a mi hijo en un operativo, sin orden de aprehensión, y se lo llevan. Está acusado de robo, en una cárcel de Cosamalopan”. ¿Qué nos hace seguir diciendo a pesar de que en ello nos vaya la vida? Ovidio escribe Tristia para explicar que no fueron más que sus ojos los que irritaron al emperador. Víctor Hugo escribe sobre el sentido de su propia persecución: “El proscrito tiene la digna felicidad de no resultar inútil. Herido, sangrando, quiere curar las heridas de los demás. Se creería que es un soñador, pero no: lo que busca es la realidad. Debe ir y va hasta el límite del honor y de su conciencia. ¿Ahí encuentra el precipicio? Sea. Y cae. Perfectamente. ¿Y muere? No, vive”. Uno de los últimos cuentos que escribió Edgar Allan Poe fue Los hechos en el caso del señor Valdemar. Se trata del registro de un experimento médico con un hombre moribundo: se le hipnotiza unos minutos antes de extinguirse. Cuando ya sus signos vitales no existen, se le hace la misma pregunta que cuando fue puesto en trance: “¿Está usted dormido?”. Perturbadoramente, el cadáver responde: –Sí, no. Estaba durmiendo. Ahora yo estoy muerto. En 1973, el semiólogo francés Roland Barthes se preguntó por esa última frase del personaje de Poe. Resulta una paradoja que alguien pueda decir “estoy muerto” porque el “yo” de la frase no podría hablar sin su cuerpo. A esto, Barthes le llamó el “punto ciego del lenguaje”, ahí donde la vida y la muerte se pueden entrelazar con una tercera palabra, “estoy”; “am”, en inglés. “Estar” es lo que, en su origen, indicó la palabra “ego” de los griegos. No sabemos si Poe pensó en las primeras evidencias escritas de los pueblos griegos. Están en las paredes de las tumbas y los monumentos funerarios de Tebas y dicen cosas como: “Soy la copa de Korakos” o “Soy el monumento que conmemora a Glaukos”. Los objetos que evocan al ausente nos hablan en su lugar. “Tanto como estas inscripciones puedan leerse” –escribe Barthes– “los idos siguen hablando”. Han desaparecido tanto el muerto como el artesano que hizo la inscripción, pero ambos continúan en un tercero, en quien sigue estando, es decir, el que lo lee. El lenguaje trasciende la desaparición. Y quizá por ello parece un imperativo el seguir escribiendo en el exilio, la amenaza y la agonía. Son los “terceros” –cuando los autores desaparecemos, son los lectores los que están– quienes impiden el procedimiento de silenciar a otro. Todo habla, nada se calla. Ni siquiera los ojos de Ovidio. Un exiliado más, Joseph Brodsky, salió de la Unión Soviética en 1972 con una maleta que contenía un libro de poemas y una máquina de escribir. De esa experiencia escribió: “Ser un exiliado es como ser un perro enviado al espacio en una cápsula. Tu cápsula es el lenguaje. No pasa mucho tiempo para que el pasajero se dé cuenta de que gravita, no hacia la Tierra, sino siempre hacia afuera”. Los nazis –según el testimonio de Jorge Semprún en La escritura o la vida– no miraban a sus víctimas a los ojos. Por método militar, evitaban ese encuentro fugaz porque mirarte en las pupilas de otro crea no tu propia reflexión, sino un tercero. Ese tercero se logra, desde la ausencia, sólo con la escritura”. Esta columna se publicó en la edición 2114 e la revista Proceso del 7 de mayo de 2017.

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